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MEMORIA FUNAMBULESCA DE UN ESCRITOR GALLEGO, por Graciela Maturo

José Martínez-Bargiela

Yo el esmoquin, de José Martínez Bargiela

por Graciela Maturo en la Casa de Madrid, martes 3 de junio de 2008.

Conozco a José Martínez Bargiela como poeta, como buscador de la belleza, como un alma tocada por el ansia de lo absoluto  Mi lectura de Yo el esmoquin me reveló un prosista sorprendente, y un trabajo extraordinario de estilo y lenguaje   desplegados en una obra que puede ser catalogada como novela, suma de cuentos, memoria autobiográfica, cuadro satírico de la sociedad o  incluso como un largo poema burlesco.
El hombre, como decía mi maestro Leopoldo Marechal, vive en las dos dimensiones ineludibles de su constitución. La horizontal propia de la tierra y la vertical que lo conecta con el misterio.  Recordaré también a otro gran maestro, Macedonio Fernández, quien habló de dos caminos del artista, igualmente desestabilizadores de las rutinas mentales: la poética y la humorística. En la visión de Macedonio, el humor era la otra gran vía del creador capaz de revelarle el lado oculto de las cosas, mostrando su aspecto ridículo y contingente.
En efecto, es éste el camino elegido por nuestro amigo al entregarnos un libro de su madurez   que es un compendio de un largo tramo de su vida.   José Martínez Bargiela,  llegado a la Argentina  en la segunda posguerra,  es decir en plena juventud, se convirtió en maître de dos grandes hoteles, y también, en testigo privilegiado de la alta vida social  de Buenos Aires  durante medio siglo. Tenía que llegar finalmente este libro, singular por muchos aspectos, donde no solamente registra sus años de vida hotelera, y el conocimiento de muchos personajes, sino que habla -moderada y casi subrepticiamente- de sí mismo, registra su pensamiento y la extrañeza del destino que lo condujo desde su adolescencia pastoril en campos de Galicia al rol de protagonista de una picaresca encubierta en las ceremonias de la sociedad burguesa.
Y bien, esto es para decir de entrada que pido perdón a José Martínez Bargiela por haber vacilado en presentar este libro  suyo, que pertenece al orden de la humorística, a las batallas terrenales legítimas de lo humano, pensando que se trataba de un mero libro costumbrista, cuando no es así.
Nuestro amigo José ha seguido un rumbo tan hispánico como el que han marcado los autores de la picaresca española. Siguiendo el consejo del humanista Juan Luis Vives, los escritores de los siglos XVI y XVII optaron por escribir como se hablaba. En continuidad con la sátira latina y con farsas medievales, surgió la piocaresca, género singularmente hispánico, que se hace cargo de la totalidad real y concreta del vivir, asentando costumbres y desvíos, desde la óptica de un observador que es a veces partícipe de la fiesta mundana.  En esta línea se ubican los textos de La Celestina, El lazarillo de Tormes, la Historia del Buscón, y con el correr del tiempo surgirán, con remozado estilo,  las Memorias del Marqués de Bradomín, del gallego Ramón del Valle Inclán.  En todos ellos he pensado leyendo esta obra de Martínez Bargiela, que no ha dejado de mencionar a maestros como Marcial, Quevedo y Valle Inclán, pero también a otros escritores ya sean de lengua castellana o inglesa, en los que ha bebido su formación literaria: Shelley, Poe, Joseph Conrad.

Tapa del libro

Martínez Bargiela ha querido guardar recuerdos de los ámbitos privadísimos y selectos en los cuales pasó cincuenta años de su larga vida, repartidos equitativamente en dos hoteles tradicionales de Buenos Aires. Sabido es que los grandes hoteles son propicios  al contraste  de grandezas y miserias,  más próximas entre sí de lo esperable, y que  la conducta  de hombres y mujeres en ámbitos donde prevalecen el lujo, la ostentación, las apariencias impuestas por el decoro, corre pareja muchas veces con la degradación,  la falsedad y la miseria, que  hacen de esos lugares un escenario farsesco, parecido al carnaval, el teatro, la comedia de disfraces e incluso una especie de medieval  danza de la muerte , con sabor tragicómico.
El autor pudo abordar una prosa costumbrista, más o menos aderezada de condimentos al gusto, sin sobrepasar la horizontalidad del relato de costumbres. Pero, como poeta que es, vio este mundillo. Observado desde la rigidez obligada del esmoquin, con una mirada más amplia y abarcadora, y se permitió escribir una obra que tiene mucho de esperpéntica.  Recordemos que el esperpento, inventado por Valle Inclán como palabra, existía desde tiempos antiguos y había sido recobrado por el genio de Francisco de Quevedo, en el mil seiscientos.  Impresiona este friso por su alcance como Gran Teatro del Mundo, tema antiquísimo retomado por el Barroco, pues en el desenmascaramiento de personajes importantes y anónimos, lo que se desnuda es la condición humana, observada y coparticipada por su relator. Tiene mucho de barroco este friso de Bargiela, donde conviven lo suntuoso y lo bajo, lo bello y lo repugnante, en un juego de marionetas que ocultan su impudicia tras las máscaras y afeites de un banquete decadente.
La óptica desde la cual narran tanto el esmoquin como su fraternal ocupante, en forma indistinta, es tan pronto la de un elegante cinismo casi volteriano como la de un admonitor encubierto, sarcástico testigo de la fiesta del mundo. Continúa el autor el espíritu satírico de los romanos, pero también cierto humor macabro de la tradición gallega, sembrada de misterios y de brujas.

Graciela Maturo

La mirada que dirige a los acontecimientos para mostrar su aspecto risible y fugaz   es la de quien comparte las limitaciones del ser humano. y al mismo tiempo toma distancia, haciéndose capaz de reflexión y juicio.  Piedad y descarnada capacidad de análisis compiten en esta radiografía de la vida elegante, consciente de sus caídas, hipocresías y errores. Alternan barrocamente el canto a la sensualidad y la vida, con un escéptico réquiem que sabe a muerte y destrucción.
Apenas señalaré, por no poder extenderme ahora en el tema, el atractivo que adquiere el libro por su contenido epocal, y por el desfile de personajes célebres que pisan sus páginas. Contar la historia de los grandes hoteles es contar la historia del poder, el dinero, la política, el arte, los negocios. Aquí aparecen fugazmente, nombrados o no, magnates y príncipes, tahures, las “divinas mujeres”, militares y clérigos, personajes del cine y las artes, escritores como el majestuoso iconoclasta Borges,  autores  de fama internacional como Neruda, Octavio Paz, Vargas Llosa -que a José le hace añorar a Vallejo, y con razón-actrices, modelos, directores de cine, actores  nacionales y extranjeros,  políticos  que no son sólo presentados sino que dejan mensajes nunca oídos.
También hay muchos personajes tipificados, sin nombre y apellido, que conforman un friso cruel de la oligarquía porteña, de la alta sociedad ganadera de los años cincuenta en adelante, señoras pacatas o no tanto, parejas de conveniencia, tratantes de negocios oscuros.  No falta el toque abiertamente hilarante de algunos personajes, por ejemplo los termitas, comensales no invitados que arrasan con las viandas en toda ocasión propicia.

Presentación de Yo, el esmoquin en la Casa de Madrid de Bs. As. - Roberto Flores, Graciela Maturo, Ricardo Rubio y José Martínez-Bargiela.

En este libro que bien podría ser tomado en uno de sus aspectos como colección de cuentos y sucedidos, desfilan las anécdotas de alcoba,   siempre contadas con pulcra elegancia, a través de omisiones y disfraces adecuados.  Hay también un derroche de imágenes que pertenecen a la vida gastronómica de los grandes hoteles internacionales.
El autor derrama ante sus lectores una cornucopia de platos, bebidas, ritos, ceremonias, objetos suntuarios, vestidos, pomadas y toilettes, además de consignar deslices,   excesos   sexuales, suicidios, crímenes, hurtos y situaciones insólitas.
El mundo capitalino y extranjero desfila por este corso de disfraces al que se suma, distante o súbitamente participativo, el narrador. El maître, o su esmoquin, estereotipado como alter ego, confiesa púdicamente su participación en algunas aventuras, pero lo hace siempre a través de eufemismos o rápidas alusiones. En algún momento se sugiere que el maître ha debido suplantar a un novio, o debe intervenir en una gresca a puertas cerradas, o silenciar un crimen cometido ante sus ojos.  Son páginas autobiográficas cernidas por   una doble voluntad de mostrar y ocultar lo propio, esa enjoyada y en el fondo alienada vida del joven inmigrante, encerrado en su uniforme de gala así como en su oficio de servir y callar.   Sobre todo callar.
Un tema que podría tomarse como guía para este universo  es precisamente el del esmoquin, la máscara hierática con que el sujeto narrador se reviste para rememorar ese mundo vivido ; late allí el tema del disfraz y la verdad, y el otro gran tema subyacente , la condición humana. Ante ella el relator se muestra participativo y crítico, cínico, filosófico, escéptico, lírico y admonitorio, quizás a veces encubiertamente moralista, lejanamente esperanzado.
La magnífica escritura de Martínez Bargiela, inseparable de esa perspectiva plural, responde primordialmente al ímpetu del poeta. Quiero recordar que Borges enseñó a nuestros narradores, a partir de los años 40, un nuevo estilo. Para bien y para mal, predicó con el ejemplo el uso de la frase corta y tajante, aprendida en la lectura de los ingleses, la adjetivación sólo indispensable pero incisiva y eficaz, la aparente objetividad de la mirada, el ocultamiento del yo.  A través de esta nueva modalidad nuestros escritores, que ya en el siglo XIX habían moderado su barroquismo hispánico por la lectura de autores ingleses y franceses,  terminaron de romper con ese estilo , tardíamente  reverdecido por Darío y Valle Inclán en variantes  esteticistas, y retomado en el último siglo por autores hispanoamericanos como los cubanos Carpentier y Lezama Lima, o el guatemalteco Miguel Ángel Asturias y luego el colombiano  García Márquez. Algo de ese barroquismo hispánico asoma en Marechal y en Cancela.
Por eso este libro, de cuño tan hispánico, no halla parangón en los escritores argentinos actuales, y sí por ejemplo en un García Márquez, a quien recuerdan -no por imitación alguna sino por pertenencia al tronco común- esas tiradas profusas y para muchos quizás recargadas, esos párrafos largos y ramificados, esa proliferación de adjetivos, enumeraciones, anáforas y exclamaciones, ese exceso de imágenes y metáforas.  En cuanto al lenguaje, debo decir que alcanza una riqueza poco común entre nosotros.  Martínez Bargiela conoce la lengua en sus fuentes, y la usa con prodigalidad extrema. He anotado una cantidad apreciable de vocablos desconocidos o poco usuales en la Argentina, donde el idioma se empobrece día a día o algunos creen engalanarlo con tecnicismos cibernéticos. (Entre esos vocablos figuran voces como magrear, rustido, venera, cendal, garduña, sarasa,  percebes…)
Otros rasgos positivos en la factura del libro son por ejemplo el manejo de los silencios, los cortes, el cierre de capítulos, las diversas maneras de retomar el relato. La separación en breves capítulos subtitulados aligera la lectura y llama la atención sobre algunas anécdotas o sucesos.
El texto se halla sembrado de definiciones casi aforísticas, greguerías y hallazgos. Lo que podría ser procaz o escandaloso ha sido tratado con alusiones y veladuras poéticas. Campea un humor variado, que se mueve desde el chiste breve y como al pasar, hasta el humor negro desplegado en todo un episodio y sin comentario alguno.   Pero todo ello es insumido por el ímpetu lírico, que dicta las mejores páginas del libro, y el análisis filosófico más o menos encubierto, que sostiene la totalidad.
Ricardo Rubio afirma que este escrito es una novela. Yo no sé si lo es, pero me tiene sin cuidado su género. Lo mismo que el género a que pertenecen los Sueños de Quevedo o las Sonatas de Valle Inclán.
Novela, libro de cuentos, relato, causerie,  poesía, memoria, autobiografía, todo confluye en la conformación de un libro planeado y construido con el mayor cuidado,  que busca y habla a sus lectores desde un  escenario real transfigurado por la estilización  imaginaria y la poesía.

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5 abril 2011 - Posted by | GRACIELA MATURO, JOSÉ MARTÍNEZ-BARGIELA, NOVELAS | , ,

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