EPANADIPLOSIS

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DECORACIÓN O DESTINO, por Julio Bepré.

Julio Bepré

Es indubitable que el hombre es una entidad colmada de fines; continuamente se hace proposiciones y se encamina hacia algunas, rechazando otras tantas. La elección, dudas, y el sacrificio por algo que se pretende concretar forma parte de lo humano, y es advertible en ello la incidencia recíproca que tienen lo individual y lo colectivo. El fenómeno de la especialización es también una nota propia del hombre y apunta a sus numerosas necesidades: es por una libre decisión o compelido por distintas motivaciones, como se opta por realizar algo, lo cual estará a su vez determinado por las circunstancias vitales más inmediatas. De una forma elegirá (si es que puede) el mísero habitante de una aldea africana, en tanto corresponderá otra muy diversa a quien se encuentra inserto en una sociedad de consumo.

Hay distintas visiones, si no totalmente negativas, al menos escépticas sobre la sustantividad humana, y la historia abona tales estimaciones. Resalta la crueldad que se desplegó en el cercano siglo XX, y ni qué decir del ímpetu destructivo que envuelve hoy a toda la humanidad. Indudablemente hay conflicto, desconocimiento, negación y hasta rechazo de los valores atinentes al espíritu, de aquellos que sostienen la dignidad que corresponde a todo hombre como tal.

La religión, la filosofía, el arte en general y la poesía en particular, devuelven al viviente la certidumbre de que la existencia tiene un sentido trascendente y de comunión con el resto de los seres. El infierno son los otros, se afirma en una obra de Sartre, pero en ello existe una total aceptación de lo absurdo, del sinsentido, de la inanidad de un mero vivir sin ninguna referencia enaltecedora. Y si todo es así ¿qué resulta después? ¿Qué podremos crear, compartir o celebrar?

Si en la presente realidad del mundo no asoma una equilibrada bonanza, muchos hombres, sin embargo, con sus gestos y acciones nos recomponen en alguna medida de las carencias existentes, y entre ellas está la labor del poeta. Pero ¿qué hace este buen hombre? Nada menos que internarse a través del lenguaje en el misterio de la vida y su belleza, para así vislumbrar el núcleo del Ser y aprehender en consecuencia una razón valiosa y verdadera que explicite nuestra humana situación. Esto no implica pretender que la actividad poética suplante la relacionada con otros valores, y menos que sea la solución única que permita enervar la orfandad existencial;  el acto de poetizar, de intentar asir la poesía, implica un salto en el vacío del que no se conoce adónde puede terminar. Quien haya elegido la actividad poética como un recurso para el logro de notoriedad –y sin desconocer que todo buen poema puede avecinarla– ha errado manifiestamente en la opción a la que nos referíamos al comienzo. Afirmó James Joyce que nadie puede ser auténtico artista si no logra en algún momento librarse de la mediocridad ambiental, de los entusiasmos baratos, de las sugerencias maliciosas y de todos los aduladores influjos de la vanidad y la ambición (1).

No se trata de transformar al poeta en un asceta o en un ser diverso de sus semejantes; quien se sienta distinto se alejará aún más de la verdad, y sus resultados expresivos estarán teñidos de puro solipsismo y desconocimiento de lo real. El arte no es algo decorativo; es un desafío que conlleva y exige la plenitud cuando no el buen acomodo de una persona. El poeta debe asumir su rol de creador con la convicción de que hereda experiencias anteriores que enriquecieron el lenguaje del cual se vale, además de aceptar cualquier eventual éxito como una incidencia facticia. La historia acoge sobradas pruebas respecto a esta afirmación.  ¡Cuántos autores lograron apenas con suerte una exigua mención en los manuales de historia de la literatura! Los espacios de poder no son propios del arte y menos de la poesía, además de que ella –como lo expresara René Menard– no promete ni consuela de nada. Quien no acepte la fragilidad de cualquier creación, se engaña a sí mismo, y quien se desangra por obtener alguna distinción o merecimiento, necesita retornar cuanto antes a un conveniente equilibrio psíquico. Si bien el hombre es un haz de posibilidades, la intención de permanecer, de anular el olvido, de conjurar al tiempo, no depende de él, y quien no haya meditado esta evidencia tampoco lleva un rumbo acertado. El poeta no puede estar complacido por ser poeta; debe ante todo sentirse comprometido por ello y, muchas veces, con renuncia de las bondades que quizá provee una existencia más ordinaria. Además la poesía no distrae ni es una suntuosidad del espíritu, sino un intento máximo   para restituirle al hombre las excelencias quebrantadas por la civilización cuantitativa, mecánica y consumista, y de crearle otras nuevas posibilidades de crecimiento interior.

El poeta es un indagador, un buscador, un equilibrista en una cuerda floja, alguien que sabe que deberá alejarse de cualquier canto de sirenas, que debe en cada momento avanzar para acrecentar y prodigar su nobleza. El poeta no debe ser un buen hombre sino un hombre bueno porque la poesía no es decoración sino destino.

Julio Bepré

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The Day of the Rabblement, Dublin, 1901. (Cit. en El silencio creador, Federico Dellclaux, Rialp,Madrid, 1969) .

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7 mayo 2011 - Posted by | JULIO BEPRÉ, NOTAS | ,

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