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ARTE Y EXISTENCIA, por Julio Bepré

Julio Bepré

Es sabido que no existen dos seres que frente a una determinada situación respondan con sentimientos y percepciones idénticas. Éstas son en cada caso individuales y supeditadas a las circunstancia de cada persona y a los usos, costumbres y conformaciones institucionales que se manifiestan en la sociedad. Además la transmisión de intereses, vivencias o ideas –estas mismas líneas que algo pretenden enunciar– no podrán nunca tener una total precisión o complexión adecuada a lo que se ha deseado expresar. Seguramente cuando alguien profiere un auténtico Te quiero, esta afirmación llegará a quien se la destina menguada en su intensa plenitud y matices.

El hombre es una realidad no recluida sino dialógica; necesita de los otros para poder vivir, y esto que parece evidente, no es siempre asumido con la trascendencia que implica. Además aquel posee y es a su vez definido por el lenguaje, y ello le hace posible insertarse en un mundo que conlleva la comunicación en sus niveles coloquiales, discursivos o expresivos, la cual se condensa y ubica en forma residual a través de las generaciones.

No cabe duda de que el hombre es un peregrino afirmado en una estructura interrelacionada -cuerpo, alma y espíritu- la que a su vez se manifiesta con una implicancia unitaria (1). Precisamente la vicisitud actual por la que atravesamos ofrece la intrusión de concepciones cuestionadoras o desentendidas del espíritu; mas el hombre no es pura recepción de pulsiones diversas puesto que lo humano deberá afirmarse siempre en la evidencia de su libertad –sin desconocer el hecho de que ella suele estar aminorada y hasta negada por causalidades e imposiciones asaz perversas. Y es merced a su libertad como el hombre puede avizorar a los valores para aprehenderlos y realizarlos, aun en medio de la relatividad apuntada. Es que los vivientes estamos envueltos en dos incógnitas primordiales: “de donde” y “hacia donde”, y son justamente ellas las que motivan la busca de los valores (2).

No obstante esto, acaece siempre que todo se envuelve y presenta en realidades genéricas; precisamente a través del arte se podrán superar los márgenes de tal restricción. Un poema, por ejemplo, o una música o una pintura tendrá el laboreo y la base vivencial de quien la creó, pero la misma será distinta a la del lector, oyente o contemplador. Y esto resulta así porque la obra de arte extiende y multiplica los sentidos. Es en el encuentro y frecuentación con ella como se afinan y afirman las apetencias estéticas, sin que ello implique considerar necesaria la erudición para que ello ocurra.

El ser humano, pues, se encuentra implantado en una realidad axiológica: a cada momento debe responder a sus llamados aunque no esté totalmente consciente de ello. Por otra parte si la aprehensión de los valores estéticos o de cualquier orden fueran absolutos, no necesitaríamos de ninguna manera el arte. Quizá seríamos como Adán en el Paraíso antes de la caída; no existiría disminución alguna en la excelencia de una creación o percepción o sentimiento (2).

Si consideramos el hecho de que alguien se vanagloriara por su obra considerada por él como “admirable”, será correspondido sólo porque está lograda y no por aquella fatua creencia. Como lo hemos referido, no existe el logro humano perfecto: nos podremos acercar a una incompleta perfección la que no podrá investir la cualidad de una ouvre de totalidad trascendente.

Con gran acierto W. H. Auden afirmó que no es advertible nada peor que un poema –o cualquier obra artística– en el que su autor se embelese por considerar que ha creado algo de máxima entidad. Y lo citamos textualmente:

W. H. Auden

No hay nada peor que un mal poema cuya intención era ser grande (…). Ante el público alguien es un poeta si escribió un buen poema. Ante sus propios ojos, un poeta sólo lo es si está corrigiendo la última versión de un nuevo texto. Antes de eso era apenas un poeta en potencia; después es alguien que dejó de escribir poesía quizá para siempre(3).

Y corresponde destacar que en el caso del poeta, el mismo utiliza el lenguaje no en función coloquial (propio de la rutina diaria), ni discursivo (propio de la actividad científica), sino de una apetencia expresiva que implica un sentir, un querer y un pensar, en desafío con cualquier realidad adocenada. (Hemos consignado en anteriores reflexiones y lo reiteramos ahora, la profunda aserción de Eugenio Montale: El problema del poeta es arribar adonde ni las mismas palabras llegan). Por otra parte todo ser humano se encuentra constantemente requerido por la carga urgida de sus necesidades inmediatas asociadas necesariamente con la utilidad. Todo arte, en cambio, es en su esencia gratuito por lo que no conlleva ninguna intención práctica ni meramente lúdica y menos de superficial emotividad.

Las decisiones atinentes a las funciones superiores que distinguen a lo humano, exigen una adhesión total, lo que devengará, si ello ocurre, en un contento por lo creado y por lo que ello significa en el contexto social. Lo gratuito nacido de una creatividad auténticamente valiosa, parece a veces desdibujarse o desaparecer de la realidad que se vive. La tan mentada globalización, la inequidad social, y la indiferencia manifiesta que existe respecto del planeta en el que vivimos, no son fenómenos alejados de la consideración del artista, pues la atención en ellos genera mayor consistencia de su persona, esto es, en el centro de su espíritu.

A ello se agrega la inexorabilidad del tiempo y su advertible aceleración, y la espuria notoriedad que ofrecen los medios masivos de comunicación, que han generado un homo videns desmereciendo las potencialidades que la realidad brinda. Todo ello apuntala una banal transitoriedad alarmantemente extendida.

Y no es dable concluir nuestra rauda reflexión sin acentuar el entramado dialógico del hombre. Decía Paul Valery:

¿Quién esta allí?

Yo.

¿Quién es yo?

Tú.

Y ese es el despertar: el tú y el yo (4).

                                                                                                                                                                      Julio Bepré

______

(1) Tratado de filosofía, Johannes Hessen. Trad. de Lucía Piossex Prebisch, t.III, pag. 259, Sudamericana, Bs. As., 1962.

(2) La Risa, Henri Bergson, Trad.de Amalia Haydée Raggio, pág. 115, Losada, Bs.As., 1943.

(3) La mano del teñidor, W.H. Auden, Trad. varios, Adriana Hidalgo, pág. 61, Bs. As., 1999.

(4) Cit. en obr. ant. pág. 129.

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23 junio 2011 - Posted by | JULIO BEPRÉ | ,

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