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CESC FORTUNY i FABRÉ: “La dolorosa partitura del miedo”

Cesç Fortuny i Fabré

LA DOLOROSA PARTITURA DEL MIEDO – Cesç Fortuny i Fabré – ALKAID Ediciones – Barcelona, 2014. 64 páginas.

No conozco otros textos de Cesc Fortuny y me limitaré a expresar las sensaciones que “La dolorosa partitura del miedo” ha despertado en mí (para recabar otros aspectos del autor, Marian Raméntol Serratosa ha detallado, en un cuidado epílogo, “Cesc Fortuna i Fabré, la poesía del rapto”, el análisis de la obra poética del autor y su trayectoria).

Son numerosas las formas poéticas dables en un tiempo de emancipación de cánones, estructuras y sistemas, pero no todos los poetas optan por el ejercicio de esa libertad, la mayoría va detrás de la “gran oreja”, del público vasto, multitud para la cual la comprensión directa es condición necesaria y gusta de aferrarse a una significación cotidiana, repetitiva, sencilla -pobre, a la postre-, y por lo general muy lejana de voz y sello originales. Cesc Fotuny i Fabré no elige este camino. Intuye que no es fácil poetizar extremando los límites del lenguaje, cargando con la sensación de ese núcleo, tan central y a la vez distante, donde ardemos y estamos completamente solos con las palabras que no caben en la boca. Es en ese límite donde bucea su mensaje: la “reconstrucción del irredento yo”, al decir del prologuista de la obra, Ángel Guinda, en ese límite da rienda suelta a las formas idiomáticas que surgen de lo hondo.

Pese a las incomodidades que le propone la expresión sintónica con el ser en sí y el ser en todo, Cesc Fortuny i Fabré no transige con lo coloquial. El lenguaje coloquial es limitado, simple, adocenado, donde todo se repite como clichés cinematográficos, todo se parece a ese formato general adolescente más o menos elaborado según el creador de turno; es decir, en estos casos la poiesis desaparece, o mejor: no aparece, se hunde en un recuerdo o en la nostalgia, la creación se hace ilusión. Hay situaciones y sucesos en nuestra existencia que la palabra de todos los días apenas revela un saludo o la descripción de un acto simple; el lenguaje cotidiano tiene límites muy ceñidos a las cuestiones prácticas, y muy difusos cuando se indaga lo esencial. Esto no le sucede a la poesía profunda, pero cuando ésta rebasa ciertos límites, se la tacha de críptica, oscura, gótica y otros adjetivos de igual tono, que advierten bien pero califican mal. Refiriéndose a los lectores que rehuyen los versos “difíciles”, el poeta argentino Rodolfo Rodino (1936-2015) sentado a la mesa de un bar, una vez dijo dijo: “Es que hay lectores muy vagos”.

Cesc Fortuny no ha elegido el camino sencillo de los versos simples, que vienen expresando lo mismo siglo tras siglo con leves variantes, y aunque sabemos que la elección estilística es un embeleco y que llegamos a ciegas a un talante que parece estar decidido de antemano por nuestros primeros años de vida y por una genética que lo predispuso, también debemos estar conscientes de que optar por lo simple o lo profundo comprende una buena parte de nuestro albedrío, del mismo modo en que está en nuestra voluntad la permanencia y la afinación permanentes de la palabra poética. El tropo puede ser simple o profundo, pero la justeza del símbolo es la que manifestará el mérito y el crecimiento, y de allí la riqueza semántica. Y los símbolos son la potencia de nuestro autor, su fuego.

Cesk Fortuny i Fabre (Esp), Ricardo Rubio (Arg), Marian Raméntol (Esp)

Cesk Fortuny i Fabre, Ricardo Rubio y Marian Raméntol-

Encarrilado en una corriente neoexistencial, Cesc Fortuny describe/denuncia la caída a una alucinación apocalíptica, descarnada de lo cierto; vidas ultimadas por las lacras de la ceguera y el descontrol, hombres perdidos entre vanidades, vicios y muertes innecesarias, componiendo la horrorosa instantánea que ve fuera de sí y que refleja en los paisajes de adentro. Atraviesa las redes temporales o espaciales, los órdenes establecidos, el aire, el agua, pero siempre vuelve a la madera o a la semilla de un modo lacerado y penoso, donde su yo se articula a la caza de un sentido.
Los símbolos frecuentados en estas páginas son numerosos: ángel, espejo, monstruo, bestia, semen, madera; pero piedra, mármol, roca, guijarro y ceniza son citados regularmente en distintos poemas, denunciando un tema central o, por lo menos, el núcleo generador de instancias importantes en la obra. Estos símbolos son los que derivan a la “petrificación” (trauma de la lactancia), siendo en este caso una visión sombría de la conciencia que se desvanece y se pierde en lo mundano/inútil, precisamente cuando el todo es “muy todo” y muy unido, y uno, e infinito, y parece que nadie lo ve. Así persiste en el autor una lucha por la unión del yo, una contemplación por la concomitancia, una meditación intensa para reunir el consciente con el inconsciente o, al menos, reducir la distancia que los separa. Si bien “ceniza” y “mármol” son representaciones finales de la petrificación, en un simbolismo temporal, son también el fin del dolor y del pensamiento de muerte, pero en su relación con el tiempo no se alejan del sentido del olvido, lo cual conlleva a la superación.
También están los ángeles. En esta obra, son análogos de las aves, que también las hay, y nos dibujan la intención de libertad, lucha urgida por aquella supuesta petrificación de la niñez.
Los espejos actúan como la fantasía del yo, que pese a su cotidianeidad mundana, fue y seguirá siendo uno de los grandes puntos ciegos de la comprensión, aunque la física lo explique, al igual que el imán y el mercurio. Los espejos actúan ora como correctores, ora como delatadores, y proyectan el “Naunet”, el doble cósmico egipcio que nos controla/equilibra con su contraimagen. Intuyo en esta simbología una íntima confesión del autor.

Cesç Fortuny i Fabré

Cesç Fortuny i Fabré

Solo treinta y tres poemas “en caja”, a modo de prosa poética, que componen “La dolorosa partitura del miedo”, le han bastado para enunciar decires, aforismos, pensamientos dignos de Porchia, a veces, más dolorosos: La raza se agota buscando refugio en los féretros; Odio, para no tener miedo; Los truenos son mi música favorita; Hay un dios en la sala de autopsias; Los años hacen las maletas llenándolas de invierno; Las palabras se pierden con la naturalidad de la muerte; El dolor es la pregunta y la respuesta es la noche; solo para citar algunas. Cierto es que la facilidad de crear tropos lleva de un modo u otro a la concreción de frases como éstas, pero el valor conceptual solo deviene del talento.
Pese a no parecerlo, dada la extensión de las ideas, el adjetivo puro no es de uso tan frecuente, cosa a la que el propio autor hace referencia en uno de los últimos poemas: “Estos bosques infestados de adjetivos”, frase sobre la que elegí pensar como una referencia a la ajenidad. La adjetivación se contrae por el uso de adverbios y por ingeniosos ajustes: Sol subterráneo; Poetas rotos; Nombre negro; Dientes tristes; Libros seniles; Bolsillos muertos; o por la llamada adjetivación de pertenencia.
Particularmente me han maravillado los versos que dudan la trascendencia: Pero el artista que pudrirá nuestros despojos, intentará calcular si ya no me temes o si el tiempo sigue sonando en la tiniebla; hallo en este ejemplo una de las fórmulas compositivas de nuestro autor. 
Pocos poetas alcanzan estos aciertos semánticos. Comparto la palabra poética de Cesc Fotuny i Fabré, que da por tierra la estantería de lo fatuo.

                                                                                                             Ricardo Rubio

6 marzo 2015 Posted by | CESC FORTUNY I FABRE, MARIAN RAMENTOL SERRATOSA, RICARDO RUBIO | , , , | Deja un comentario