EPANADIPLOSIS

Libros – Notas – Comentarios

Lembranza: JOSÉ MARTÍNEZ BARGIELA (Texto en galego)

Presentación de Yo, el esmoquin en la Casa de Madrid de Bs. As. - Roberto Flores, Graciela Maturo, Ricardo Rubio y José Martínez-Bargiela.

Presentación de Yo, el esmoquin en la Casa de Madrid de Bs. As. – Roberto Flores, Graciela Maturo, Ricardo Rubio y José Martínez-Bargiela.

José Martínez-Bargiela naceu en Ponteareas, Pontevedra, Galicia, en 1921; morreu en Buenos Aires, o 10 de agosto de 2009. Foi poeta, narrador, ensaísta e traduxo obras literarias do inglés e do portugués. A súa obra é o resultado dunha limpa espontaneidade creadora, unha cosmogonía reflexiva que agroma de camiños percorridos -que son moitos- e a atención aguda, non só resumida polos rozamentos particulares, senón tamén polos sucesos sociais. A actitude tépeda e a profundidade de análise, innatas ou intuitivas, permítenlle illar cada momento, reducindo o fenómeno á súa estrita esencia, e presentalo cunha nitidez case material desde un ángulo sorprendentemente lúcido.

José Martínez-Bargiela reúne as condicións que son fundamentais para percorrer a poesía: a necesidade, a intuición e o talento, incontinxentes da función poética. O traballo constante na manifestación máis pura dunha lingua, que é a poesía, vese enriquecido pola amplitude da súa linguaxe: un castelán que carga con todo o seu caudal de formas e significantes, sen desvirtuar a súa esencia por influencias de linguas traducidas. As actitudes e comportamentos das relacións sociais preocúpano. Entrevé con facilidade as redes simbólicas da hipocrisía, pero tamén a amable e dilatada perspectiva de moitos homes e o conciso camiño que algunhas veces os enfronta á imposibilidade. Pero non concilia nin co profético nin co onírico, indaga libre de imitacións servís, crea un camiño propio entrando de fronte aos paradoxos dos lazos e das dúbidas. Por iso di: Un artista non só é libre cando renuncia ao público masivo, un verdadeiro artista necesita ser un grande e honorable ser humano. Tal é o caso de José Martínez-Bargiela.

 Ricardo Rubio

POEMA DE NACER

Dicen haber nacido del mar,
yo nací de la montaña.
Mi madre me dio a luz,
cual cordero de cualquier
rebaño. Me lavó los primeros ojos
en el arroyo que aún corre y place
verlo zigzaguear, desenfadado
por haberme hallado en el riego,
al romper el día en mi mano
cuando la sed desmaya,
y el ruiseñor aduerme el canto
en el ensueño del alba…
¡Ensueño, en tanto sueño el tiempo:
niñez y vejez, en arpas de viento!

.

ARROYOS INOCENTES

Entonces muchas manos
florecieron
al cortar lirios
del río

muchos pájaros
han hecho nido
al oirte canturrear
y rociarte el estío:

iridiscente río abajo,
reflejaron tu desnudez
al bañarse los ojos
en tí misma

romance aquel
de dos seres plurales
en el arreciar
de tu blusa abierta

al rosal: la brisa quieta
en la luz del agua
ensoñado azul
de la tarde tibia

y olvidarse intruso
de un momento de libélulas
inestables vuelos
cigzagueados…

.

LA CASA DEL ECO

Esta aquí, estas piedras
en litigio, de vida y muerte,
son de mi hogar natal
ombligo, ligazón
conductora
de no acabar en deceso;
fuego y llamaradas,
inequívocas reliquias,
en relentes
que me abrazan…
Pero nada importa más,
-Que lo que importa-
digo, y esta
es la cuestión, el dilema
que reconstruye
la verdad de mi algo,
en cónclave de gusanos
y el aviario generoso
en las huellas
de las cenizas, los pájaros
al paso de mi madre yendo
y viniendo, con azafates
de cuentas
y rosas verdes, en todo ser
que viva, viven aún
y se renuevan los aljibes
de surtir, dar
agua de sed, al mundo.
La inocencia
del bosque en torno,
ilumina duendes; luz de albores
este lugar, este sitio,
cerne y matriz, grito audible
de silencio, el eco
pervive aún…
¡Quiere morir en mí, conmigo!

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16 abril 2015 Posted by | JOSÉ MARTÍNEZ-BARGIELA, RICARDO RUBIO | , | Deja un comentario

DOSSIER: ROLANDO REVAGLIATTI

Rolando Revagliatti

Rolando Revagliatti

Rolando Revagliatti

(Buenos Aires, 1945)

Rolando Revagliatti, Buenos Aires, 1945. Poeta, dramaturgo y actor, narrador; psicólogo, cinéfilo y padre de familia. Fue uno de los responsables del Ciclo de poesía y prosa breve “Nicolás Olivari” (1999) y el coordinador de los ciclos de poesía “Julio Huasi” (2001), “Luis Franco” (2002), “Carlos de la Púa”, “Susana Thénon”, “Horacio Pilar”, “Homenajes” (2003), así como de la Revista oral de literatura “Recitador Argentino” (2003) y de “La anguila lánguida”, Muestra de poesía (2004). Conduce la presentación de poetas en el Café Literario “Último Infierno” organizado por la Asociación de Poetas Argentinos (2005-2008). Ha presentado “La Canción de Rolando” en los Cafés Literarios “Literatura Viva” (2006) y “Mirá Lo Que Quedó” (2007).

Libros publicados: HISTORIETAS DEL AMOR, 1991; MUESTRA EN PROSA, 1994 (cuentos y relatos); LAS PIEZAS DE UN TEATRO, 1991 (dramaturgia); OBRAS COMPLETAS EN VERSO HASTA ACA; DE MI MAYOR ESTIGMA (SI MAL NO ME EQUIVOCO):; TROMPIFAI; FUNDIDO ENCADENADO; TOMAVISTAS; PICADO CONTRAPICADO; LEO Y ESCRIBO; RIPIO; DESECHO E IZQUIERDO; PROPAGA; ARDUA (castellano-neerlandés); PICTORICA; SOPITA; CORONA DE CALOR; DEL FRANELERO POPULAR (castellano-asturiano); EL REVAGLIASTÉS (Antología); REVAGLIATTI – ANTOLOGÍA POÉTICA (Selección de Eduardo Dalter), entre 1988 y 2009 (poesía). y numerosas reediciones ampliadas y coregidas; como así también, en medios electrónicos como pueden verse (y leerse) en: http://www.revagliatti.com.ar/

Rolando Revagliatti

Rolando Revagliatti

La tristeza es ahora

La tristeza es ahora
una sustancia densa y liviana
Puntual, me despido

Todo comienza a ser el pasado
Mamá, papá, los libros
Ya estoy medio muerto

Las mujeres, caminar, tener un cuerpo
Ya soy medio un ángel
El sol, la noche, los amigos
Se arman las constelaciones

Interrumpo
Les dejo el dinero que llevaba encima
Llego con lo justo

Los finados
no escriben.

.

Diecinueve

Me muero todo
me muero en serio
me muero para siempre

se muere todo de mí
se muere de mí lo que soy
y lo que hubiera podido ser

(pensé en mi juventud)

Por eso me tragué sólo diecinueve
pastillas y no las veinte del frasco
completo de Halopidol

Porque pensé.

.

Horas viejas

Horas viejas

Horas contadas
pero viejas

Horas apuradas, contadas
pero viejas

Horas obstinadas
en su vejez

Horas ni vivas ni muertas
pero
listas a partirse

Horas inspiradas
por mí:
Musa vieja

Horas de la repetición eterna
y horas rehenes
en crispada yunta

Horas inmerecidas:
un abismo
entre las rancias horas
y un texto.

.

Martes 27/8/1996

Lo dijo la radio: Efemérides:

Hoy hace treinta años
en Buenos Aires Nicolás Olivari
el autor
dijo la radio

dio una patada final
recta a la ambigüedad y a la pacatería

Murió
dijo la radio.

————

La poética de Rolando Revagliatti por Eduardo Dalter

Una realidad que el poeta fue entendiendo, y digiriendo, también como una demasía para él solo, pero tampoco quería ponerse a vivir por nada, y se entiende, en la queja de bandoneón y en la derrota. Y de ahí su paso, su vibración y su actuación sin tregua, que son muestras palpables de un nervio a cielo abierto, pero también de una herida palpitante; y así lo hemos observado más de una vez en el silabeo, a veces grave, a veces sobreactuado, de sus poemas, que van colmando el espacio con su gracia desinhibida y tensa. Así, a menudo, su poesía termina derivando en el sainete, un sainete atravesado, y condenado, de abismo y de vacío. Un modo, con una intimidad, que el poeta escogió sin más para dialogar y representar una realidad (y una trizadura, un aire), por momentos más cercana a la absurdidad, que, está visto, lo golpea y lo estremece. Un poeta que escribe –tantas veces así lo imaginé– contra las cuerdas, a veces mirando conmovido al ring-side, sabiéndose solo, para sacar finalmente, apoyado en ese espaldar de sogas, su seguidilla de golpes más precisos. Otras veces, no pocas, seguramente en la calma de su hogar, en tardes o noches lentas, el poeta juega, ríe, se da un respiro, como quien avanza en las páginas vacías, no para más que por eso mismo y para situarse mejor en su trabajo, donde la materia prima es su propio cuerpo, su propio tiempo, el tiempo de todos, comprendiendo que el juego, el sainete de los cuatro vientos nacionales, es serio, muy serio. O bien sale a caminar, a embeberse del aire de parques tan distintos, indagando en las grietas, y regresando, bajo su camisa y su pantalón puestos a prueba. En este camino, que es andado y demarcado en poema y poema, el poeta deja traslucir sus costumbres y tonos de familia y sus ancestros, y en este ejemplo, su intención, sus lugares, su voz, son muestras elocuentes y extrañas, o muy de estos tiempos, de tejidos rotos y huellas entrecruzadas, y donde más que los trayectos y procesos de la historia de una lírica, y de una mística, hay la conjunción de los materiales más diversos, en sorprendente apareamiento, del sacudido y contemporáneo mundo. Ahí aparecen, como vecinos de sus calles, y como tíos mayores y maestros, Nicolás Olivari y Julio Huasi, tantas veces abrazados o fundidos, muy en Rolando, en una u otra esquina, desde el humor y la pincelada suburbana hasta esa tensión insinuada crispación, que, con fondo de hora pico, pueblan la escena y la mirada del poeta. Una confluencia, la continuidad de un curso, no exentas de apoyaturas, que han venido confirmando un campo singular en el marco abierto de la poesía porteña. Entre sus diversos y tensados poemas, entre lo significativo de su salsa, obrando como verdaderos carnets de identidad de su obra –y además hábitat de crecimiento de este trabajo–, surgen por sí solos al recuerdo poemas como: demasiado yo para mí solo; el que refiere a la sartén (por el mango); el que atañe a las rameras y a la policía de sus cuadras; el dedicado al Episcopado o el que ahonda en su fastidio, y, entre algunos otros de la lista, finalmente, ese poema-declaración en que el poeta, otra vez en los bordes, o más allá, esgrime su arma cargada de defensa. Rolando Revagliatti, un poeta de flores, un poeta en los límites, un poeta dramático.

Eduardo Dalter

Eduardo Dalter

Eduardo Dalter nació en Buenos Aires en 1947. Desde 1971 ha venido desarrollando un quehacer intenso. Importantes publicaciones del continente han incluido sus artículos y poemas; entre otras: Crisis (Buenos Aires) y Casa de las Américas (La Habana). Fundó y dirigió la revista de poesía Cuaderno Carmín, de difusión continental, durante el lapso 1994-2002. En el bienio 2004-2005 diseñó y dictó los seminarios de poesía latinoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires. Ha ofrecido asimismo recitales en diversas ciudades y en encuentros, como en la Feira do Livro, de Brasilia, y en el Central Park, de Nueva York. En septiembre de 2005 se presentó su antología poética Hojas de ruta (1984-2004). Cuatro momentos; Ediciones del Nuevo Cántaro, Buenos Aires, 2009, es su obra más reciente.

12 abril 2015 Posted by | EDUARDO DALTER, ROLANDO REVAGLIATTI | | Deja un comentario

“Los árboles del abismo”, poemario de Carlos Cuccaro

Los árboles del abismo - Carlos Cuccaro

Los árboles del abismo – Carlos Cuccaro

Carlos Cuccaro, la desnudez más roja, por Ricardo Rubio

Entre los rayos del espectro de la poesía argentina de nuestro tiempo, encontramos algunos destellos que forman parte del conjunto de artistas cuya forja constante e indemnidad subjetiva proponen la vanguardia pragmática o ideológica del arte de la palabra.
En nuestro pequeño mundo, el de los poetas, compuesto de letras y cadencias, ritmo y figuras del lenguaje, no hay destaques que lleguen al lector menos avisado, de hecho, ahora que los periódicos se han olvidado de la literatura y más aún de la poesía, pocos se atreverían a decir, con probada sapiencia y experiencia, qué es belleza y qué no lo es en el verso blanco de hoy. Pese a ello, creo que nadie podrá ignorar la belleza —aquello que da gozo a nuestro intelecto en cualquiera de sus formas— de Los árboles del abismo, un trabajo poético que reúne dos cuerpos en una obra compacta y sin fisuras.
Carlos Cuccaro, quien pertenece al sólido grupo de poetas con fundamento, abre una nueva puerta —una nueva expectativa— de su cosmogonía; es, en su caso una cosmogonía muy terrena, la que puede no solo intuirse sino también rozarse con los dedos.
Toda su obra poética anterior ha mantenido la tensión entre lo dable y lo que debería darse, en todo momento ha buscado respuestas, tanto prácticas como intelectuales: Duele debatirse entre la impo-sibilidad de nombrar lo indecible y la agonía de nombrarlo todo. Y esta imposibilidad se entorpece aún más al comprobar, con la suma de los días, cómo el que parece ser un destino, resulta ser muchos: la ontología vibra y la metafísica subyace creativa en el río profundo donde lo efímero se parece a lo sagrado (segmento montado en un poema de pasión amorosa).
El sello existencial nos previene de lo inefable o nos enmascara, pero la seguridad de las ideas de Carlos Cuccaro va más allá de los apodos filosóficos que puedan concebirse durante el vano afán de aprehender lo inaferrable, traspasa los límites de la posibilidad del habla corriente —que es trabajo esencial de la poesía— para acercarse un poco más a las respuestas que, como humanos, continúan eva-diéndonos; la lucha entre los conceptos reales y los nominales es parte de su trabajo, habida cuenta que, efectivamente, debería ser el de todos nosotros, según afirmaba Duns Scoto en el s. XV.

Carlos Cuccaro

Carlos Cuccaro

Tal el nominalismo en nuestro autor, comprobado a lo largo del poemario: los pájaros son siluetas sin nombre, las realidades son impuras; la ajenidad es una ficción de las ideas: La luna y las hormigas: todo podía verse en la pantalla de la noche, donde “pantalla” nos transporta a un panorama irreal, nominando la realidad como una ficción ininteligible; y proclama lo que siente con un sello existencial y de un modo lacerante: Transcurre todo. Sin explicación ni motivo.
El tema del amor, que acompaña toda la obra —y que fácilmente podría ser señalado como lo sustancial del poemario—, es para quien traza este comentario el apeo por el que el poeta asciende a su campaña. No considero, de ningún modo, que el amor sea un complemento de Los árboles del abismo, es uno de los temas principales; entrecruzado con la visión metafísica, se debate en un cosmos que arbitra instantes de placer con fricciones de inteligencia que abaten hasta lo agónico: Los cuerpos desnudos y terribles cayendo entrelazados en el túnel de la ferocidad sin nombre. Asimismo nos dice: no esperes del poema la revelación del mundo, como afirmándose por la negativa, es el modo en que fragmenta la realidad y la presiona para exigirla, yendo al encuentro con una metáfora de luz desde el enlace amoroso cuyo gozo tanto dista de la búsqueda del porqué del ser y su razón de serlo.

Una grata novedad advertiremos en los últimos poemas del libro, “Otros andamiajes”, con una geografía diferente a la que Carlos Cuccaro nos tiene acostumbrados (salvo en el primero y último poemas de esta segunda parte), con versos más largos y profusos, en los que pronuncia/denuncia las cosas vanas que nos propone el “ello”, pues no se trata del “otro” (lo que Schopenhauer convenía, diciendo que del mal universal sólo podemos salvarnos con una actitud contemplativa), aquello que está más allá de nosotros y que pretende tener algo que ver con nuestra vida, aquello que busca imponérsenos desde todo medio posible, y de tal modo tiñe estos trabajos con fuertes metáforas e imágenes sombrías, acentuadas por la síntesis de algunos tropos: Ese estante de la biblioteca no es un estante. Es un nido de ideas y de gritos, donde corona su identidad de poeta transfiriéndose sobre el librero, donde “nido” sugiere la no aceptación de un cuenco vacío o muerto sino el de una luz esperanzadora. El poema que contiene estos últimos versos citados: “El espíritu perverso de los objetos cotidianos”, merecería un análisis exhaustivo, dados los logros semántico-estéticos y la hondura filosófica que vibra en cada cláusula.
Alta expresión poética, estos textos afirman sólida y plenamente un modo original de sentir nuestro lugar en el mundo.

Ricardo Rubio

Ricardo Rubio

12 abril 2015 Posted by | CARLOS CUCCARO, LIBROS DE POESÍA, RICARDO RUBIO | , , | Deja un comentario

“Mar de fondo” de Alejandro Drewes: un oficio de tinieblas – A EDITARSE EN SEVILLA (en septiembre) – PRÓLOGO de GRACIELA MATURO

Ricardo Rubio, Graciela Maturo y Alejandro Drewes

Ricardo Rubio, Graciela Maturo y Alejandro Drewes en la presentación de “Lugares de la noche”, otro de los poemarios de Alejandro Drewes, en la Sociedad Argentina de Escritores, 2014.

PRÓLOGO DE “MAR DE FONDO”

Una aventura poética notable es la de Alejandro Drewes, poeta argentino  que ahora da a conocer su tercer libro. Cuando hablo de aventura lo hago en el tradicional sentido de  trayecto espiritual, insustituible y modificador, que insume condiciones de hondura, resolución y valentía. Asumir un destino de poeta, no es poca cosa.

Su primera obra  Uvas del Paraíso (2008),  traía la resonancia de una voz singular, que sobrepasaba los frutos del sentir personal, para dar lugar a una mirada iluminadora y profética. Pero fue sin duda con su segundo libro, Lugares de la noche  (2014), cuando Alejandro Drewes -en mi opinión- pasó a ocupar un destacado lugar en la poesía argentina de su generación y, por qué no decirlo, en la poesía actual.

Ante la hondura y novedad de esos poemas, recordé aquellas palabras de Leopoldo Lugones: Y decidí ponerme del lado de los astros. Efectivamente, nuestro poeta tomaba definitivamente una posición cósmica, un modo de habitar poéticamente el mundo que no admitía retrocesos. Era una opción por “lo abierto”, con su margen de desgarro y despojamiento, que solo puede ser  afrontada por fidelidad a una vocación. Se trata del vivir riesgosamente, en actitud de entrega,  percibiendo  mensajes que no todos escuchan…

Lugares de la noche recogía el dolor de una existencia auténtica, y se proyectaba a la  vez como un registro del sexto día, el sábado de tinieblas que se ha cernido sobre la Humanidad  en los tiempos finales de la Historia;  no sabemos si de toda Historia.

Ese clima elegíaco se prolonga y ahonda en su nuevo libro, Mar de fondo, obra de heroica intemperie, que expone el abandono y la desolación de la hora última.  Su título, tomado del lenguaje náutico –y Alejandro proviene de una familia de marinosya  anticipa el arribo de un cataclismo profundo e ingobernableY en efecto, la oscuridad creciente, el retiro de las presencias tutelares, la extensión de un largo sabactani que alcanza más de constatación que de protesta, son las líneas de fuerza que eslabonan estas páginas, agrupadas en las dos partes del libro: “Sombra del tiempo” y “Vaga luna entre la niebla”. Mi lectura no me ha permitido hallar entre ambas una visible  evolución,  sino una intensificación de la oscuridad  que conforma  el núcleo central, en extraordinaria experiencia de  soledad y dolor. Esa soledad que finalmente hace lugar a lo que podríamos llamar una velada y apenas insinuada salida del Laberinto.

Con maestría poco usual, Drewes varía ritmos y metros a lo largo de unos cincuenta poemas, que pasan por la variedad de versos breves, romancillos, versículos, siempre regidos por una rítmica suelta y arrobadora. Imágenes recurrentes dibujan un escenario terminal, donde un hombre en soledad instala un monólogo descarnado que apenas, pocas veces, se abre al diálogo. Su singular imaginario lo perfila como un poeta del aire, diría Bachelard, pero también del agua. Las imágenes-guías giran con sobriedad alrededor de las grandes figuras de la interioridad: el viento, la noche, la lluvia, el fuego, el árbol, la palabra.

Solo la luna, símbolo de la vida espiritual, viene a echar su luz blanca en este paisaje letal, donde  el hombre ha sido colocado para  vivir en la inestable/ ladera del sueño /donde plañe el viento/ su canción milenaria.

Y el hombre, que  elude pudorosamente el yo, o la autorreferencia directa, ha elegido también, a su turno,  cuidar de las palabras pendientes/ aún de su grave hilo /de oro. El poeta sabe bien lo que esas palabras le reservan, y en cierto modo sus poemas van tejiendo una poética secreta, sostenida en dispersas imágenes. Su verso es  la piedra lanzada/al espejo más puro/ de un agua sin fondo, dice finalmente en su poema “Hacia la oscuridad”, y en efecto ésta podría ser una definición de su palabra, austera, audaz, reveladora, pero no autosuficiente. Como Mallarmé, ha intuido Drewes que el golpe de dados nunca  abolirá el azar. Quien fuera abandonado, arrojado al mundo, lo fue porque es príncipe, y algo queda de su antigua corona. He recordado versos de Leopoldo Marechal, cuando habla del domador, figura emblemática del hombre, y dice que su frente muestra huellas del oro con que ha sido señalado.

Tal el sujeto de esta  experiencia de oscuridad emprendida con valentía, mientras afuera llueve  y llueve sin piedad,  como un mar/ que se volcara de pronto/ sobre la ciudad a oscuras

Alejandro Drewes encarna la lucidez del poeta, haciéndose cargo del tiempo de indigencia en que le toca vivir: Te fue dado habitar/ un mundo en su pasmo/ la tierra bajo un cielo/ en bancarrota.

El hombre no es el autor del libreto, apenas si puede interpretarlo.  En este escenario,  pocas son las señales que apuntan a una “vida más clara y verdadera”. Surgen comparaciones: los hombres navegan como barcos que pasan en la niebla/ sin rozarse siquiera/ (…) en esta densa/  marina de Turner. La poesía de Drewes revela su amplio conocimiento de ciencias y de artes; su amor por la música, su conocimiento de poetas de otras latitudes. Nuestra común amiga y poeta Amalia Abaria me recordó una novela de Lars Andersson –“La leyenda del rey de la peste”-, figura aludida en un verso  donde quien habla se compara con el Rey del Norte, enloquecido por el dolor: se  trata del rey  sueco del siglo XII,  Magnus Eriksson,  que vaga solo por los bosques, mientras es  confrontado por su hijo y su pueblo ha sido diezmada por la peste.

La Historia se ofrece a sus ojos como una secuencia de hechos repetidos, en  una dirección que incluye la decadencia, el olvido, la humillación, la sorda marcha hacia un final incierto. Y el poeta se habla a sí mismo, con ese tú tan típico de la introspección poética, como en el poema intitulado “Adondequiera que vayas”: te ha de seguir/ esa sombra fiel/ la soga que oscila/ en el largo viento/ el eco interminable/ de los últimos gritos/ de Sarajevo a Termópilas (…)

El hombre, desterrado del  Edén, es comparado a esas plantas condenadas/ a vivir sin arraigo,/ bajo un chirriante sol extranjero ¿Acaso somos definitivamente de la tierra? ¿De dónde viene esa sed de infinito que arrastramos por el mundo? ¿Por qué esa ventana del sueño, abierta al otro lado? Algo condena al hombre a ser quién es, a buscar, a buscarse. La ausencia de los dioses es un signo de su propia condición. El solitario registra el vértigo de los días, en un mundo que se deshace sin piedad. Y se pregunta por un destino de ruina y vaciamiento. ¿Pero… es eso todo?

La tentación de partir hacia el otro lado de la luz con el ser querido es abrumadora. Contigo he de partir,  anuncia el poeta, como el viajero extenuado. Pero una filosófica serenidad se impone a la angustia. Solo desde la serenidad y la distancia puede avizorarse, por momentos la terrible luz de lo por venir/ que incendia ya los últimos/ árboles de aquel sueño.

Llamados, mensajes, apariciones, briznas del sueño, pueblan apenas el  mundo sublunar, árido y frío, que contempla este contemplador  agónico.

Y en medio de la devastación, el poema sucede. Acto espiritual, el poema asegura la conexión con el sentido, en la oscuridad sin tutelas.

Un pez de oro hay

que a deshoras surca

las aguas sombrías

-y el poema sucede-

Acontecer que solo recuerda al acontecer de lo sagrado en Heidegger: no lo que es, sino aquello que  sucede. Se preocupa  el poeta por la mano que escribe,  consciente de que esa sombra guarda acaso cierta memoria del origen, y  en consecuencia diseña una  poética, que es conciencia de sí y de su propia escritura. Destino del poeta que registra y reconoce  su testimonio en tiempos aciagos.

(…) Fielmente / acompaña la sombra: /Y ahí tienes tu vida./

El invierno se acerca, metáfora de la muerte, y trae consigo la nieve, despegada de toda visualización  descriptiva.  Una meditación profunda sobre el devenir del hombre  dilata la mirada del poeta hacia amplios horizontes.

Qué oscura es la luz

que habita el poema

qué trágico nombre

el  que huye detrás.

Alejandro Drewes es un poeta cósmico. Nunca olvida su pertenencia al Universo, su continuidad con los árboles, con los astros. Todo fluye en un cosmos  cambiante, aunque los hombres hayan olvidado las palabras iniciales.  Pero el poeta recuerda  que… todo acaba y todo/ empieza por la aurora. Percibimos su tácita fe en un logos preexistente, recorrido por otros, sus hermanos. En tanto caen las  últimas bombas sobre Babilonia, en un mundo que se derrumba. Oscurece. Anochece. Es el tiempo cruel en que le tocó vivir, registrando  cada día la ruina del dorado castillo.  El tiempo huye, irreparable, y la eternidad permanece oculta.  Llora la muerte de algún ser próximo, y llora a la vez por todos los que han muerto, y se relacionan con los vivos. Vive un duelo sereno y permanente,  que anticipa -como diría Rilke-  su muerte propia.

En la segunda parte del libro se acentúa su diálogo con el misterio. Presencias fantasmales acompañan al poeta en su habitada soledad. Empieza a abrirse  a paisajes oníricos, a lugares remotos,  a espejos brumosos y reveladores. La Noche alcanza protagonismo  como imagen de la muerte, que acentúa su negrura mientras el mundo apaga sus pálidos colores.  El poeta se visualiza a sí mismo en medio del caos

como Hamlet con su sombra, y anochece,

es tan tarde y anochece.

Es muy profunda esa captación segunda que  permite al creador verse a sí mismo en el Laberinto, sin Virgilio que lo guíe.  Es el hombre abandonado a sus propias fuerzas, librado a  su condición de dios en exilio, para decirlo con una expresión de Pablo Antonio Cuadra. Es en esta fase de intemperie  absoluta donde  resuena aquella frase bíblica: Caín, ¿dónde está tu hermano Abel?, en un  contexto implícito de luchas fratricidas;   y es también aquí donde se abre cierta posibilidad de plegaria. Debo copiar el poema -sin título- para que se perciba qué oblicua, esforzada  y tardíamente viene a  instalarse esa modalidad que  me permito aventurar como invocación religiosa:

El camino, pues,

sólo lleva al arcano

centro de cenizas

del sueño y al pobre

corazón que arrastra

su roca por los días

de los días; oscuro

sopla el viento fiel

bajo esta misma luna

breve de acero sombrío

-pero cuán arduo me es

tu nombre secreto,

ah, Señora!-

¿Invoca el poeta a la Virgen,  a la Madre Universal,  a la Diosa?   Podría entenderse que el caminante, el que arrastra su roca como  Sísifo  por los días de los días, vuelve su frente  a lo sagrado,  y necesita hacerlo bajo la forma del rostro femenino de Dios.  Sin duda  el principio creador  es irrepresentable, pero los hombres lo intuyen bajo distintas imágenes. El poema siguiente nos trae la imagen  de la tormenta, ligada a la irrupción de lo divino en el mundo.

se desploma la tormenta

como el puño de Dios

en pleno rostro del mundo

La poesía profética de Alejandro Drewes deja hablar al Verbo en estos últimos poemas, plenos, iluminados.

Aquí empieza el grande viaje.

O es que todo termina

(…)

…donde todo

lo que es ha sido

y sólo asciende

apenas el humo

de otro incendio

en los vastos

archivos celestes

La lluvia que es, como la luna, una  imagen unitiva del poemario, vuelve como un posible anuncio de la venida de los dioses.  El poeta ve el sueño de un mundo que se esfuma/ como ayer Atenas o BizancioY habla con un tú de su intimidad para compartir las preguntas últimas.

Dime porqué todo esto

el exilio perpetuo

las estrellas en fuga…

Lágrimas de sangre acompañan las escenas finales de la tragedia humana.

Que acaso fueran… las de Cristo/  buscando refugio/ ante las bombas/ entre las ruinas/ de Sarajevo, nos dice Alejandro. El tiempo presente, despiadado, en que se vuelve a crucificar a los cristianos, es el marco lacerante de estos poemas testimoniales.

Hallan aquí lugar sus “Ejercicios de tinieblas”, versículos numerados que bien podemos tomar como  un colofón sobre el poeta y el poema.  Alguno ha de merecer el poema (…) …verso que de vez en vez ilumina el alto sol de la noche. Y nos estremece sentir que en estos poemas finales clama el poeta por su patria,  por  las estrellas de su patria hoy oscurecida. Ha terminado el recorrido del poeta, su experiencia de duelo y soledad, tan intensa que  nos ha inducido a mirar  el mundo familiar como extraño, y el mundo  del otro lado como próximo:

y las almas perdidas

como excéntricos astros

al círculo de la vida.

Sub luna mutant, tal reza la última línea de una  poesía  aparentemente impasible,  distendida entre la Tierra   y  el Cielo.  La mirada abarca a toda esta  especie intermedia, sublunar,  expectante al final de un camino  ya cumplido. Se trata de un final abierto, como lo está  la Historia misma.

Por algo decíamos al comienzo de estas desmañadas palabras  que la voz de Alejandro Drewes era singular  dentro de un  coro en que predominan las  voces epigonales.  Lo es por  venir de un contacto profundo con el Ser,  en una aventura de riesgo que ha sabido eludir la desmesura y la autodestrucción. Esa denodada vigilia por páramos oscuros abrió  su corazón a la Luz y le ha permitido compartir con nosotros un mensaje viviente.

Graciela Maturo

Graciela Maturo

Graciela Maturo

12 abril 2015 Posted by | ALEJANDRO DREWES, GRACIELA MATURO | , | Deja un comentario