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LA LITERATURA FANTÁSTICA, por Juan-Jacobo Bajarlía (1914-2005)

Del libro “Historias de monstruos”, de Juan-Jacobo Bajarlía

Juan-Jacobo Bajarlia

Juan-Jacobo Bajarlia

En lo fantástico se presenta el mismo elemento que en lo policial. Existe el mal y existe el bien. Y con ellos el arquetipo odiseico que destruye y es destruido. Pero la dimensión es distinta. El absurdo tiene un sentido de lo maravilloso que en lo policíaco no se comprueba o que sólo queda oculto en la serie infinita de realidades. Está sostenido más directamente por el símbolo, encarnación que cubre lo infinito, según afirmaba Carlyle (Sartor resartur, III, 3). Es una acción apofántica que oculta otra cuyo significado puede verificarse (Corpus hermeticum, 1471, lib. I). Y en este caso no interesa el quebrantamiento o no de la ley causal (es decir, la transgresión de la ley natural). El hecho fantástico, a través del símbolo, se da en el mismo sentido.

El crimen, por tanto, es un hecho absurdo cometido contra la regularidad del mundo causal. Lo fantástico también es un absurdo, pero proyectado contra la irregularidad de las leyes físicas. Esto no excluye la regla anterior. En lo policíaco y lo fantástico hay una relación de contacto a través de la absurdidad. Si buscara una evidencia, podría reforzar el pensamiento de Alain Robbe-Grillet en Les gommes (1956).

Los relatos fantásticos más antiguos fueron egipcios y se escribieron entre el siglo XIII y el XIV a. de J.C. Los reunió Máspero en Les contes populaires de TEgipte ancienne (París, 1889). En uno de ellos, el Satni, su protagonista lucha contra los magos y las momias a las que el Espíritu Maligno ha dotado de habla. En otro, la princesa Baktán, poseída también por el Maligno, anticipa la introyección del Dibouk por la Cábala.

Algunas fábulas del Pantschatantra (s. ni para ciertos autores) no dejan de ser fantásticas, como aquéllas de la niña convertida en rata. También debemos considerar como fantásticas Las metamorfosis, de Ovidio, y otras piezas anónimas del mismo siglo (el I a. de J.C). Recordemos una sola de quien debió enfrentar la permanente iracundia de Augusto: la que se refiere a Pigmalión. Cuando éste de las impúdicas Propétidas, juró permanecer célibe. Pero enamorado de una estatua que había esculpido, pidió a los dioses le dieran vida. Venus, compadecida, promovió el milagro un día en que Pigmalión, después de acariciar y besar a su mujer de mármol, quiso yacer con ella. La estatua comenzó a ruborizarse. El fuego llegó a lo más profundo de su frialdad. Se hizo carne. Y de ese extraño connubio, Pigmalión tuvo dos hijos: Pafos y Ciniras. Ciniras, a su vez, tuvo una hija, Mirra, que se enamoró del propio padre, en cuyo lecho se tendió una noche, ayudada por su nodriza. Cuenta Ovidio que el incesto se repitió muchas veces con la complicidad de las tinieblas. Pero al fin descubierta por el padre una noche en que hábilmente encendió las luces, huyó desolada y culpable hasta cubrirse de corteza y raíces. En unos segundos –escribe el poeta– quedó transformada en árbol hasta el vientre. Su sangre se hizo savia. Sus brazos se convirtieron en ramas. Sus cabellos en hojas. De su vientre, antes de que se operara la metamorfosis total, advino el hijo del incesto que recogieron las Náyades (lib. 10, III).

Luciano de Samosata en nuestra era (s. n), acaso el primer filósofo de la historia, fue también contra su propia concepción, un inventor de argumentos fantásticos, como lo prueba su extraño Philopseudes. También es fantástico el viaje metafísico del Hay Benyocdan (s. II), en el cual, Hay, el protagonista, amamantado y criado por una gacela, desciende a las profundidades del alma a través del movimiento circular. (No debemos confundir esta obra con el Hay ben Yagzan, de Avicena, de distinta doctrina).

Otra fuente de lo fantástico es el libro de Las mil y una noches (Abil Leylah voa Leyhh), cuya redacción definitiva ha sido fijada entre 1475 y 1525. Sus cuentos no son totalmente arábigos. Los temas fantásticos son indios. Esto lo previo Augusto Guillermo Schlegel en carta del 20 de enero de 1833 a Silvestre de Sacy, cuando se refirió a las 32 historias de las estatuas mágicas y a los cuentos del papagallo (Cutasaptati o Libro del Papagallo). Advirtió un número de sustituciones, verificables en algunos casos: Salomón por Visvamitra, Corán por Vedas. En uno de sus cuentos, los cuatro representantes de las principales religiones, son convertidos en peces de color. Estos cuatro representantes son las cuatro castas de la India. Para ciertos eruditos, Las mil y una noches es un libro apócrifo. Se trata de un conjunto de cuentos indios, persas y acaso griegos, contenidos en el Hezar Efsamer o Mil cuentos (siglo VII), de cuyo título derivó el de Las mil y una noches. Lo cierto es que nos sigue fascinando. Lo prueba “El juramento del cautivo”, incluido por Borges y Bioy Casares en los Cuentos breves y extraordinarios (1955). No repararon, sin embargo, que donde dice “Salomón, hijo de David”, debió decir Visvamitra, hijo de Qadhí. Los mismos autores volvieron a Las mil y una noches en el Libro del cielo y el infierno (1960). Y Borges, en Historia de la eternidad (1953), estudió sus traducciones y apocricidades.

Historias de monstruos

Historias de monstruos, de Juan-Jacobo Bajarlía

He omitido a Flavio Josefo, su misterioso relato de la fuente de Jericó, cuyas aguas dejaron de influir maléficamente en las mujeres, para convertirse en fecundantes por obra de Elíseo (Guerra de los judíos, lib. IV, cap. VIII, 3). O esa otra historia del Talmud (2, XXI, 13) en cuya balanza de ultratumba pesó mucho más un grano de arena que el cráneo de un justo. O el relato de la mujer de Pites, recordado por Plutarco (Tratado sobre las mujeres, s. I), que ofreció a su esposo manjares de oro para combatir la desmedida ambición de riquezas. O esos seres apofánticos que llevaban implícita la otra imagen –semper tomen in corpore ocultam, Evam–, según escribía Gnosius en su Hermetis Trimegisti (I, 3). O los actos mágicos de los textos proféticos del Chilam Balam (Primera rueda). Recuerdo el de la doncella que se introduce desnuda en las aguas mientras los demás danzan y recitan fórmulas enigmáticas para atraer al ser esquivo). O el robo de hombres de la tribu de Vuv Amag por parte de Balam-Quitzé, Balam-Acab, Iquí-Balam y Mahucutah cuyas huellas eran de tigre (Popol-Vuh, TV, cap. II).

Si a estas referencias agregáramos los mitos nacionales o transmitidos, pondría en lugar inalienable el mito argentino del kakuy, cuya primera versión –me refiero a la escrita– la realizó Rafael Obligado en los octosílabos de El cacuí, escritos en 1894. De éste, con igual sentido que el de una fábula para niños, ad usum Delfini, lo tomó Ricardo Rojas en El país de la selva (1907). Prescindiendo de esta fábula que aún se repite, convendría decir que el incesto convierte a la hermana en pájaro, porque el hermano ha violado la ley del padre. Es una tragedia de instancia teriomórfica y totémica que ya estaba implícita en las apreciaciones teóricas de Frazer (Totemísm and Exogamy, I). Creo, indudablemente, que en una historia de lo fantástico, no podríamos apelar a los mitos. La mitología es una estructura anónima elaborada en el tiempo. Lo fantástico, en cambio, es el mito inventado individualmente. Tiene un autor conocido.

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9 mayo 2015 - Posted by | JUAN-JACOBO BAJARLÍA |

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