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Leopoldo Marechal y el destino de la Argentina, por Graciela Maturo

Leopoldo Marechal

Leopoldo Marechal

Sería justo incluir a Leopoldo Marechal en los ciclos de pensadores nacionales. Todo gran poeta es un pensador, y especialmente lo es Marechal, cuya obra poética, narrativa y teatral, así como sus ensayos y conferencias, tienen una notable coherencia filosófica y simbólica.

Los grandes temas de Leopoldo Marechal, sólidamente imbricados en su obra, son tres: a) la salvación del alma, como cuestión personal y doctrinaria; b) la redención de la patria, y c) en orden intercambiable, la justificación de la poesía. Sería injusto hablar de tres áreas separadas, pues se trata de una preocupación unificante que abarca el yo y la comunidad, dentro de una tensión filosófica y didáctica.

Marechal es un poeta, un filósofo, un teólogo, un alquimista o sea un maestro espiritual. Descubrió muy joven las fuentes griegas de la cultura occidental y a partir de allí una gran tradición que pasa por los Padres de la Iglesia y alcanza las letras modernas. Para él no cabe duda de que el conocimiento superior es místico: un conocimiento por participación en el ser, que justifica aquella frase de Parménides afirmando la unidad de conocer y ser. Dotado de un temperamento poético y filosófico, Marechal fue un autodidacta como muchos de nuestros creadores ( Sarmiento, Lugones, Arlt) . Leyó en español y en francés, la lengua de su padre, las obras homéricas y la literatura modernista de fines del siglo Diecinueve y principios del Veinte. Darío y Lugones -luego relegados aunque nunca totalmente- lo condujeron hacia los parnasianos y simbolistas franceses, pero al mismo tiempo era un asiduo lector de la Biblia y de Dante, redescubrió a Berceo, y a los treinta años –mientras sus camaradas de generación se dedicaban al trabajo de la metáfora vanguardista- se dedicó a leer a San Isidoro de Sevilla, San Bernardo, San Agustín, Raimundo Lulio.

Conoció Marechal la obra de René Guénon, el estudioso del simbolismo tradicional, y se convirtió en un crítico de la modernidad. Pero hay que distinguir algo que no suele señalarse: mientras Guénon se vuelve anti-moderno y se refugia en el Islam, exigiendo mayor dureza al cristianismo, Marechal es hombre ecuménico, un humanista y como tal conciliador; enuncia una teoría de la aceptación e integración de la divergencia y el mal. Al modo de los trágicos griegos y de Dante, concibe al Infierno como pasaje necesario, y considera a los tiempos modernos como un formidable desafío del que la humanidad habrá de salir fortalecida para un Tiempo Nuevo. Para Marechal es importante el descenso. La disolución, la oscuridad y la fragmentación son en su obra la etapa alquímica de la nigredo, que los héroes deben atravesar para alcanzar el Reino.

El autor de Adán Buenosayres ha enunciado una doctrina antropológica de signo religioso, que como he dicho no se limita al plano individual. Elabora el tema de la nación como comunidad de historia y destino, y plantea de una manera obsesiva el tema de la redención nacional.

Adan Buenosayres

Adan Buenosayres

 

Esa preocupación recorre todos sus libros y se hace más explícita en la década del 30, mientras surgían entre nosotros varias obras dedicadas al tema: Historia de una pasión argentina de Mallea, El hombre que está solo y espera, de Scalabrini, Radiografía de la Pampa de Martínez Estrada.

El clima mundial de la primera posguerra había sido propicio para incentivar en Europa el fortalecimiento de las identidades de los pueblos. Justo es reconocer que esa atmósfera, precursora del fascismo y el nacional-socialismo, se diferencia profundamente de lo que podríamos llamar el nacionalismo americano del mexicano Samuel Ramos, el peruano Mariátegui o el venezolano Gallegos. Marechal no profesa el nacionalismo agresivo de los europeos ni totalmente el americanismo telúrico de los ensayistas y novelistas americanos.

El clima argentino de aquella época era fecundado por las conferencias de Ortega y Gasset, la visita del Conde de Keyserling y el creciente influjo de la fenomenología cultural, que se proyectó en las obras de Carlos Astrada, Saúl Taborda y Alberto Rougés. Pero la preocupación nacional de Marechal tiene fuentes espirituales y religiosas. Se inspira en la noción bíblica de pueblo de Dios, concibe al hombre como un ser personal y comunitario, integrante de un pueblo histórico con un destino común.

Los próceres nacionales tuvieron esa preocupación, incentivada por las luchas emancipatorias y los disturbios internos. Algunos de ellos pertenecieron a logias masónicas, o bebieron la doctrina nacional en los filósofos románticos; se había producido cierta división entre las élites dirigentes europeizadas bajo el modelo inglés, francés o norteamericano, y el habitante nativo, heredero de la tradición criolla. Todos sabemos que ese quiasmo se expresa en dos obras fundamentales del siglo XIX: Facundo o Civilización y barbarie (1945) y El gaucho Martín Fierro, con La Vuelta… (1872-1879) . Estaba planteada en términos históricos, políticos y antropológicos la polémica sobre la identidad argentina, nunca del todo resuelta.

Marechal interviene en esta polémica pero sólo de una manera tangencial, a través de su postura política que – más allá de su simpatía juvenil por el anarquismo – fue radical, luego nacionalista y finalmente peronista, con rasgos de coherencia y continuidad histórica. Pero la característica dominante de su pensamiento es planear por encima de todo partidismo, pensar a la nación como conjunto y al hombre como un militante de la tierra y el cielo. En Marechal la opción política es la resultante de su ahondamiento en la identidad personal y comunitaria.

Ha sido una característica del argentino la introspección, y la constante preocupación por definir su identidad. Marechal proyecta esos ejes hacia el nivel espiritual sin despegarlo de la introspección y la política. Podemos repasar esa preocupación por la Argentina a lo largo de sus obras. En la poesía, la vemos asomar en los primeros libros, pero más claramente en el tercero, por ejemplo en el Poema de la Patria Niña (Odas para el hombre y la mujer, 1929). Ve a la patria adolescente, frágil, expuesta a todos los peligros, y expresa oscuras premoniciones. Será preciso “calzarla de metales” para afrontar lo abismal de los tiempos.

Cinco poemas australes

Cinco poemas australes

Entre las obras poéticas que le siguen, la más ligada a la identidad nacional es Cinco Poemas Australes. El fondo geográfico y humano de esta obra es la provincia de Buenos Aires, donde el poeta pasó temporadas de su niñez y adolescencia, acompañando en carro por los pueblos a su tío Francisco Mujica, en a venta de lo que se llamaba “frutos del país”. Los hombres de la pampa, arrieros, domadores, peones de campo ligados al trabajo y la esperanza, fueron vistos por Marechal como arquetipos de una Argentina moral, que es la de Lugones en sus Romances de Río Seco, o la de Mallea en su Argentina Invisible. Son ejemplos morales y religiosos que Marechal contrapone a los hombres ciudadanos, preocupados por las cotizaciones de la Bolsa.

El centauro

El centauro

En su poema El Centauro, por el que obtuvo el Premio Nacional en 1940, Marechal termina de dar forma a esa imagen moral del hombre argentino al elevarla al carácter de mito. Renueva el tema del Centauro, tratado por su silenciado maestro Rubén Darío en 1896 (centauro como ser bifronte, ligado al cielo y a la tierra, es decir a preocupaciones espirituales y terrenas) y le agrega una explícita connotación cristiana. Cristo es el nuevo Centauro, el arquero de los tiempos modernos que guía a la comunidad hacia su salvación. Es el modelo que Marechal ofrece, acompañado de la figura de la Virgen (Sonetos a Sophia) que trae al imaginario nacional la figura femenina, ausente en las obras de Sarmiento y Hernández.

La novela es el campo más propicio para la exposición doctrinaria del tema, y también para su discusión dialéctica. En Adán Buenosayres (1948) el tema de la Patria es uno de los ejes innegables, desplegado conjuntamente con el biográfico y el poético-metafísico. El propio autor desliza la palabra argentinopeya, que hemos retomado para explicar la obra. Su personaje Schultze, modulación del pintor y esoterista Xul Solar, es quien guía a Adán en el Infierno-Cacodelphia, que no es sino su propia patria sumida en la corrupción y el olvido del ser. Él mismo se ve situado en el Infierno, y aludido a través de distintos personajes. Schultze, el artista sabio, recuerda que la patria se halla situada bajo el signo de Libra, y abierta a todas las posibilidades. Reaparece aquí un tema ya tratado en la poesía de Marechal y luego retomado en el Poema de Robot: la contraposición del poeta con hombres endurecidos que sólo tienen ambiciones materiales. Esta descarnada radiografía del país le valió a Marechal muchas enemistades.

Antígona Vélez

Antígona Vélez

Por esos años, después de estudiar y traducir del francés una obra de Sófocles – en versión lamentablemente inhallable – estrena en 1950 su primera obra dramática, la tragedia Antígona Vélez, cristianización del tema trágico de la justicia. Antígona, arquetipo femenino de la Argentina (no han faltado interpretaciones que la fusionaran con Eva Perón, y es innegable su continuidad con María-Sophia, a la que luego dará el nombre de Lucía Febrero (Megafón) encarna el amor y la misericordia que desbordan sobre el sentido legalista de la justicia.

Marechal, que había ganado todos los premios municipales y nacionales, y era según revistas españolas de los años 40 el escritor más importante de la Argentina, (Lugones había muerto, Borges iniciaba el tramo más importante de su obra) fue reducido al ostracismo interno después de 1955. Pasó a ser el poeta depuesto. Fueron años de concentración y cosechas interiores, como él mismo decía. Desde esa fecha hasta su muerte ( 26 de junio de 1970) produjo otras dos novelas, varios textos poéticos y teóricos -la segunda y definitiva versión de su Descenso y ascenso del alma por la Belleza (1965) – y una valiosa labor teatral, que completa el ciclo iniciado en 1950 con Antígona Vélez. Esas obras de madurez, con un denso mensaje filosófico y poético para las generaciones venideras, convierten a Marechal en un clásico argentino.

El banquete de Severo Arcángelo

El banquete de Severo Arcángelo

En 1965 publicó El Banquete de Severo Arcángelo, obra originalísima que bajo la apariencia de una novela de aventuras encierra un llamado a la conversión nacional, por la mortificación y la iluminación que provienen del camino interior bajo el signo del Evangelio. También puede verse en esta obra una justificación del apoyo dado por Marechal al peronismo. No olvidemos que su héroe Lisandro Farías, al narrar su historia a Marechal-personaje, le dice: Quiero contarle porqué seguí al Viejo Cíclope…

Por esos mismos años, continuando con su obra poética, dio a conocer Heptamerón, siete cantos entre los que se encuentra La Patriótica, dedicado a su discípulo José María Castiñeira de Dios. Prolonga Marechal el motivo de la

Heptameron

Heptameron

Patria-niña que espera su bautismo, abordando una vez más el tema de la salvación comunitaria. Sostiene el autor que sólo por la redención personal se hará digna la patria de su destino salvífico, pero no habrá una auténtica redención individual sin un sentido de pertenencia a la comunidad .

Vuelve sobre el tema de la salvación nacional en su Poema de Robot, un alegato frente a la incipiente modernización tecnológica de los años 60, y también en los últimos poemas publicados en revistas: De la Física y De Psiquis (que con Fray Juan Alberto Cortés y Eduardo Azcuy resolvimos reunir en 1978, en edición de Castañeda, bajo el título Poemas de la creación, extraído del texto) donde el tema se alía indisolublemente a la misión del poeta. Es el poeta, inspirado por la Musa, el que echa su puñado de sal en la boca de Robot, nuevo monstruo creado por hombres mecanizados., en este poema de textura dramática. Se asigna al poeta la misión de despertar a sus compatriotas.

De ese tiempo es también su drama Don Juan (que editamos también en Castañeda en 1979, con prólogo del Chango Ponferrada) donde elabora el tema de la redención del caudillo, con una innegable referencia política que algunos percibimos en su momento: Marechal había enviado copias del drama a unos pocos amigos entre los cuales se encontraba Alfonso Sola González. El drama era relacionado obviamente con el retorno del Jefe en el exilio. Otra obra de los años del ostracismo es el “sainete metafísico” La batalla de José Luna, donde expone su concepción de la historia como combate de opuestos que se libra a la vez, al modo homérico, en la tierra y en el cielo.

Megafón o la guerra

Megafón o la guerra

La típica concepción marechaliana de esa doble batalla se despliega ampliamente en la última novela de Marechal, Megafón o la guerra (1970), que publicó Sudamericana un mes después de su muerte. Obra barroca, de una complejidad formal inusitada, es un nuevo llamado a la épica nacional, conducida esta vez por dos héroes: Megafón, remodulación de Severo Arcángelo – y como él cargado de intencionalidad hacia el mismo referente político- y Samuel Tesler, personaje de Adán Buenosayres donde apareció como encarnación novelística del poeta Jacobo Fijman, aquí convertido en simultánea hipóstasis de Fijman y de Marechal. En suma, es la figura del Poeta como redentor de su comunidad, la que es llevada a su plenitud simbólica en esta novela.

En los ensayos y conferencias de Marechal, la visión de la Argentina se completa y expande reflexivamente. Su conferencia sobre la Fundación de Buenos Aires -del año 35, cuando la ciudad conmemoraba el Cuarto Centenario de la fundación del Fuerte por Pedro de Mendoza- recuerda el sentido espiritual de las dos fundaciones. Se apoya en elementos como el nombre “Argentina” , dado por el arcediano Martín del Barco Centenera a la provincia y el río que-de-un-puro-metal-toma-su-nombre. El argentum designa al río Paraná o de la Plata que los españoles exploraron hasta fundar la Asunción, y que luego de la destrucción de la primera Buenos Aires volvieron a recorrer, con los “mancebos de la tierra” para refundarla. En cuanto al nombre dado a la ciudad  -recuerda Marechal- es el de Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Aire. La ciudad del Águila, con el águila del Espíritu Santo estampada en su escudo, se había convertido en esa triste década que fue llamada “década infame”, en la ciudad de la Gallina.

En síntesis: cabe reconocer que toda la obra de Marechal está atravesada por la preocupación nacional. Piensa en el destino de la Argentina como bíblico pueblo de Dios, como comunidad destinada a hallar su rumbo a través del dolor y la lucha por la conversión moral y religiosa. Su pensamiento, actuante y encarnado, es la visión de un poeta-filósofo, un doctrinario que predica incansablemente la redención nacional, y la asienta en forma ineludible en la conversión de la persona. Y asigna al poeta una misión importante en ese rumbo, a través de la palabra.

Graciela Maturo

Graciela Maturo

 Graciela Maturo (Cancillería, UPCN, miércoles 29 de octubre,2014: 15 hs)

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24 mayo 2015 - Posted by | GRACIELA MATURO, LEOPOLDO MARECHAL

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