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ENRIQUE MOLINA: UNA AVENTURA DE AMOR Y LIBERTAD, por Ricardo Rubio

Fue un abogado arrepentido, un pintor extravagante y sensual, un poeta apasionado, inquieto y errabundo, que no aceptaba reglas de ninguna clase y reaccionó ante la pretensión de algunos críticos de ubicarlo en la”generación del 40”, junto a los poetas señalados como neorrománticos. Apartado de las influencias de la época (Rilke, Lorca, Neruda), fue uno de los pocos que prefirieron acercarse a los fundadores del Surrealismo y adoptaron algunas de sus fórmulas, sin sentirse discípulos rígidos o acaso imitadores.

Enrique Molina

Estamos hablando de Enrique Molina, que el 2 de noviembre pasado hubiera cumplido noventa años. Poco tiempo antes de su muerte, en una de las raras entrevistas que le hicieron, el poeta que en su primer libro “Las cosas y el delirio” (1941) había demostrado ya una modalidad sin paralelos con la gente de su generación, aclaró algunas claves de sus búsquedas y entusiasmos juveniles, fijando en forma más o menos categórica las líneas desarrolladas en las obras posteriores y sus preferencias, rechazos y muchos “secretos” de una creación considerada entre las más originales de la literatura hispano-americana de los últimos tiempos. (1)

Cuando leemos los distintos poemas escritos durante más de cuatro décadas, nos sumergimos en una realidad sobrenatural, descubriendo a un hombre casi niño, que se sorprende por todo lo que encuentra y goza con las cosas más ínfimas y cotidianas. “Me fascina cualquier manifestación de la vida: el vuelo de una mosca, el tránsito de los hormigueros, las plantas”-decía Molina en aquella conversación. Una larga lista de elementos que lo sacudían hasta el delirio puede rastrearse en “Pasiones terrestres” (1946), “Amantes antípodas” (1961), “Fuego libre” (1962), “Las bellas furias” (1966) y “Los últimos solees” (1080), entre otras obras. (2)

¿De dónde le llegaban a Enrique Molina estas afinidades con la naturaleza y los elementales fenómenos del universo? Como es lógico, de su infancia en Corrientes, Misiones y Paraná como se ha recordado más de una vez, con su “pasión por la materia, la tierra, el paisaje y el mar… ”Desde pequeño quería ser marino de profesión”-contaba con melancolía.. Olores, sabores, maravillas del mundo en la “búsqueda de comunicación con la divinidad, pero no a través de liturgia”.

La poesía de Molina se nutre de sensaciones y exaltaciones, del sabor de los alimentos y la belleza de los cuerpos. “Tengo una concepción animista que comparto con toda la gente de América” –confesaba. Siendo un poeta sin afinidad con el mundo nerudiano, por la celebración de la comida y los objetos más familiares de sus “Odas elementales”, hay en su lenguaje un desbordamiento de imágenes recogidas de una circulación vital sorprendente, de mayores sugerencias que las del poeta chileno.

Cuando Molina nombra a los alimentos, no quedan circunscriptos a su mera descripción, sino que despierta su “sentido de lo maravilloso”. Deslumbra entonces su propiedad elemental, ligada al cuerpo, y la poesía se abre para transmitir esas sensaciones.

El ámbito mágico del mundo comienza a revelársele desde que ingresa un barco mercante para “hacer de todo”, con la esperanza de vivir en libertad y sentir de mucho más cerca lo que había soñado en su infancia. Recorre deslumbrado los lugares vírgenes de América y Europa, y decide vivir algún tiempo, durante sus travesías, en Chile, Bolivia y Perú. Pasará temporadas en Brasil, México y Guatemala. Su “conducta poética” deja atrás toda relación con la sociedad y las normas establecidas. Una evasión, si se quiere, lúcida y llanamente dispuesta sin lamentar nada. Nada puede perder y la riqueza que lo espera es fabulosa: la “belleza salvaje”, “esos lugares intactos para el sol”, “las cálidas bestias doradas por el trópico”, “las matemáticas del horizonte hasta el infinito” o “los helechos a la deriva en el oleaje de gasa de los sueños”…

“El viaje de Molina es exilio y rebelión simultáneamente” -escribió Guillermo Sucre en un memorable juicio crítico. (3) Digamos que fue quizás una búsqueda fuera del opresivo ordenamiento cultural y social, de la general complacencia y pasividad de los hombres adaptados a un hogar fijo y al “trabajo a sueldo”. El hotel es su sueño y “reúne todas las promesas”; el hogar, en cambio, puede llegar a ser atadura y estancamiento. “Hotel Pájaro”, una Antología de 1941, simboliza su vida de afiebrado encantamiento y un incontenible poder expresivo. “El ala de la gaviota” (1989) y “Hacia una isla desierta” (1992) culminan este intenso trajinar poético, que resulta también un nítido espejo en proceso histórico del siglo.

No puede dudarse de la herencia surrealista de Enrique Molina, aunque más de una vez afirmara que no pertenecía a ninguna “etiqueta”, y no le gustaba que lo clasificaran “como a un insecto”. Los principios de la escuela francesa adquieren en su voz una dimensión carnal, emotiva, cósmica t rebosante de color. La visión del trópico lo acercaba a la “realidad de lo milagroso e insólito”, a “los cuerpos tibios y poderosos, llenos de hechizos”; y reconociendo las raíces del Surrealismo, no se siente “metido en una camisa de fuerza”, como sostenía.

El fuerte signo de aquel movimiento que postulaba el amor, la poesía y la libertad, lo impulsó a publicar la revista “A partir de cero” (noviembre 1952) con Aldo Pellegrini, Carlos Latorre y Julio Llinás. Un homenaje a Paul Eluard se presenta en el Nº 1, con “Voces” inéditas de Antonio Porchia y un extenso manifiesto de Molina que termina con este conmovedor llamado: “Alguna vez llegará el tiempo en que la poesía (recordemos las palabras de André Breton) decrete el fin del dinero y parta el pan del cielo para la Tierra. Cuando todos se unan para crearla, entonces la vida se abrirá salvaje y pura, y el hombre volverá a poseer la verdad en un alma y un cuerpo”. (4)

Fiel a estas consignas (¿utopías?) y al inagotable fervor que lo animaba, siguió viviendo con austeridad su aislamiento del mundo social. Hizo traducciones y artículos para mejorar sus ingresos luego de jubilarse en la Dirección de Bibliotecas Municipales. En los últimos años rememoró “errores, disparates, locuras” de sus deslumbrantes aventuras por América.

“El ámbito de la poesía de Molina no es sólo el de la naturaleza, sino también el de la mujer”, asegura Guillermo Sucre en su notable y esclarecedor estudio crítico. (5) El contacto con el trópico, “el espacio infinito de lo orgánico”, “los vestidos que caen como un seco follaje a los pies de la mujer desnudándose” o “El desgarrador reino del deseo poblado de ángeles vacilantes”, abren un espléndido panorama que deja traslucir toda la fugacidad, la belleza y la sugestión entrañable del acto amoroso. “Arde en las cosas un terror antiguo, un profundo y secreto soplo”, comienza un poema del marino asombrado.

El acto poético pleno, en Molina, no excluye ninguno de esos soplos vitales. Sería un hecho inconcebible desprenderse de la realidad de la materia, como un símbolo superior de la naturaleza, nada opuesto a lo espiritual. Molina intuye que el “cuerpo” (natural o vegetal) es más que lo que nombra, o nombra todas las cosas, las concentra en una medida intemporal, indivisible.

Esta concentración de sentidos, presencias naturales, estremecimientos y formas misteriosas del amor en la tierra, son las huellas de identidad de un poeta inolvidable.

Ricardo Rubio

(1) “La poesía sacraliza lo cotidiano”. Entrevista de Mónica Sifrim (“Clarín Cultura y Nación), 31 de mayo 1990.

(2) Otra de las obras de E.M. que merece conocerse es “Una sombra donde sueña Camila O’Gorman” (Losada, Bs. Aires 1973, y Seix Barral, 1984) Una historia de amor y de muerte con una “dimensión simbólica y poética”.

(3) “La belleza demoníaca del mundo”, juicio crítico por Guillermo Sucre. Poesía Argentina contemporánea, Tomo 1, parte segunda, 1978.

(4) Revista “A partir de cero” Nº1, Noviembre 1952.

(5) Guillermo Sucre (Op.cit)

30 abril 2011 Posted by | ENRIQUE MOLINA, RICARDO RUBIO | , , | Deja un comentario