EPANADIPLOSIS

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“TRAKL”, de VICTORIO VERONESE

Georg Trakl

Georg Trakl

TRAKL

a la memoria de Jorge Smerling

Esta noche ningún color me conmueve y menos me emociona un mueble oculto en una habitación de un bosque donde el sol brilló durante la mañana.
¿Quién te dijo que la podredumbre relumbra en la verde charca y que cierta marea permite la curación de leprosos?
No escucho  música de violín  que surja de las baldosas de mi patio ni de ningún otro patio.
No hay presencia de ratas.
La luz de la luna no torna gris el rostro horrorizado en la pantalla del viejo televisor donde un tal Orson Welles interpreta a un tal Otelo de un tal Shakespeare.
Nadie que despierte después de violentas pesadillas, se inca y reza un Padre Nuestro, menos un Ave María, como pretende un tal Marcos Aguinis.
Hoy no registré a ninguna loca de suelta cabellera de pie junto a mi lecho  y tampoco vislumbré a una monja desnuda y flagelada rezando ante un Cristo martirizado.
Sos vos Georg que escribís estas historias de aparecidos, donde en el sótano de alguna casa deshabitada  un muerto pinta con su blanca mano de cera un silencio sarcástico sobre un muro.
No sé qué hace un ateo como yo siguiéndote entre tantos muertos-vivos, entre tantos sollozos sin lágrimas, donde un mirlo se divierte junto a su primo en un cementerio abandonado.
Sos vos quien me habla de imágenes puras de la muerte y de vitrales con efectos luctuosos y sombríos.
Los amantes de Caissa no dialogan con espectros y yo soy un amante de Caissa.
Acostumbro a dialogar sobre el tablero bicolor de sesenta y cuatro escaques donde conduzco mi ejercito de dieciséis trebejos sin pensar en arrodillarme ante nadie y menos ante un espectro que surge de una tumba o de un altar donde se celebran rituales cuyo objetivo es meternos miedo hasta del plato de sopa  servido por nuestra propia madre.
Decís que agonizar se convierte en un goce, decís que a lo lejos, pequeñas luces surgen de viejas chozas, Maldoror podría afirmar que de pequeñas chozas surgen viejas luces, es como decir: El látigo mueve el brazo del cochero y no el brazo del cochero al látigo.
¿Quién ejecuta al toro, quién lo desangra allí en esa frontera donde los cuervos chapotean en la sangre?  ¿Serán cuervos o apenas visiones de cuervos? ¿Y la sangre será sangre?-
También me decís que a ratos cae una palabra simple en el absoluto silencio del mediodía y que las llamas del fogón son sombras de grotescas sotanas y que bellas mujeres escuchan ese silencio mientras la sangre late en sus sienes. En tanto el vaho animal circula por las alcobas y sus codiciosas miradas se cruzan con las codiciosas miradas de sus hombres.
Afuera, más allá del vano de la puerta, canta un gallo.
Cuando las mujeres están en el campo sembrando, mientras tañen las campanas, también cantan.
Decís que los hombres se vuelven alegres en las jornadas en que hay que pisar uvas pardas y también decís que se abren de par en par las cámaras mortuorias espléndidamente tapizadas por la luz del sol.
Hacer descender y ascender los cubos de agua hasta convertirse en un hechizo y ver como el hechizo se convierte en decadencia y la decadencia en parpados inflamados, mientras la hierba reseca se entrega  al volumen de ásperos pies de una joven hermana, tal vez una niña, sin protestar.
Cuando la niña se detiene ante su imagen en el espejo, siente horror por su  supuesta pureza.
Georg, ¿qué niña o niño no siente horror de su propia virginidad? ¿Qué niña o niño no siente temor por la virginidad ajena?
¿Qué hacia la niña tendida, lánguidamente despierta, deliciosa, sobre esos edredones de arpillera totalmente mugrientos?
No respiraba fatigosamente, jadeaba, y sobre la almohada su boca, más precisamente su risa, era igual a una herida abierta.
En ese anochecer  aparecían y flotaban sangrientos lienzos en busca de mínimas, pequeñas, brevísimas  treguas, donde el amor se desliza hasta lograr restaurar el oro azul, sus tonos pardos, las luces extraviadas que caen fugitivas en los aposentos del mar, en el instante en que enloquecidas cornejas hartas  de sed y  hambre vuelan sobre desolados y tristes paisajes.
Tiempo aquel donde un hospital, una iglesia y un puente se alzaban fantasmales en el amenazador crepúsculo. Todo asumía su rol al escuchar ese gong perdido entre las futuras estrellas que más tarde o más temprano ornarían el cielo. Justamente te diría que no es en el parque donde los hermanos temblorosos se contemplan, es en el cielo.
En el cielo.
Claro que en las alas de la locura siempre está tu Dios, que esconde en siniestras buhardillas las guitarras que se inclinan sobre los acordes de algún reloj de pared empotrado en la pared.
Por qué decís que ojos turbios juegan su penúltima  carta al ritmo de los barcos que oscilan en el mar, en el río y sobre el asfalto de tu ciudad, si todos suponemos que tu ciudad carecía de asfalto.
Cómo puede ser que precisamente allí, donde tambalea la negra silueta de un loco, se vislumbren osamentas a través de muros averiados y reparados y vueltos a averiar.
Fue allí donde decidieron disolver los impolutos sones de las guitarras que patrullaban los aires corrompidos y por decisiones de los ejercen los pecados capitales y  gracias a las pequeñas  ninfas que aspiran a que los  impolutos sones de las guitarras fueran disueltos en hipoclorito de sodio en los alrededores del Jardín de las Delicias, donde Hieronymus Bosch convocó con sombría seriedad  las muertes de ninfas que mamaban  rojos pezones con sus labios marchitos, en tanto lejías alcanforadas  resbalaban sobre los húmedos  bucles de una adolescente solar.
Es cierto que las ratas chillan y silban, silban y  chillan  en un basural, pero no es porque  están enamoradas, están famélicas.
Si un reloj de sol marca  la cinco, si un tenebroso espanto paraliza a los solitarios y los árboles desnudos zumban en los jardines del anochecer, qué muerto no se asomará a la ventana, mientras desde ese atalaya  fija sus  fríos ojos sobre los hombres que están clavando  el féretro en el jardín. Precisamente en el jardín, que no es el Jardín del Bosco.
Si los murciélagos chillan y los amantes se abrazan mientras duermen y hay luces que se extinguen en el viento y algún borracho deserta de una taberna, antes que la noche someta a la poca luz que le resta a la muriente tarde.
Decís que el demente ha muerto.
Decís que a un aposento lo blanquearon con leche de cabra.
Y que en una isla del Sur esperan recibir al dios Sol.
Por eso se suceden grandes preparativos:
Suenan los tambores.
Los hombres practican danzas guerreras y las mujeres mecen sus caderas entre el vino, el fuego y las flores.
Y el mar canta. Y las ninfas abandonaron los dorados bosques.
Mientras entierran al extranjero, una lluvia fulgurante cae sobre el féretro y los curiosos.
Un grupo de pequeñas niñas pobremente vestidas asistían a esa absurda ceremonia, nadie tenía piedad de ellas.
En ciertos aposentos había sombras que consumían drogas y se abrazan entre todas.
El hijo de Pan estaba presente, pero se ocultaba detrás de un disfraz como un simple jornalero.
Decís que en las ventanas del hospital los pacientes buscan el sol.
Cuando cae la tarde  los murciélagos danzan próximos al claustro.
Será porque en el viejo asilo hay una barca que actúa de noche entre los despojos humanos.
En los muros del jardín yacen como en el Borda, fémures,  costillas flotantes, labios leporinos de pacientes recién ingresados que Jacobo Fijman dejo olvidados en la pared del fondo, tuvo que ir Celia a rescatarlos. Pero no pudo.
Después de todo esto cómo no van a salir ángeles con sus alas salpicadas de inmundicias.
Después de todo esto cómo pensas que no va haber una larga hilera de condenados quejándose.
Georg, Georg… ¡No! ¡No! En el Calvario ningún Dios abre sus ojos para mirarnos y menos Él.
Vos  crees que en algún momento los abrió para verte o para ver a Celia o Fisjman o a Smerling o al mismísimo Allen Ginsberg. Dios ejecuta la más cruel de las danzas, su estrategia es dejarnos librados a nuestra suerte, más, por donde andamos nosotros establece zona liberada.
Vos sabes que yo no creo en las versiones oficiales, que sostienen que el fin de tus días se debió a una sobredosis, no. Fuiste empujado a esa decisión porque estabas cansado como Smerling de esperar una señal de Dios.
Todos aquellos que poseen polvo en el alma decidieron por la sobredosis. Yo, repito, por los no milagros, por la ausencia de señales, por la indiferencia de Dios.
En algún lugar de tus confesiones, si es que son confesiones, decís que las sombras de los condenados descienden hacia las aguas quejumbrosas y que un mago blanco juega con sus serpientes. ¿Quién no juega con sus serpientes y quién no desciende hacia las aguas sollozantes?
Siempre el dolor desciende o asciende a la mirada del hombre, y no sólo del hombre también de las bestias y hasta en la mirada de los animales domésticos.
Los enfermos que se arrastran en otoño, son patéticos, y lo son también en primavera, en verano y en el crudo invierno. Porque la universal desdicha atraviesa no sólo la jornada de hoy, la angustia existencial atraviesa todas las jornadas de nuestras vidas, vos lo sabes: Dios no existe, si existiese sería el gran culpable, y no creo que vos, quieras declararlo culpable. Yo tampoco.
Si nuestro destino es mísero, ¿cómo sería el de Dios si existiera?
Qué diría del cuerpo sin vida de la huérfana encontrado por los pastores entre las malezas.
¿Por qué la mujer del anciano danza? ¿Por qué tiene el pelo mugriento? ¿Por qué la frente de los muchachos está excoriada por la lepra?
Porque Dios está en su ataúd y el ataúd es dorado.
Los caracoles se arrastran.
Los ciegos derraman incienso.
Las muchachas se arrojan sobre el cuerpo del Señor.
El pordiosero engulle su sopa.
La embriaguez del vino, el paladar de las nueces, el vértigo asociado a un posadero obeso que envuelto en nubes de tabaco posa sus manos sobre su pesado vientre.
Georg todos estamos en estado de agonía desde nuestro primer berrido.
Los paisajes de nuestra infancia son la prolongación de ese berrido.
Tenés razón: qué pálidas son las madres.
No recuerdo dónde el caballo te miraba fijo. Vaya a saber qué pensaba de vos y de todo aquello que lo rodeaba. ¿Y cuando tenía sed también tomaba del estanque de nuestra infancia? Todo esto sucedió al principio, hace mucho tiempo, cuando gateabas.
Me decís que los frutos pueriles del saúco se inclinan sorprendidos sobre una tumba vacía, ¿será la nuestra?
Puede que Dios esté allí, donde gráciles criadas avanzan en la noche por callejuelas en pos de jóvenes pastores, para reunirse con ellos en sus chozas y elevar su dulce canto al cielo, a modo de gracias. Pero, ¿dónde está Dios cuando los leprosos se miran en las negras aguas o cuando arrojan sus sucios ropajes y se exponen con todas sus miserias ante ellos mismos? No creo que el balsámico viento que les llega de las colinas les alcance.
Cuando el sueño de la hermana es grávido, denso, pesado, el viento acaricia sus cabellos con los glaucos rayos de la Luna y la Luna en su silencio es majestuosa como una piedra majestuosa.

Victorio Veronese

Victorio Veronese

 

24 febrero 2016 Posted by | GEORG TRAKL, VICTORIO VERONESE | , | Deja un comentario