EPANADIPLOSIS

Libros – Notas – Comentarios

Homenaje de Graciela Maturo a Oscar Portela

  A OSCAR PORTELA EN SU MORADA ÚLTIMA
                                 Alza la muerte dulcemente las palmeras
                                                                    radiosas de la vida.
                                                                             Oscar Portela
    Amigo que eres árbol, que eres príncipe,
    alma que ahora vives en la sombra
    de una región  desconocida:
    Qué brazo te rodea
    qué lenguaje te alcanza.
    Míseros de nosotros
    caídos entre húmedos ramajes
    en busca de  tus huellas, los senderos
    de bosque,
    la palabra  sagrada que   nos legaste.
                        Es tanta la oscuridad, la furia, el ruido
                       la astucia cruel de los sagaces
    Solo quisiera llegar a vos desde la música
    rodearte
    con un torzal ardiente y un silencio
    de oro.
    derramar un perfume sobre  tu pecho
    para curar tu herida,
    tu soledad de mártir desterrado.
                        Perdón por tanta vergüenza y deshonor
                        perdón  por la obscenidad del mundo.

    Descansa ahora en la morada de los ángeles

    donde el viento voraz
    ya no sucede.
Graciela Maturo
Graciela Maturo

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El poe­ta Oscar Portela naciera en la ciudad de Loreto, el 13 de mayo de 1950, era conside­rado en vida como una de las más importantes perso­nalidades de la poesía y del pensamiento, tanto argenti­no como latinoamericano, falleció el 25 de enero de 2014.

Oscar Portela

Oscar Portela

Breve noticia de Portela

 

Poesía: “Senderos en el Bosque”, Torres Agüero Editor. “Los Nuevos Asilos”, Botella al Mar, Buenos Aires. “Recepciones Diurnas, Celebraciones Nocturnas”, Crisol, Corrientes. “Auto de Fe”, Municipalidad de Corrientes. “Había unavez”, Botella al Mar, Buenos Aires. “Memorial de Corrientes “, Editorial Tiempo, Corrientes. “Estuario”, Publicado por la Comisión del Cuarto Centenario de Corrientes. “Golpe de Gracia”, Marymar Ediciones, Buenos Aires. “Selección Poética” —Selection Poetics—. (Edición bilingüe). Ediciones del Correo Latino, Buenos Aires. “La Memoria de Láquesis” y “Fresas Salvajes”, Editorial Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), —primera edición—. Dunken, Buenos Aires, —segunda edición—. “El Maldito Asombroso”, declarado de Interés Legislativo y Senatorial. Editorial Tiempo.

Ensayos: “Nietzsche, sonámbulo del día”. Editorial Tiempo. Con el agregado de “Nietzsche Hoy”. Corrientes, abril de 1997. “Luisa Mercedes Levinson o Las potencias del mito”. “Abaddón o El apocalipsis según Sábato”. Opúsculos: “La designificación de América y la imposible saga del redescubrimiento”. “Las nuevas miserias de la filosofía”. “Otralectura de la Berenice de Poe”. “Kafka en Senegal”. “Lospremios: La exclusión y el poder de los incluidos”. “Poéticamente reside el hombre”. Publicaciones en conjunto: “Carnaval del fuego y el agua”, VI Congreso del Carnaval de Cádiz, Fundación Gaditana del Carnaval, Excelentísimo Ayuntamiento de Cádiz. 1992. “Nietzsche Sonámbulo del Día”, Filosofía en Actas, Fundación Origen, Editorial Catálogos, Buenos Aires.

Antologías poéticas: Ediciones Testigo, Plaquette Nro. 13, Buenos Aires, 1975. Antología Feria Regional del Libro, Ediciones Río de los Pájaros (Alvear, Corrientes) 1988. Antología de la Nueva Poesía Argentina, Colección Ambigua Selva, Editores Cuatro S.R.L.) Buenos Aires. Corrientes – Poesía, De La Vega, Fondo Editorial SADE, Seccional Corrientes. Doce Poetas Argentinos Contemporáneos, Ediciones Eleusis, Buenos Aires, 1991. Hora de Poesía nº 18: Tendencias y poetas argentinos actuales, Lentini Editor, (Barcelona – España). Poemas a la madre, Editorial Sudamericana, Buenos Aires. Poemas al padre, Editorial Torres Agüero, Buenos Aires. 70 poetas argentinos, (1970-94), Ediciones Plus Ultra, Buenos Aires, 1994. Antología de la poesía argentina, Editorial Fausto, Buenos Aires, 1979. Cantos Australes, Poesía Argentina, —1940-80—, Monte Ávila Editores Latinoamericana (Caracas, Venezuela), 1995. Antología de la poesía correntina, Editorial EMECE, Buenos Aires. Manual de literatura correntina, Ediciones Noé, Buenos Aires, 1983. Hojas de Sudestada, (La Plata), 1993. Poetas en Botella Mar, Antología 1946—1996, Editorial Botella al Mar. Mirador de Poesía Nro. 5, Editorial Tiempo, Corrientes, mayo de 1997.

Fue Director del Departamento de Letras de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia. Asesor de Cultura de la Dirección Municipal de Cultura. Asesor de Cultura de la Presidencia de la Honorable Cámara de Diputados. Delegado del Fondo Nacional de las Artes en la Provincia de Corrientes. Privados: Presidente “Circulo Literario Correntino” – 1968. Presidente del Cine Club Corrientes – 1969-70. Director Taller Literario de la Revista Literaria “Signos”- 1970. Director Fundador Revista Literaria “Signos” (6 números) 1972-73. Director Fundador del Semanario Acción Federal y del Semanario “La Noticia”. Director Fundador de la Revista Tiempo, 1976- 1979. Director Fundador de la Revista y el Semanario Diagnóstico, 1994-95. Otras actividades: Asesor Cultural del “Jockey Club Corrientes” durante la presidencia del Dr. Fernando Díaz Ulloque. Vocal II de la Sociedad Argentina de Escritores durante la presidencia del Dr. Florencio Escardó. Vocal II de la Sociedad Argentina de Escritores durante la Presidencia del Dr. Gilberto Molina por segundo período. Presidente de la SADE Seccional Corrientes durante 1986. Director de la Colección de Obras Poéticas publicadas por la Municipalidad durante la gestión del Dr. Ricardo Leconte, la cual incluye obras de Carlos Gordiola Niella, David Martínez, Francisco Madariaga (primer recopilación de la obra total de este autor cuya edición prologó).

28 abril 2016 Posted by | GRACIELA MATURO, OSCAR PORTELA | , | Deja un comentario

LA PALABRA REVELATORIA: EL RECORRIDO POÉTICO DE RICARDO RUBIO, reaparece sobre el fin de año (2015)

La palabra revelatoria: El recorrido poético de Ricardo Rubio. Buenos Aires, Ed. SAGITAL, 2015. 100 páginas.

“El poeta Ricardo Rubio, autor teatral, narrador, convocante de grupos y revistas, es además de un generoso amigo, uno de los innegables promotores de nuestra vida cultural. Al presentar su libro El color con que atardece, quise releer algunas de sus obras poéticas, en busca de esos hilos profundos que permiten la comprensión de un itinerario poético. Porque, hay que decirlo, no todos los libros de poesía que llegan a nuestras manos ostentan este carácter de interioridad vivida y expresada que me hace reconocer en Ricardo Rubio los hitos de una aventura espiritual”.

                                                                                                         Graciela Maturo

La palabra revelatoria: El recorrido poético de Ricardo Rubio

La palabra revelatoria: El recorrido poético de Ricardo Rubio

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La rueca      (de “Pueblos repentinos”, Ricardo Rubio, BsAs, Epsilon, 1986)

Hay un reclamo de lógica
perdido en la espalda del viento
un reclamo de espacios y de ciencias
en la infinita sabiduría de las rocas
Como nave cristalina el tiempo reviste
la preciada desnudez de la tierra
y los profanos hijos del ancestro
se pintan de colores
y se visten de espejos nunca vistos

y hay otras tantas formas de huir

Hay un llanto esmeralda
acariciando la tibia mansedad de la montaña
viene el mineral con su verdad a cuestas
Alguien descompuso esas semillas
y creyéndose sabio les dio una cifra
y cifra y letra
formaron extraños parásitos de papel
que no sacian nuestra honda sed
de invitados sin regalo
La claridad brota de viejas filosofías
no escritas aún
los astros nada saben de palomas ni de credos

pero el suelo ha dado flores e insectos
y sin contarnos nos envuelve en silencio
y a él volvemos

hay otras tantas formas de huir

objeto de grandes pensadores
con grandes cerebros y fortunas
y profetas, magos, monjes e ingenieros
Objeto de inútiles pisadas,
de invasiones, de colonización
de intrépidos periplos
alrededor de qué o de quién
de formas y dibujos, de forzados cambios
y de lluvias atómicas
que nada saben de núcleo ni de átomo
Por eso el suelo aguantando
no es sed y es amparo
y sin embargo el gemido asoma en el desierto
y el grito en el volcán.

¿Quién me dará una almeja y un balde de arena?
¿Quién me enseñará a no saber nada?
Y otras tantas formas de huir.

29 diciembre 2015 Posted by | GRACIELA MATURO, RICARDO RUBIO | , | 2 comentarios

ACERCA DE LOS PRÓLOGOS

Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

Prologar, comentar, hacer la crítica de una obra de amigos o de un poeta o narrador lejano en tiempo y espacio no me resulta sencillo hasta encontrar las primeras palabras que sean fieles a lo que siento frente a los textos. De cualquiera de ellos, me interesan, por sobre todo, el concepto y el hilo emocional que lo provoca y justifica, luego me tomo la atribución de creer en lo que percibo y paso al intento de objetividad. Una vez dado ese paso, unas primeras palabras, y de atisbar la intención creativa de la obra, el trámite se facilita. Es entonces cuando rebusco entre las estéticas, estilos, concordancias —me gusta nombrarlas—, sea por forma o semántica. Y siempre las hay.

Creo que no tengo modos —al menos conscientemente— de encarar un comentario, pero debo reconocer que no me provoca lo mismo analizar textos de Reinaldo Arenas o Romilio Ribero que la obra de un amigo, para la cual, infiero, tengo una “colocación” distinta por cercanía o amistad y por ende un discurso diferente, que creo más cálido y
menos preceptivo.

Graciela Maturo

Graciela Maturo

Me agradan mucho los prólogos, pero mucho más los análisis preliminares; extraño aquellas ediciones económicas de Kapelusz. Me divierten los esfuerzos que se hacen para ensalzar la obra que procede o precede al comentario y que muchas veces, son superiores a la obra en sí; también me divierten las observaciones equívocas de algún
prologuista o analista. Para el caso cito el extenso análisis que hizo Rama Prasad del texto anónimo
“Zivagama” (editado para el mundo hispanohablante como “Las fuerzas sutiles de la naturaleza”), en donde se desatina en unvano esfuerzo por traducir una idea oriental milenaria al mundo occidental actual.
No considero los prólogos como subgénero, me parecen simples alusiones sobre la verdadera obra artística, creo que un prólogo es a un libro como un sombrero a la cabeza cuando es de noche y no llueve (dejo abierta la posibilidad al frío). Claro que a todos nos gusta elegir un nombre que nos tenga para bien, que nos ayude a ser consentidos a la
hora de la lectura de nuestra obra. Yo he recurrido a ese embeleco varias veces y no lo menosprecio. Desde
hace unos años, hago mis propios preliminares.
Antonio Aliberti

Antonio Aliberti (1938-2000)

Son muchos los prólogos que me han impactado y enseñado, pero los de Borges, sin duda, resultan insuperables por síntesis y profundidad, y siento la rara felicidad de su relectura; sus torsiones sintácticas, con muy pocas y precisas palabras, lo dicen todo de un modo inesperado, tal como lo hizo en sus conferencias de Siete noches, que son prólogos

para libros que no existen. Quizás en el caso de Borges pueda hablarse de subgénero
literario, acaso del mismo orden que los ensayos de Maeterlinck.
Un prólogo que me sorprendió particularmente fue el del libro “Antes que anochezca”, de Reinaldo Arenas, escrito por Mario Vargas Llosa —escritor con el que nada comparto—. No puedo negar que la presentación que hace de la crónica de Arenas  es de excelencia, aun considerando que esta obra de Arenas fue tomada, en ese caso, como baluarte anticastrista; pero siento que debo ser fiel al asunto literario, valorando lo digno de autores non sanctos en el terreno humanitario.
Entre los nuestros, y desde el punto de vista analítico de fondo y forma, no puedo soslayar a Anderson Imbert ni a Manuel Gálvez, tampoco a Graciela Maturo, que “ve” las obras filosóficamente, ni a Antonio Aliberti, que hizo tantos, y “veía” las entrelíneas como si estuvieran escritas.
No me gustan los prologuistas que simplemente tienen facilidad de palabra (más vanidad que carne, y son muchos nombres resonantes que no citaré aquí), que suben las ramas de un árbol ilusorio; quienes, subliminalmente, nos dicen “miren lo que soy capaz de pensar y decir”; tampoco me agradan los academicistas que dividen palabras (de-canta, re-clama, re-viste, etcétera) y establecen paralelismos incomprensibles con asuntos de la mítica profunda o que encuentran torres de cristal donde sólo hay un amor frustrado (siempre hay un amor frustrado, y mencionar en algunos casos una torre de cristal es como decir que es mejor pasarla bien que pasarla mal).
Creo que cuando aparece una verdadera cosmogonía, recién entonces se puede hablar de una torre de cristal.
Ricardo Rubio

Ricardo Rubio

19 septiembre 2015 Posted by | ANTONIO ALIBERTI, ENRIQUE ANDERSON IMBERT, GRACIELA MATURO, JORGE LUIS BORGES, MANUEL GALVEZ, MARIO VARGAS LLOSA, MAURICE MAETERLINCK, RAMA PRASAD, REINALDO ARENAS, RICARDO RUBIO, ZIVAGAMA | , , , , , , , , , | Deja un comentario

GRACIELA MATURO: SUS RESPUESTAS Y POEMAS, entrevista en tramos-e por Rolando Revagliatti

Graciela Maturo
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Graciela Maturo nació el 15 de agosto de 1928 en Santa Fe de la Vera Cruz, capital de la provincia de Santa Fe, la Argentina. Es Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad Nacional de Cuyo y Doctora en Letras por la Universidad del Salvador. Fue Investigadora Principal del Consejo Nacional de Investigaciones (CONICET) entre 1989 y 2003, y durante varios períodos allí, miembro de la Comisión Evaluadora de Filología, Lingüística y Literatura. Fundó en 1970 el Centro de Estudios Latinoamericanos, en 1989 el Centro de Estudios Iberoamericanos de la Universidad Católica Argentina y en 2009 el Centro de Estudios Poéticos “Alétheia”. Fue directora de la Biblioteca Nacional de Maestros (1990-1993) y pertenece a distintas instituciones: Asociación Argentina de Fenomenología y Hermenéutica, Centro de Estudios “Eugenio Pucciarelli”, Centro de Estudios Hispanoamericanos de Santa Fe, Asociación Argentina de Estética, Asociación de Poetas Argentinos, etc., y también a la Cátedra Vaticana, constituida en el marco de la Universidad Católica Argentina, quien la ha designado Profesora Consulta. Es cofundadora y vicepresidente de la Comisión Argentina del Instituto de Estudios Coloniales del Cono Sur. Ha actuado como Jurado en concursos universitarios, y de concursos literarios nacionales, provinciales y municipales, así como del Premio Internacional “Rómulo Gallegos” en 2009. De entre las numerosas distinciones recibidas, destacamos el Premio Ensayo Provincia de Santa Fe (1967); Premio “Discepolín” (1983); Premio “Esteban Echeverría” (1995); Premio al Mérito de la Universidad de Zulia (2008); Premio de Honor de la SADE (2008). Fue incluida en antologías nacionales y latinoamericanas y poemas suyos han sido traducidos al francés, gallego, griego e italiano. Algunos de sus libros en

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Casa de Sábato con José Barisone, 1984

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el género ensayo son “Claves simbólicas de García Márquez” (1972; segunda edición ampliada en 1977); “Introducción a la crítica hermenéutica” (1983); “La mirada del poeta. Ensayos sobre el conocimiento y el lenguaje poético” (1996; segunda edición ampliada en 2008); “Marechal: el camino de la belleza” (1999; Premio Fondo Nacional de las Artes); “La opción por América. Ensayos sobre la identidad cultural de América Latina” (2009); “Cortázar: razón y revelación” (2014); “La poesía. Un pensamiento auroral” (2014). Publicó los poemarios “Un viento hecho de pájaros” (1960; Premio “Laurel” 1958); “El rostro” (1961; segunda edición en 2007; Premio Municipal Mendoza 1960); “El mar que en mí resuena” (1965; segunda edición en 2003; Premio de la Sociedad Argentina de Escritores); “Habita entre nosotros” (1968; Premio Bienal de Literatura 1965-1966); “Canto de Eurídice” (1982; Mención de Honor de la Organización de los Estados Americanos 1967);

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Con Fermín Chávez (1998)

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“El mar se llama ahora con tu nombre” (1993); “Canto de Orfeo y Eurídice” (1996; Premio “Leoncio Gianello” de la Asociación Santafesina de Escritores 1997); “Memoria del trasmundo” (1996; segunda edición en 2000); “Cantata del Agua – Habita entre nosotros” (2001). Además, en 2008, con prólogo de Enrique Corti, el Fondo Nacional de las Artes editó su “Antología poética”, y en Venezuela, con prólogo de Enrique Arenas Capiello, en 2009 se editó su “Bosque de alondras. Obra poética, 1958-2008”.
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1 – A tus dieciocho años estabas residiendo en la provincia de Mendoza, y antes en la provincia de Entre Ríos, en tu provincia natal y en la actual Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Cuatro zonas. ¿Evocarías para nosotros a la que fuiste hasta entonces?
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GM – No sé a quien puede interesar mi vida personal, pero te digo que pasé mi infancia, hasta los 13 años, en Buenos Aires (ciudad que es donde más he vivido, porque a los 40 de mi edad volví a vivir en ella, hasta el presente). Pese a mi nacimiento en Santa Fe, fue la muerte de mi madre el motivo de ese cambio de escenario para los años de la infancia. Mi padre siguió en Santa Fe, como profesor de la Facultad de Ingeniería Química, pero mi hermana y yo nos criamos en Buenos Aires, primero en Parque Chas, después en el barrio de Versalles, del que recuerdo los bellos jardines y el aroma de los tilos.
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Con Gabriel García Márquez en Cartagena (marzo, 2007).

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Yo era una niña precoz, entré a la escuela con cinco años, y después me hicieron saltear el tercero, porque estaba adelantada. Inicié el secundario en el Liceo 2, junto al parque Lezica; tuve excelentes profesores, algunos me llevaron hacia las Letras. Terminé el secundario en Santa Fe, donde pasé la adolescencia compartida con el Instituto del Profesorado de Paraná, en el que cursé dos años. A los 16 conocí al entrerriano Alfonso Sola González, que me llevaba 11 años y ya vivía por entonces en Buenos Aires. Cuando cumplí los 18 nos casamos y nos fuimos a Mendoza. Si con mi padre descubrí la ciencia, la música y la política, con Alfonso descubrí la poesía.

1967
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2 – Con Sola González (1917-1975), entonces, la poesía. Y porque la he leído, fragmentariamente, en medios electrónicos, sé que tenés una hija que, además de arquitecta, es también poeta (y novelista): María del Rosario Sola. ¿Nos proporcionarías una impresión sobre las poéticas de cada uno de ellos? ¿Tenés, Graciela, otros hijos escritores o vinculados con algún quehacer artístico?
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Con Inés Santa Cruz, New York (1994).

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GM – En la Universidad de Cuyo hice mi carrera de Letras. Mi marido dictaba las cátedras de Literatura Argentina. Conocí a Leopoldo Marechal, que era su amigo y maestro. Lo invitábamos muy seguido a Mendoza, y lo visitábamos al venir a Buenos Aires, como también a Ricardo Molinari, Carlos Mastronardi, Oliverio Girondo, Olga Orozco. Sola González era un poeta “del 40” y su poética era clásica y elegíaca, al menos en sus cinco primeros libros. Ahora la Biblioteca Nacional ha publicado su “Obra poética”, con el agregado de poemas inéditos, y se ve aflorar en ellos nuevas modalidades, más coloquiales, incluso satíricas y humorísticas. Sin embargo su poética sigue, de fondo, ligada al humanismo místico que caracterizó a aquella generación.
Entre mis hijos, que son seis (ya que lo has preguntado), ha habido al menos tres que han escrito poesía. María Fernanda, que escribía poemas en su adolescencia; Cristóbal Sola, que tomó la vía de una narrativa poética (“En la otra orilla”, Ediciones Último Reino, 2004 y “En las viñas”, Ediciones Culturales de Mendoza, en prensa) y Rosario Sola, que ha publicado un libro de poesía (“El humo de los músicos”, Ediciones Ríos al Mar, Paraná, Entre Ríos, 2000), una plaqueta de poesía (“Música de invierno”, 1982) y una novela (“La luz de la siesta”, Ediciones El Robledal, Salta, 1999).
Creo que Rosario recibió la influencia de su padre, pero su poesía tiene su sello propio. La caracteriza la sed metafísica, y una gran riqueza imaginaria. Ella ha formado parte del Grupo Último Reino, conducido a partir de 1979 por Víctor Redondo. Mario Morales fue el maestro del grupo, que se proclamó neo-romántico.
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Con Juan Carlos Licastro, Ezequiel Koremblit y una  amiga.

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3 – Es apenas de refilón que supe que declaraste que alentabas la creación de cátedras de Poética. ¿Cómo las propondrías, cómo deberían plantearse y desarrollarse?
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GM – A partir de 1968 inicié una nueva etapa de mi vida en Buenos Aires. Al poco tiempo me incorporé a la Universidad de Buenos Aires, a la Universidad del Salvador y más tarde a la Universidad Católica Argentina, y fundé un Centro de Estudios Latinoamericanos, que conduje durante casi veinte años con Eduardo Azcuy. Desde todos esos lugares he estado muchos años elaborando una teoría poética que necesariamente me exigió revisar y discutir varios tramos de la teorización y la crítica literaria. Advertí que la mía era una tarea muy pesada como para elaborarla individualmente, y llamé a otros poetas y profesores, a filósofos, antropólogos, etc., para conformar una corriente adversa al positivismo y al nominalismo. Nos hemos apoyado en vertientes de la Filosofía moderna como lo son la Fenomenología y la Hermenéutica.
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Con Mario Vargas Llosa (Cali,1974).

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Había que empezar por el cuestionamiento de nociones que se impusieron en los estudios literarios —y que lamentablemente siguen instaladas—, como por ejemplo la teoría del signo lingüístico, la teoría de los signos o semiología, que de ella deriva, etc. Pienso que un poeta no puede aceptar la definición de la palabra como aproximación arbitraria y convencional de un significado y un significante. En fin, sería pesado insertar aquí esa discusión, solo te digo que la corriente humanista que encabecé, pretendió no solamente modificar los estudios literarios sino el campo de las ciencias del hombre y de la cultura. Algo fuimos avanzando a lo largo del tiempo; al viajar por varios países de Europa y América pude advertir que fuera de la Argentina hallábamos un mayor interés y respeto por estas cuestiones.
Con Ernesto Sábato (1981).

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Ligado a esto se encuentra —y aquí voy a tu pregunta— que haya propuesto por mi parte cierto desplazamiento desde la Estética a la Poética. La Estética es una disciplina tardía en Occidente; ha sido elaborada, a mi ver, desde la mirada del espectador de la obra de arte. La Poética es anterior, y aunque algunos la consideren como una “ciencia del poema”, tiene su punto de arranque en el acto mismo de la creación. Antes de hablar del poema hay que hablar del poetizar, del sujeto poético, de su horizonte de pensamiento. Porque la Poesía es un modo de pensamiento antes de ser palabra. Un pensamiento que abarca la afectividad, la intuición, el sueño, la imaginación, las experiencias no ordinarias de ciertos niveles de conciencia.
Promover cátedras de Poética en las universidades es llevar la poesía a sus fuentes espirituales y en consecuencia promover un cambio profundo de perspectiva. Por mi parte he llevado esa propuesta a universidades argentinas, colombianas, venezolanas, uruguayas. En la Universidad de Congreso, una universidad privada de Mendoza, con el consenso del Rector pude instalar en el 2013 la Cátedra Marechal, que si bien está destinada al estudio de la obra marechaleana, hace lugar en general a la Poética desde la perspectiva aludida. También en la Universidad de La Plata, dentro de la Cátedra de Cultura Andaluza que dirige el poeta Guillermo Pilía, hemos creado el Aula María Zambrano, a través de la cual planteamos el tema de la Razón Poética, impulsado por la pensadora española.
Podría hablar mucho más sobre el tema pero sería abusivo. También puedo remitir a varios de mis libros (personales y grupales). En otra oportunidad, si te interesa, lo seguiremos profundizando.
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Graciela Maturo (Mendoza, 1963)

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4 – En una ocasión, acaso en 1985, en el taller de escritura de Enrique Medina, tuve ocasión de compartir una reunión con el autor de esa maravillosa novela que es “Zama”: Antonio Di Benedetto (1922-1986). Además de haber estudiado su obra, lo has tratado antes y después de su exilio. Quién mejor que vos para referirse a Di Benedetto como persona y como escritor.
GM – Fui gran amiga de Antonio Di Benedetto; lo conocí a poco de llegar a Mendoza, alrededor del año ‘50, cuando iniciaba su carrera periodística y literaria. Desde sus comienzos se revelaba como un autor exigente, dueño de una mirada y un lenguaje propios. Alfonso (Sola González) lo invitó a la Universidad de Cuyo, y desde entonces fue un amigo de mi casa. En el ‘76 los militares lo pusieron preso; fue víctima de absurdas acusaciones, y en los lugares de detención donde estuvo nunca pude comunicarme con él. Tenía algunas noticias por medio de Juan Jacobo Bajarlía. Cuando logró ser excarcelado le aconsejaron irse del país; se despidió por teléfono, y no quiso que fuera a verlo antes de partir. En sus últimos años produjo obras muy singulares que echan luz sobre su cautiverio.
Volvió en el ‘84, y estaba muy descontento del trato recibido por parte de algunos funcionarios. Nos vimos varias veces; alcancé a invitarlo a mi cátedra de Teoría Literaria en la UBA, y les habló a mis alumnos, pero su voz debilitada no alcanzó a ser grabada. Antes de su regreso me había elegido como prologuista de un volumen de “textos seleccionados por su autor”, de Editorial Celtia. Yo le alcancé mi prólogo, que lo alegró. Murió en el Hospital Italiano, después de un tiempo en estado de coma, poco antes de aparecer el libro en el cual debí consignar su muerte. Antonio Di Benedetto es uno de los grandes escritores argentinos, su obra está a la altura de Juan Rulfo, de los mejores cuentistas y novelistas latinoamericanos.
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1965

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5 – Has dirigido la revista de poesía y poética “Azor” (Mendoza, 1960-1965) y “Megafón” (San Antonio de Padua, provincia de Buenos Aires, 1975-1989), órgano del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Argentina. Más allá de lo que se trasluce de los enunciados, Graciela, ¿qué propuestas conllevaba cada publicación periódica, qué se logró, quiénes fueron difundidos?
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GM – Siempre estuve ligada a la poesía, fundando grupos, colecciones, revistas. En Mendoza, alrededor del año 58, fundé el grupo “Amigos de la Poesía” en el que intentábamos, con Elena Jancarik y Fanny Polimeni, vincular a los poetas mayores de Mendoza, como José Enrique Ramponi, Ricardo Tudela, Nacarato, y otros venidos de afuera: Sola González, Abelardo Vázquez, César Mermet, con las nuevas generaciones. De ese grupo nació la revista “Azor”, que tuvo 5 números, vinculada a otros grupos de Buenos Aires y las provincias. Promovimos cierto movimiento alrededor de la poesía, y creamos la Colección Azor, donde se publicaron algunos libros. Marechal nos entregó para ella, sus “Claves de Adán Buenosayres”, que publicamos a comienzos de 1966, juntamente con los trabajos de Julio Cortázar, a quien por entonces estudiaba, de Adolfo Prieto y el mío sobre esa novela.
La otra revista que dirigí es “Megafón”, que fue el órgano de difusión del Centro de Estudios Latinoamericanos. El Centro tuvo su inicio en 1970, y publicó un volumen grupal dentro de la “Revista de Filosofía Latinoamericana”, en 1975, antes de presentar su propia revista “Megafón”, impulsada por un franciscano que realizó una gran obra, Fray Juan Alberto Cortés. Desde su nombre esa revista estuvo ligada al espíritu marechaliano. No era ya una revista de poesía, aunque la tuvo siempre como uno de sus ejes; pretendía canalizar estudios filosóficos, poéticos y antropológicos dentro de una dirección humanista y americanista. También participábamos en la conducción de la Editorial Castañeda, donde publicamos cuatro obras de Marechal, tres de ellas inéditas. La revista y las ediciones tuvieron mayor difusión en otros países que en la Argentina, que atravesaba los años del Proceso Militar. Ahora han comenzado algunos estudios sobre esas actividades, que si bien concluyeron de modo institucional, prosiguen siempre en otras formas, bajo otros rótulos. No pudiendo con el genio, hace unos años volví a crear un nuevo centro de estudios con otro grupo de poetas: el Centro de Estudios Poéticos Alétheia, que ofrece cursos y conferencias en distintos lugares.
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6 – Saber que estás preparando una edición anotada, crítica de “Rayuela” para la Academia Mexicana de la Lengua, me impulsó a buscar en mi biblioteca, el espectacular volumen homenaje titulado “Cortázar” (Fundación Internacional Argentina, Buenos Aires, 2004), el cual incluye tu ensayo “Julio Cortázar: la creación como goce y aventura”. Has sido amiga de él durante años. ¿Qué es posible que compartas con nosotros hoy, ahora, para nuestros lectores en la Red, de aquel vínculo?
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GM – A Cortázar empecé a leerlo muy joven, a mi llegada a la Universidad Nacional de Cuyo, donde estudié. Habían pasado casi dos años desde su retiro de esas aulas, por razones políticas; yo venía a descubrir los apuntes y la fama del joven profesor de Literatura Francesa, melómano, integrante de un grupo de aficionados al jazz, amigo del helenista Ireneo F. Cruz, con quien hablaban de “mancuspias” y otros delirios. Todo se enlazaba en una trama: Cruz había sido profesor de Griego, en las aulas de Paraná, de Sola González, Diego Pro, Ricardo Pantano y otros discípulos que lo acompañaron después en su gestión como Rector de la UNCU, designado por el presidente Perón. Este es el nudo del apartamiento de Cortázar, y a la vez, de nuestra llegada a Mendoza. Por mi parte, joven alumna de Letras, me puse a leer al disidente Cortázar, que ya publicaba cuentos y había escrito su escolio sobre la “Oda a una urna griega” de John Keats, un trabajo ejemplar de comentario poético que luego expuse en la Universidad de Buenos Aires. Esto habla de mi temprana independencia política, que he tratado de mantener a lo largo de toda mi vida. No se confunda esto con una falta de compromiso político, sino con la convicción de que la creación y la vida intelectual deben ser libres, y no estar al servicio de ningún poder.

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Cortázar es entre nosotros el máximo ejemplo de la Razón poética que perseguí y elaboré en distintas instancias, compartiendo sus mismas fuentes. Mi primer trabajo crítico fue tema de una tesis doctoral no defendida en su momento (me doctoré con otra tesis), pero sí publicada por ECA en 1967: “Proyección del surrealismo en la literatura argentina”. (Ahora se reedita, ampliada, con el título “El surrealismo en la poesía argentina”). Nadie se ocupaba por entonces —los años 59, 60— de este tema. Quiero decir que estaba preparada, por mi conocimiento de Cortázar y del Surrealismo, para comprender una obra como “Rayuela”, novela surrealista, súper-realista, que venía a demoler la novela literaria, y la literatura misma. A partir de ese libro decidí iniciar una investigación sobre toda la obra de Cortázar. Sola González, que no lo trató personalmente, había compartido con él ámbitos de reunión, amigos y revistas, en los años de Buenos Aires; él me dio a conocer la revista “Huella”, dirigida por Castiñeira de Dios, donde se había publicado en 1941 el artículo “Rimbaud”, firmado por Julio Denis. Solo me quedaba escribirle al Consulado argentino en París: así se inició nuestro diálogo, después proseguido en forma personal, del cual quedan sus 36 cartas, publicadas en los tomos de su correspondencia y en mi último libro sobre el autor, “Cortázar: razón y revelación” (2014). Allí las he incluido, superando largos años en que hacerlo me parecía un gesto ególatra.
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1967

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Para mí “Rayuela” sigue teniendo plena vigencia. Discrepo de la opinión difundida de que Cortázar “cultiva el mito burgués del artista”, frase que suena despectiva e incomprensiva de su mundo. A no ser que admitamos positivamente como “mito” la larga consideración del artista (consideración que fue órfica, trovadoresca, renacentista, romántica, simbolista, surrealista) como iluminado y maestro.
Vicente Huidobro ha repetido una frase de Emerson: “El artista es el sabio verdadero”, y por mi parte la suscribo sin caer en excesos. “Rayuela”, por vías oblicuas y humorísticas, apunta a esa zona, que sigue guardando su reserva para oídos poéticos; espero que mi edición sirva al menos para señalar ese rumbo de lectura.
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7 – Del poema “Junio 1968” de Jorge Luis Borges, seleccioné estos tres versos: “(Ordenar bibliotecas es ejercer, / de un modo silencioso y modesto, / el arte de la crítica.)” Primero: ¿qué te suscita la afirmación?… Segundo: ¿cómo ordenás tu biblioteca y qué estarías, a tu modo, ejerciendo?
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GM – Ordenar una biblioteca es algo hermoso; aunque el desorden puede tener su belleza, siempre existe algún grado de orden para que ella exista. No creo que sea solo el arte de la crítica el que propone un cierto orden a una biblioteca: es también el amor, la proximidad con ciertos autores, el reconocimiento de familias espirituales, como puede ser la que forman Emanuel Swedenborg, Poe, Baudelaire, Rimbaud…
Cuando uno trabaja la biblioteca se desarma, se desordena, solo están ordenadas pulcramente las bibliotecas públicas. Fui durante tres años directora de la Biblioteca de Maestros, del Ministerio de Educación. Leopoldo Lugones, hasta su muerte, la había dotado de libros muy valiosos relativos a la época colonial; quise hacer un catálogo comentado, pero no hubo tiempo, cuando me otorgaron el subsidio ya estaba dejando la biblioteca.
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8 – ¿Cómo te parece que han operado en vos las influencias de determinados autores —¿cuáles?— en tu propia poética? ¿Hay que darles paso?
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GM – Por supuesto, hay que darles paso. Más que de influencias yo hablaría de afinidades, como la de Cortázar con Keats, por ejemplo. Yo nunca hablo de un “deber ser” de la poesía, cada autor vive la experiencia poética a su manera, hay quienes tienen como punto de partida la experiencia personal, y otros parten de experiencias de lectura.
Yo me cuento más bien entre los primeros, pero he tenido grandes maestros a los que he releído contantemente. Mi “poética”, si no suena presuntuoso hablar de ella, es bastante clásica, sobre todo en una primera época. Puedo admitir ecos de Garcilaso, Gabriel Bocángel, Luis de León, como también de Enrique Banchs, Mastronardi, los poetas del Cuarenta, Sola González, Olga Orozco. En los últimos años escribí poemas más coloquiales, pero siempre he seguido fiel al ritmo, a cierta musicalidad del verso.
A los poetas hay que leerlos en su idioma; he leído a los románticos franceses, a los simbolistas, los surrealistas. El surrealismo me interesa más como una propuesta filosófica que como modelo de poesía.
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Graciela Maturo con Antonio di Benedetto (Mendoza, 1975)

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9 – ¿Creés que la teología y la metafísica, como pensaba la escuela de Frankfurt, también son literatura fantástica? ¿La mística ha influido en la literatura fantástica?
GM – Estoy muy lejos de lo que piensa la escuela de Frankfurt. Puedo escucharlos cuando hablan de economía o de política, pero a mi ver no han tenido gran afinamiento para apreciar la poesía, y tampoco la mística. Por eso esas disparatadas afirmaciones de que la teología y la mística son literatura fantástica. Solo puede hacer esas afirmaciones un racionalista extremo, o un positivista, para quien la verdad surge de la ciencia empírica (y aun en este caso, se trataría de la ciencia del siglo XIX, porque la ciencia del siglo XX ha superado la contraposición materia/energía y mostrado la legitimidad de un pensamiento de opuestos).
La literatura fantástica moderna nació en tiempos del positivismo. No era exactamente una reproducción del cuento folklórico, que siempre presentó casos maravillosos, milagrosos o simbólicos; obedecía a la mentalidad del escritor moderno, dubitativo entre la demitificación científica y su propia intuición de la realidad. El autor fantástico abogaba secretamente, en el siglo del positivismo, por otra realidad física, psíquica y antropológica, pero su labor queda como un devaneo estético, que produce la fruición del lector sin que se piense en una relación de la obra fantástica con la realidad.
El siglo XX trajo transformaciones muy profundas en el campo de las ciencias y de la filosofía. En el campo de la filosofía, se produjo una revolución significativa con la fenomenología de Edmund Husserl, su descendencia en la Fenomenología Existencial (Heidegger, Sartre) y otras secuelas importantes que han influido en las vanguardias y el surrealismo. Para decirlo de alguna manera simple, se valoriza en la filosofía un saber de experiencia, apartado de las ideologías, y sobreviene desde el campo filosófico una valoración del pensamiento poético, al que María Zambrano llama Razón Poética.

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Leopoldo Marechal con Graciela Maturo (Abril, 1967)

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Estas son las regiones entre las cuales me muevo desde hace muchos años, y he producido varios libros teóricos en esta línea: “La mirada del poeta”, Corregidor, 1996, y 2ª edición ampliada, 1997, por Amargord, Madrid; “Los trabajos de Orfeo”, 2008, Universidad de Cuyo, Mendoza; “La poesía. Un pensamiento auroral”, Alción, 2014, Córdoba.
En cuanto a la mística, habría mucho que hablar; tendríamos que dedicarle otra entrevista. Por ahora te digo que el conocimiento místico está en la base de todas las religiones, pero también del arte y de los descubrimientos científicos.
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10 – Te voy a formular, Graciela, adaptándola, una pregunta que oportunamente Antonio Jiménez Paz le extendiera al poeta David Eloy Rodríguez: ¿Cada libro tuyo de poesía publicado es una aventura independiente o por sus contenidos y estructura formal los considerás relacionados unos con otros, como un todo, una progresión manifiesta de la poeta Graciela Maturo?
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GM – Considero más apropiada a mi poesía la segunda opción. Paralelamente con la vida se desarrolla la poesía, al menos en mi caso. Nunca me he preguntado, para el caso de la poesía, sobre qué voy a escribir, porque la poesía no tiene “temas”. Desenvuelve un no-saber, expresa las inquietudes y preocupaciones del alma en el mundo. Y tampoco cabe preguntarse sobre la estructura formal, porque ella surge espontáneamente, de acuerdo con lo anterior. Por supuesto, no hay que tomar esto al pie de la letra. Comprendo que en algunos casos se pueda elegir el modo de la escritura: componer una elegía, una balada, un haikú, un soneto, demanda un conocimiento de formas dadas, una cultura del verso que no todo poeta tiene. Por mi parte no he escrito sonetos, pero los estimo muchísimo.
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11 – Te constará, probablemente, que hay, digamos, “endebles” poetas o versificadores, que tienen, sin embargo, desde hace décadas, buenas lecturas, que son admiradores de poetas “sólidos”. ¿Qué creés que les sucede?
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GM –Ya te dije, respondiendo a otra pregunta, que para mí la poesía no nace —o no nace solamente— de la lectura. No basta con leer a buenos poetas cuando no existe en alguien una movilización espiritual e intelectual. Por eso digo siempre que la poesía no empieza en la página. Es el vivir del poeta, desde la intensidad de sus percepciones, emociones e ideas, el que genera un cierto “pensamiento” singular, ligado a imágenes, a ritmos, que reclaman ser proferidos o comunicados. Por eso, más que hablar del poema o de sus rasgos propios, prefiero hablar del poetizar, del vivir poético.
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12 – En la contratapa de su libro “Fractal”, Luis Benítez reflexiona: “El cuidado de la unidad de estilo ha sido entendido como aspiración, como logro del autor, como madurez de su obra. Pero sin embargo, cuando llega a su apogeo sólo tiene como futuro el decaer. Ello, porque ya no puede ofrecer el espectáculo de un dinámico desenvolverse, mutarse, metamorfosearse y, en consecuencia, lo que hace es detenerse.” ¿Qué te suscitan estas líneas? ¿Es algo que te has planteado?
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GM – No, nunca me lo he planteado, porque creo profundamente en el estilo como la forma propia y adecuada de ese pensamiento poético del que he hablado. Y lo llamo pensamiento sin confundirlo con el pensamiento racional.
Para mí la causa de la pobreza poética advertible en los últimos tiempos —aunque sean muchos más los que escriben y publican— proviene de que escriben desde una posición muy racionalista, que no permite aperturas o revelaciones. Jorge Enrique Ramponi, de quien fui amiga, hablaba siempre de un “estado de canto”, una cierta alteración de la conciencia habitual que no siempre se daba, pero cuando ella existía promovía la palabra rítmica, la proliferación de las imágenes, la riqueza de la visión poética y en consecuencia del estilo. Preguntarse por el estilo desde la pura racionalidad es quedar fuera de lo poético.
Por supuesto, más allá de la propia voluntad, se dan en cada uno de nosotros ciertos cambios de expresión, acordes con los cambios interiores. Y también, a cierta altura de la vida, podemos reconocer la persistencia de muchos rasgos. Un habla, un “idiolecto” como dicen los filólogos, una cierta manera de mirar, una fidelidad a recuerdos o predilecciones infantiles, etc. En ese reconocimiento nos vamos afianzando, y hallando parentesco con otros escritores, a los que citamos y amamos.
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13 – ¿Algo que pudieras denominar “presentimiento”, te parece que pudo inducirte a concebir una obra?
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GM – Sí, desde luego que sí. Ya habrás visto, desde el comienzo del diálogo, que no me caracterizo por la defensa conceptual de la actividad creadora, sino todo lo contrario. De modo que presentimiento, sueño, visión, experiencias insólitas, todo ello forma para mí un bagaje personal que se relaciona con mi poesía. Más aún, he cultivado un pensamiento teórico —en cátedras, en espacios académicos o de investigación— que reconoce un ida y vuelta desde lo poético a lo filosófico. Esto quiere decir que he aceptado las posibilidades de una Razón Poética expandida en la vida universitaria, desde la poesía. Es la gran discusión pendiente en las aulas, en las Academias. La Poesía, la Filosofía, la Ciencia, ¿deben seguir siendo compartimentos estancos, sin comunicación entre sí, o existen posibilidades de establecer puentes entre ellos, para un conocimiento del siglo XXI, sin pérdida de la especificidad y rigor de cada uno de ellos?
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Graciela Maturo selecciona seis poemas de “El mar que en mí resuena” para acompañar esta entrevista.
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II
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Ardo despacio y puedo
contemplar mi llama.
Mis manos de rara estirpe que entrelazan las flores
y dibujan las cifras.
Mi exacta piel, mis ojos
que recogen la luz para inventar las formas.
Ardo despacio
lumbre de amor de sangre de misterio.
Este es mi valle nocturno.
La jaula de hechizos desde donde creo
que alguien sueña por mí.
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IV
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Los signos me acompañan
mis extraños amigos
fieles a una desconocida arquitectura
a la que estoy uncida desde el hueso.
Me miran rostros, pájaros, ramajes,
altas constelaciones.
Una piedra sellada por la música
es un signo de amor indescifrable.
Siento el pavor de un reino que no me pertenece
pero busco sus huellas.
Señales, talismanes,
estamos anudados por un pacto secreto.
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X
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El ritmo me consuela, me atormenta.
Siento el hondo vaivén de los telares
la gran respiración de los animales del espacio.
Caigo hacia dentro y muero en cada instante.
Me divido y reúno,
vuelvo a erigirme en alguien que responda a mi rostro
a buscarme en palabras
perdida, recobrada,
descendida hasta el centro de vértigo y espanto que
me cava los huesos
crecida hasta los cielos en mi dulce marea.
Uncida a otros silencios, a otras voces,
alzando,
destruyendo.
Sintiendo el fiel latido de la tierra que vive,
del engañoso día que abre y cierra sus puertas.
Cuándo cesa este ritmo que es mi hermoso castigo.
Mis manos trazan signos que borrará la lluvia.
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XI
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Un sol extraño sube
desde el fondo del sueño
Una espuma de sal mezcla sus turbias flores
al polvo de mi frente. Débil, sola,
centella la verde
raíz
naciendo y ya mirada por los ojos
sin pausa de la muerte.
Paso junto a la luz
fantasmal de unos árboles.
Una abeja me zumba en el alma,
hoja vellosa y suave
lengua ardiente.
Soy la ola que rueda desde un nudo brillante
y la semilla, condenada a ser.
Arde la nuez de fuego
espléndida y atroz en su violencia
rodando hacia la arena del mar enamorado.
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XII
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Aguardo en las tinieblas
la voz que ha de llamarme por mi nombre,
la llama que trascienda mis huesos y me arrase.
Entretanto vivir, esta costumbre.
Alzar en cada día las cenizas ardientes
donde se purifican la sangre y el orgullo.
Vienen los verdes brotes y confunden
las aguas inmutables.
Giran las hojas, las constelaciones.
Caída entre las palmas giro también, a ciegas.
Del lado de la luz arden hermosamente
los niños con su cruel inocencia, los objetos
que guardan en su brillo algo de nuestras manos.
Mirada, flores, alas,
talismanes que ruedan
en tanto un dios me habita y permanece
y entreteje mi sombra con su sombra.
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XIII
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Qué amor voraz acecha nuestras barcas
las dulces aguas de la tierra
sus metales pacientes
Las flores cantan su mortal delirio,
arde la hierba suave
y una espiral secreta en mi oído recuerda…
Bajo el hondo rumor de la fábula terrestre
gran ataúd de leños y de flores
quebrado, a la deriva
cantando hacia su muerte.
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Entrevista realizada por Rolando Revagliatti, a través del correo electrónico en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a Graciela Maturo el 5 de julio 2015.

13 julio 2015 Posted by | ANTONIO DI BENEDETTO, ERNESTO SABATO, EZEQUIEL KOREMBLIT, FERMIN CHAVEZ, GABRIEL GARCIA MARQUEZ, GRACIELA MATURO, INES SANTA CRUZ, JOSE BARISONE, JUAN CARLOS LICASTRO, LEOPOLDO MARECHAL, MARIO VARGAS LLOSA, ROLANDO REVAGLIATTI | , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Leopoldo Marechal y el destino de la Argentina, por Graciela Maturo

Leopoldo Marechal

Leopoldo Marechal

Sería justo incluir a Leopoldo Marechal en los ciclos de pensadores nacionales. Todo gran poeta es un pensador, y especialmente lo es Marechal, cuya obra poética, narrativa y teatral, así como sus ensayos y conferencias, tienen una notable coherencia filosófica y simbólica.

Los grandes temas de Leopoldo Marechal, sólidamente imbricados en su obra, son tres: a) la salvación del alma, como cuestión personal y doctrinaria; b) la redención de la patria, y c) en orden intercambiable, la justificación de la poesía. Sería injusto hablar de tres áreas separadas, pues se trata de una preocupación unificante que abarca el yo y la comunidad, dentro de una tensión filosófica y didáctica.

Marechal es un poeta, un filósofo, un teólogo, un alquimista o sea un maestro espiritual. Descubrió muy joven las fuentes griegas de la cultura occidental y a partir de allí una gran tradición que pasa por los Padres de la Iglesia y alcanza las letras modernas. Para él no cabe duda de que el conocimiento superior es místico: un conocimiento por participación en el ser, que justifica aquella frase de Parménides afirmando la unidad de conocer y ser. Dotado de un temperamento poético y filosófico, Marechal fue un autodidacta como muchos de nuestros creadores ( Sarmiento, Lugones, Arlt) . Leyó en español y en francés, la lengua de su padre, las obras homéricas y la literatura modernista de fines del siglo Diecinueve y principios del Veinte. Darío y Lugones -luego relegados aunque nunca totalmente- lo condujeron hacia los parnasianos y simbolistas franceses, pero al mismo tiempo era un asiduo lector de la Biblia y de Dante, redescubrió a Berceo, y a los treinta años –mientras sus camaradas de generación se dedicaban al trabajo de la metáfora vanguardista- se dedicó a leer a San Isidoro de Sevilla, San Bernardo, San Agustín, Raimundo Lulio.

Conoció Marechal la obra de René Guénon, el estudioso del simbolismo tradicional, y se convirtió en un crítico de la modernidad. Pero hay que distinguir algo que no suele señalarse: mientras Guénon se vuelve anti-moderno y se refugia en el Islam, exigiendo mayor dureza al cristianismo, Marechal es hombre ecuménico, un humanista y como tal conciliador; enuncia una teoría de la aceptación e integración de la divergencia y el mal. Al modo de los trágicos griegos y de Dante, concibe al Infierno como pasaje necesario, y considera a los tiempos modernos como un formidable desafío del que la humanidad habrá de salir fortalecida para un Tiempo Nuevo. Para Marechal es importante el descenso. La disolución, la oscuridad y la fragmentación son en su obra la etapa alquímica de la nigredo, que los héroes deben atravesar para alcanzar el Reino.

El autor de Adán Buenosayres ha enunciado una doctrina antropológica de signo religioso, que como he dicho no se limita al plano individual. Elabora el tema de la nación como comunidad de historia y destino, y plantea de una manera obsesiva el tema de la redención nacional.

Adan Buenosayres

Adan Buenosayres

 

Esa preocupación recorre todos sus libros y se hace más explícita en la década del 30, mientras surgían entre nosotros varias obras dedicadas al tema: Historia de una pasión argentina de Mallea, El hombre que está solo y espera, de Scalabrini, Radiografía de la Pampa de Martínez Estrada.

El clima mundial de la primera posguerra había sido propicio para incentivar en Europa el fortalecimiento de las identidades de los pueblos. Justo es reconocer que esa atmósfera, precursora del fascismo y el nacional-socialismo, se diferencia profundamente de lo que podríamos llamar el nacionalismo americano del mexicano Samuel Ramos, el peruano Mariátegui o el venezolano Gallegos. Marechal no profesa el nacionalismo agresivo de los europeos ni totalmente el americanismo telúrico de los ensayistas y novelistas americanos.

El clima argentino de aquella época era fecundado por las conferencias de Ortega y Gasset, la visita del Conde de Keyserling y el creciente influjo de la fenomenología cultural, que se proyectó en las obras de Carlos Astrada, Saúl Taborda y Alberto Rougés. Pero la preocupación nacional de Marechal tiene fuentes espirituales y religiosas. Se inspira en la noción bíblica de pueblo de Dios, concibe al hombre como un ser personal y comunitario, integrante de un pueblo histórico con un destino común.

Los próceres nacionales tuvieron esa preocupación, incentivada por las luchas emancipatorias y los disturbios internos. Algunos de ellos pertenecieron a logias masónicas, o bebieron la doctrina nacional en los filósofos románticos; se había producido cierta división entre las élites dirigentes europeizadas bajo el modelo inglés, francés o norteamericano, y el habitante nativo, heredero de la tradición criolla. Todos sabemos que ese quiasmo se expresa en dos obras fundamentales del siglo XIX: Facundo o Civilización y barbarie (1945) y El gaucho Martín Fierro, con La Vuelta… (1872-1879) . Estaba planteada en términos históricos, políticos y antropológicos la polémica sobre la identidad argentina, nunca del todo resuelta.

Marechal interviene en esta polémica pero sólo de una manera tangencial, a través de su postura política que – más allá de su simpatía juvenil por el anarquismo – fue radical, luego nacionalista y finalmente peronista, con rasgos de coherencia y continuidad histórica. Pero la característica dominante de su pensamiento es planear por encima de todo partidismo, pensar a la nación como conjunto y al hombre como un militante de la tierra y el cielo. En Marechal la opción política es la resultante de su ahondamiento en la identidad personal y comunitaria.

Ha sido una característica del argentino la introspección, y la constante preocupación por definir su identidad. Marechal proyecta esos ejes hacia el nivel espiritual sin despegarlo de la introspección y la política. Podemos repasar esa preocupación por la Argentina a lo largo de sus obras. En la poesía, la vemos asomar en los primeros libros, pero más claramente en el tercero, por ejemplo en el Poema de la Patria Niña (Odas para el hombre y la mujer, 1929). Ve a la patria adolescente, frágil, expuesta a todos los peligros, y expresa oscuras premoniciones. Será preciso “calzarla de metales” para afrontar lo abismal de los tiempos.

Cinco poemas australes

Cinco poemas australes

Entre las obras poéticas que le siguen, la más ligada a la identidad nacional es Cinco Poemas Australes. El fondo geográfico y humano de esta obra es la provincia de Buenos Aires, donde el poeta pasó temporadas de su niñez y adolescencia, acompañando en carro por los pueblos a su tío Francisco Mujica, en a venta de lo que se llamaba “frutos del país”. Los hombres de la pampa, arrieros, domadores, peones de campo ligados al trabajo y la esperanza, fueron vistos por Marechal como arquetipos de una Argentina moral, que es la de Lugones en sus Romances de Río Seco, o la de Mallea en su Argentina Invisible. Son ejemplos morales y religiosos que Marechal contrapone a los hombres ciudadanos, preocupados por las cotizaciones de la Bolsa.

El centauro

El centauro

En su poema El Centauro, por el que obtuvo el Premio Nacional en 1940, Marechal termina de dar forma a esa imagen moral del hombre argentino al elevarla al carácter de mito. Renueva el tema del Centauro, tratado por su silenciado maestro Rubén Darío en 1896 (centauro como ser bifronte, ligado al cielo y a la tierra, es decir a preocupaciones espirituales y terrenas) y le agrega una explícita connotación cristiana. Cristo es el nuevo Centauro, el arquero de los tiempos modernos que guía a la comunidad hacia su salvación. Es el modelo que Marechal ofrece, acompañado de la figura de la Virgen (Sonetos a Sophia) que trae al imaginario nacional la figura femenina, ausente en las obras de Sarmiento y Hernández.

La novela es el campo más propicio para la exposición doctrinaria del tema, y también para su discusión dialéctica. En Adán Buenosayres (1948) el tema de la Patria es uno de los ejes innegables, desplegado conjuntamente con el biográfico y el poético-metafísico. El propio autor desliza la palabra argentinopeya, que hemos retomado para explicar la obra. Su personaje Schultze, modulación del pintor y esoterista Xul Solar, es quien guía a Adán en el Infierno-Cacodelphia, que no es sino su propia patria sumida en la corrupción y el olvido del ser. Él mismo se ve situado en el Infierno, y aludido a través de distintos personajes. Schultze, el artista sabio, recuerda que la patria se halla situada bajo el signo de Libra, y abierta a todas las posibilidades. Reaparece aquí un tema ya tratado en la poesía de Marechal y luego retomado en el Poema de Robot: la contraposición del poeta con hombres endurecidos que sólo tienen ambiciones materiales. Esta descarnada radiografía del país le valió a Marechal muchas enemistades.

Antígona Vélez

Antígona Vélez

Por esos años, después de estudiar y traducir del francés una obra de Sófocles – en versión lamentablemente inhallable – estrena en 1950 su primera obra dramática, la tragedia Antígona Vélez, cristianización del tema trágico de la justicia. Antígona, arquetipo femenino de la Argentina (no han faltado interpretaciones que la fusionaran con Eva Perón, y es innegable su continuidad con María-Sophia, a la que luego dará el nombre de Lucía Febrero (Megafón) encarna el amor y la misericordia que desbordan sobre el sentido legalista de la justicia.

Marechal, que había ganado todos los premios municipales y nacionales, y era según revistas españolas de los años 40 el escritor más importante de la Argentina, (Lugones había muerto, Borges iniciaba el tramo más importante de su obra) fue reducido al ostracismo interno después de 1955. Pasó a ser el poeta depuesto. Fueron años de concentración y cosechas interiores, como él mismo decía. Desde esa fecha hasta su muerte ( 26 de junio de 1970) produjo otras dos novelas, varios textos poéticos y teóricos -la segunda y definitiva versión de su Descenso y ascenso del alma por la Belleza (1965) – y una valiosa labor teatral, que completa el ciclo iniciado en 1950 con Antígona Vélez. Esas obras de madurez, con un denso mensaje filosófico y poético para las generaciones venideras, convierten a Marechal en un clásico argentino.

El banquete de Severo Arcángelo

El banquete de Severo Arcángelo

En 1965 publicó El Banquete de Severo Arcángelo, obra originalísima que bajo la apariencia de una novela de aventuras encierra un llamado a la conversión nacional, por la mortificación y la iluminación que provienen del camino interior bajo el signo del Evangelio. También puede verse en esta obra una justificación del apoyo dado por Marechal al peronismo. No olvidemos que su héroe Lisandro Farías, al narrar su historia a Marechal-personaje, le dice: Quiero contarle porqué seguí al Viejo Cíclope…

Por esos mismos años, continuando con su obra poética, dio a conocer Heptamerón, siete cantos entre los que se encuentra La Patriótica, dedicado a su discípulo José María Castiñeira de Dios. Prolonga Marechal el motivo de la

Heptameron

Heptameron

Patria-niña que espera su bautismo, abordando una vez más el tema de la salvación comunitaria. Sostiene el autor que sólo por la redención personal se hará digna la patria de su destino salvífico, pero no habrá una auténtica redención individual sin un sentido de pertenencia a la comunidad .

Vuelve sobre el tema de la salvación nacional en su Poema de Robot, un alegato frente a la incipiente modernización tecnológica de los años 60, y también en los últimos poemas publicados en revistas: De la Física y De Psiquis (que con Fray Juan Alberto Cortés y Eduardo Azcuy resolvimos reunir en 1978, en edición de Castañeda, bajo el título Poemas de la creación, extraído del texto) donde el tema se alía indisolublemente a la misión del poeta. Es el poeta, inspirado por la Musa, el que echa su puñado de sal en la boca de Robot, nuevo monstruo creado por hombres mecanizados., en este poema de textura dramática. Se asigna al poeta la misión de despertar a sus compatriotas.

De ese tiempo es también su drama Don Juan (que editamos también en Castañeda en 1979, con prólogo del Chango Ponferrada) donde elabora el tema de la redención del caudillo, con una innegable referencia política que algunos percibimos en su momento: Marechal había enviado copias del drama a unos pocos amigos entre los cuales se encontraba Alfonso Sola González. El drama era relacionado obviamente con el retorno del Jefe en el exilio. Otra obra de los años del ostracismo es el “sainete metafísico” La batalla de José Luna, donde expone su concepción de la historia como combate de opuestos que se libra a la vez, al modo homérico, en la tierra y en el cielo.

Megafón o la guerra

Megafón o la guerra

La típica concepción marechaliana de esa doble batalla se despliega ampliamente en la última novela de Marechal, Megafón o la guerra (1970), que publicó Sudamericana un mes después de su muerte. Obra barroca, de una complejidad formal inusitada, es un nuevo llamado a la épica nacional, conducida esta vez por dos héroes: Megafón, remodulación de Severo Arcángelo – y como él cargado de intencionalidad hacia el mismo referente político- y Samuel Tesler, personaje de Adán Buenosayres donde apareció como encarnación novelística del poeta Jacobo Fijman, aquí convertido en simultánea hipóstasis de Fijman y de Marechal. En suma, es la figura del Poeta como redentor de su comunidad, la que es llevada a su plenitud simbólica en esta novela.

En los ensayos y conferencias de Marechal, la visión de la Argentina se completa y expande reflexivamente. Su conferencia sobre la Fundación de Buenos Aires -del año 35, cuando la ciudad conmemoraba el Cuarto Centenario de la fundación del Fuerte por Pedro de Mendoza- recuerda el sentido espiritual de las dos fundaciones. Se apoya en elementos como el nombre “Argentina” , dado por el arcediano Martín del Barco Centenera a la provincia y el río que-de-un-puro-metal-toma-su-nombre. El argentum designa al río Paraná o de la Plata que los españoles exploraron hasta fundar la Asunción, y que luego de la destrucción de la primera Buenos Aires volvieron a recorrer, con los “mancebos de la tierra” para refundarla. En cuanto al nombre dado a la ciudad  -recuerda Marechal- es el de Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Aire. La ciudad del Águila, con el águila del Espíritu Santo estampada en su escudo, se había convertido en esa triste década que fue llamada “década infame”, en la ciudad de la Gallina.

En síntesis: cabe reconocer que toda la obra de Marechal está atravesada por la preocupación nacional. Piensa en el destino de la Argentina como bíblico pueblo de Dios, como comunidad destinada a hallar su rumbo a través del dolor y la lucha por la conversión moral y religiosa. Su pensamiento, actuante y encarnado, es la visión de un poeta-filósofo, un doctrinario que predica incansablemente la redención nacional, y la asienta en forma ineludible en la conversión de la persona. Y asigna al poeta una misión importante en ese rumbo, a través de la palabra.

Graciela Maturo

Graciela Maturo

 Graciela Maturo (Cancillería, UPCN, miércoles 29 de octubre,2014: 15 hs)

24 mayo 2015 Posted by | GRACIELA MATURO, LEOPOLDO MARECHAL | Deja un comentario

20 poetas a mar abierto / 20 poètes au grand large, antología bilingüe español/francés

 

Traducción al francés: Françoise Laly

INTEGRADA POR:

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Héctor Miguel Ángeli – Rubén Balseiro – Luis Benítez – Enrique Roberto Bossero

Norberto Corti – Alfredo De Cicco – Alejandro Drewes – Yoly Fidanza

Rodolfo Godino – Françoise Laly – Long-Ohni – Graciela Maturo

Norma Pérez Martín – Nélida Pessagno – Michou Pourtalé – Antonio Requeni

Osvaldo Rossi – Ricardo Rubio – Fernando Sánchez Zinny – Jorge Sichero

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Antologia Françoise Laly

PRELIMINAR

Allá por 1900, muchos viajeros aseguraban que Buenos Aires exhalaba un perfume que recordaba a París. Y algo de cierto había en la observación, por mucho que ambas ciudades mostrasen disparidades grandes en cuanto a orígenes, dimensiones, edad, cultura, historia, lengua; en fin: en todo.
Pero aun así, Buenos Aires, para fines del siglo XIX y durante buena parte del XX palpitaba según el ritmo de Francia y hasta el anchuroso Río de la Plata a veces se nos hacía tan poético y convocante como el Sena. No había, para entonces, en nuestra ciudad, persona de cultura que no hablara correcto francés, que no leyera las grandes obras de la literatura de ese idioma, no había familia cultivada que no tuviera noticias de la producción artística francesa, de las corrientes del pensamiento, del quehacer parisino en materia de teatro y de cine, y de todo cuanto bullía en los ámbitos culturales del país europeo.
Ese Buenos Aires culto, aristocrático, elitista, amaba a París, deseaba emular la cultura y las formas de allá, y, por alguna extraña e inexplicable razón, pues somos –aun con la inserción de una inmigración de profusas vertientes–, herederos bastante directos de España, se sentía hijo de un París que reunía, para este grupo de porteños, todos los ideales de la cultura, del refinamiento, del buen gusto y de la inteligencia.
Paralelamente, esta capital rioplatense, más allá de conservar la típica urbanización en cuadrícula de diseño español, más allá de la impronta y la lengua hispana, creció en edificios, parques, diagonales, monumentos. Y por todas partes hubo detalles decorativos, mobiliario, juguetes y vajillas de definido sello francés. Un porteño de altura debía comportarse y sentirse como un auténtico parisino y pocos fueron los artistas argentinos que no soñaran, al menos, con el imprescindible viaje a París, sin contar con que muchos lo hicieron.
Tan fuerte fue esa tendencia que hasta en la manifestación cultural más acabadamente porteña y popular, el tango, y si nos referimos a sus años de oro, por lejos, el “barrio” más mencionado en las letras es, singularmente, París.
España descubrió, conquistó y dejó sus marcas indelebles en América Latina; en el desarrollo económico, la Gran Bretaña , para bien o para mal, inscribió en el Río de la Plata sus intereses y su ideología, en tanto, en nuestra casa, la enorme oleada inmigratoria italiana, con esa estoica vocación por la labranza, fue la mano que difundió en los campos desiertos, verdor, rubios trigales, huertas y frutales, a la vez que ese enorme contingente humano se convertía, también, en principal  responsable de esa suerte de hibridación lingüística que es el lunfardo, jerga porteña en la que, asimismo, se entreveró el francés, el mismo francés que, por otra cuerda, daba aliento a los poetas, desde la época del evanescente simbolismo hasta las jocundas vanguardias de los años 20.
Luego, luego, desde finales del siglo XX y más aún en actual, la Meca ya no es París, sino Nueva York y la parla estimulante ya no es francesa sino en  inglés norteamericano. Sin embargo, la gran influencia de la cultura y de la estética anterior, aunque soterrada, sigue vigente. Para ayudarla a que persista es que se plantea en este libro un mancomunado ejercicio de aproximación a sus fuentes. Es con esta intención que emprendemos, a mar abierto, una suerte de navegación hacia los puertos de la dulce Francia. Veinte son los viajeros, diecinueve argentinos y una francesa, Françoise Laly, quien se ha ocupado, además, de poner a todos en palabras de su país, incluso a ella misma, pues los versos suyos publicados en esta ocasión fueron originariamente escritos en castellano, de modo que, a su respecto, el auspicioso recorrido ha sido de ida y vuelta.

Otoño de 2014

212 pag. – Ed. La Luna Que – Buenos Aires, 2015.

12 mayo 2015 Posted by | ALEJANDRO DREWES, ALFREDO DE CICCO, ANTONIO REQUENI, ENRIQUE BOSSERO, FERNANDO SANCHEZ ZINNY, FRANÇOISE LALY, GRACIELA MATURO, HECTOR MIGUEL ANGELI, JORGE SICHERO, LONG-OHNI, LUIS BENITEZ, MICHOU POURTALE, NELIDA PESSAGNO, NORBERTO CORTI, NORMA PEREZ MARTIN, OSVALDO ROSSI, RICARDO RUBIO, RODOLFO GODINO, RUBEN BALSEIRO, YOLY FIDANZA | , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

“Mar de fondo” de Alejandro Drewes: un oficio de tinieblas – A EDITARSE EN SEVILLA (en septiembre) – PRÓLOGO de GRACIELA MATURO

Ricardo Rubio, Graciela Maturo y Alejandro Drewes

Ricardo Rubio, Graciela Maturo y Alejandro Drewes en la presentación de “Lugares de la noche”, otro de los poemarios de Alejandro Drewes, en la Sociedad Argentina de Escritores, 2014.

PRÓLOGO DE “MAR DE FONDO”

Una aventura poética notable es la de Alejandro Drewes, poeta argentino  que ahora da a conocer su tercer libro. Cuando hablo de aventura lo hago en el tradicional sentido de  trayecto espiritual, insustituible y modificador, que insume condiciones de hondura, resolución y valentía. Asumir un destino de poeta, no es poca cosa.

Su primera obra  Uvas del Paraíso (2008),  traía la resonancia de una voz singular, que sobrepasaba los frutos del sentir personal, para dar lugar a una mirada iluminadora y profética. Pero fue sin duda con su segundo libro, Lugares de la noche  (2014), cuando Alejandro Drewes -en mi opinión- pasó a ocupar un destacado lugar en la poesía argentina de su generación y, por qué no decirlo, en la poesía actual.

Ante la hondura y novedad de esos poemas, recordé aquellas palabras de Leopoldo Lugones: Y decidí ponerme del lado de los astros. Efectivamente, nuestro poeta tomaba definitivamente una posición cósmica, un modo de habitar poéticamente el mundo que no admitía retrocesos. Era una opción por “lo abierto”, con su margen de desgarro y despojamiento, que solo puede ser  afrontada por fidelidad a una vocación. Se trata del vivir riesgosamente, en actitud de entrega,  percibiendo  mensajes que no todos escuchan…

Lugares de la noche recogía el dolor de una existencia auténtica, y se proyectaba a la  vez como un registro del sexto día, el sábado de tinieblas que se ha cernido sobre la Humanidad  en los tiempos finales de la Historia;  no sabemos si de toda Historia.

Ese clima elegíaco se prolonga y ahonda en su nuevo libro, Mar de fondo, obra de heroica intemperie, que expone el abandono y la desolación de la hora última.  Su título, tomado del lenguaje náutico –y Alejandro proviene de una familia de marinosya  anticipa el arribo de un cataclismo profundo e ingobernableY en efecto, la oscuridad creciente, el retiro de las presencias tutelares, la extensión de un largo sabactani que alcanza más de constatación que de protesta, son las líneas de fuerza que eslabonan estas páginas, agrupadas en las dos partes del libro: “Sombra del tiempo” y “Vaga luna entre la niebla”. Mi lectura no me ha permitido hallar entre ambas una visible  evolución,  sino una intensificación de la oscuridad  que conforma  el núcleo central, en extraordinaria experiencia de  soledad y dolor. Esa soledad que finalmente hace lugar a lo que podríamos llamar una velada y apenas insinuada salida del Laberinto.

Con maestría poco usual, Drewes varía ritmos y metros a lo largo de unos cincuenta poemas, que pasan por la variedad de versos breves, romancillos, versículos, siempre regidos por una rítmica suelta y arrobadora. Imágenes recurrentes dibujan un escenario terminal, donde un hombre en soledad instala un monólogo descarnado que apenas, pocas veces, se abre al diálogo. Su singular imaginario lo perfila como un poeta del aire, diría Bachelard, pero también del agua. Las imágenes-guías giran con sobriedad alrededor de las grandes figuras de la interioridad: el viento, la noche, la lluvia, el fuego, el árbol, la palabra.

Solo la luna, símbolo de la vida espiritual, viene a echar su luz blanca en este paisaje letal, donde  el hombre ha sido colocado para  vivir en la inestable/ ladera del sueño /donde plañe el viento/ su canción milenaria.

Y el hombre, que  elude pudorosamente el yo, o la autorreferencia directa, ha elegido también, a su turno,  cuidar de las palabras pendientes/ aún de su grave hilo /de oro. El poeta sabe bien lo que esas palabras le reservan, y en cierto modo sus poemas van tejiendo una poética secreta, sostenida en dispersas imágenes. Su verso es  la piedra lanzada/al espejo más puro/ de un agua sin fondo, dice finalmente en su poema “Hacia la oscuridad”, y en efecto ésta podría ser una definición de su palabra, austera, audaz, reveladora, pero no autosuficiente. Como Mallarmé, ha intuido Drewes que el golpe de dados nunca  abolirá el azar. Quien fuera abandonado, arrojado al mundo, lo fue porque es príncipe, y algo queda de su antigua corona. He recordado versos de Leopoldo Marechal, cuando habla del domador, figura emblemática del hombre, y dice que su frente muestra huellas del oro con que ha sido señalado.

Tal el sujeto de esta  experiencia de oscuridad emprendida con valentía, mientras afuera llueve  y llueve sin piedad,  como un mar/ que se volcara de pronto/ sobre la ciudad a oscuras

Alejandro Drewes encarna la lucidez del poeta, haciéndose cargo del tiempo de indigencia en que le toca vivir: Te fue dado habitar/ un mundo en su pasmo/ la tierra bajo un cielo/ en bancarrota.

El hombre no es el autor del libreto, apenas si puede interpretarlo.  En este escenario,  pocas son las señales que apuntan a una “vida más clara y verdadera”. Surgen comparaciones: los hombres navegan como barcos que pasan en la niebla/ sin rozarse siquiera/ (…) en esta densa/  marina de Turner. La poesía de Drewes revela su amplio conocimiento de ciencias y de artes; su amor por la música, su conocimiento de poetas de otras latitudes. Nuestra común amiga y poeta Amalia Abaria me recordó una novela de Lars Andersson –“La leyenda del rey de la peste”-, figura aludida en un verso  donde quien habla se compara con el Rey del Norte, enloquecido por el dolor: se  trata del rey  sueco del siglo XII,  Magnus Eriksson,  que vaga solo por los bosques, mientras es  confrontado por su hijo y su pueblo ha sido diezmada por la peste.

La Historia se ofrece a sus ojos como una secuencia de hechos repetidos, en  una dirección que incluye la decadencia, el olvido, la humillación, la sorda marcha hacia un final incierto. Y el poeta se habla a sí mismo, con ese tú tan típico de la introspección poética, como en el poema intitulado “Adondequiera que vayas”: te ha de seguir/ esa sombra fiel/ la soga que oscila/ en el largo viento/ el eco interminable/ de los últimos gritos/ de Sarajevo a Termópilas (…)

El hombre, desterrado del  Edén, es comparado a esas plantas condenadas/ a vivir sin arraigo,/ bajo un chirriante sol extranjero ¿Acaso somos definitivamente de la tierra? ¿De dónde viene esa sed de infinito que arrastramos por el mundo? ¿Por qué esa ventana del sueño, abierta al otro lado? Algo condena al hombre a ser quién es, a buscar, a buscarse. La ausencia de los dioses es un signo de su propia condición. El solitario registra el vértigo de los días, en un mundo que se deshace sin piedad. Y se pregunta por un destino de ruina y vaciamiento. ¿Pero… es eso todo?

La tentación de partir hacia el otro lado de la luz con el ser querido es abrumadora. Contigo he de partir,  anuncia el poeta, como el viajero extenuado. Pero una filosófica serenidad se impone a la angustia. Solo desde la serenidad y la distancia puede avizorarse, por momentos la terrible luz de lo por venir/ que incendia ya los últimos/ árboles de aquel sueño.

Llamados, mensajes, apariciones, briznas del sueño, pueblan apenas el  mundo sublunar, árido y frío, que contempla este contemplador  agónico.

Y en medio de la devastación, el poema sucede. Acto espiritual, el poema asegura la conexión con el sentido, en la oscuridad sin tutelas.

Un pez de oro hay

que a deshoras surca

las aguas sombrías

-y el poema sucede-

Acontecer que solo recuerda al acontecer de lo sagrado en Heidegger: no lo que es, sino aquello que  sucede. Se preocupa  el poeta por la mano que escribe,  consciente de que esa sombra guarda acaso cierta memoria del origen, y  en consecuencia diseña una  poética, que es conciencia de sí y de su propia escritura. Destino del poeta que registra y reconoce  su testimonio en tiempos aciagos.

(…) Fielmente / acompaña la sombra: /Y ahí tienes tu vida./

El invierno se acerca, metáfora de la muerte, y trae consigo la nieve, despegada de toda visualización  descriptiva.  Una meditación profunda sobre el devenir del hombre  dilata la mirada del poeta hacia amplios horizontes.

Qué oscura es la luz

que habita el poema

qué trágico nombre

el  que huye detrás.

Alejandro Drewes es un poeta cósmico. Nunca olvida su pertenencia al Universo, su continuidad con los árboles, con los astros. Todo fluye en un cosmos  cambiante, aunque los hombres hayan olvidado las palabras iniciales.  Pero el poeta recuerda  que… todo acaba y todo/ empieza por la aurora. Percibimos su tácita fe en un logos preexistente, recorrido por otros, sus hermanos. En tanto caen las  últimas bombas sobre Babilonia, en un mundo que se derrumba. Oscurece. Anochece. Es el tiempo cruel en que le tocó vivir, registrando  cada día la ruina del dorado castillo.  El tiempo huye, irreparable, y la eternidad permanece oculta.  Llora la muerte de algún ser próximo, y llora a la vez por todos los que han muerto, y se relacionan con los vivos. Vive un duelo sereno y permanente,  que anticipa -como diría Rilke-  su muerte propia.

En la segunda parte del libro se acentúa su diálogo con el misterio. Presencias fantasmales acompañan al poeta en su habitada soledad. Empieza a abrirse  a paisajes oníricos, a lugares remotos,  a espejos brumosos y reveladores. La Noche alcanza protagonismo  como imagen de la muerte, que acentúa su negrura mientras el mundo apaga sus pálidos colores.  El poeta se visualiza a sí mismo en medio del caos

como Hamlet con su sombra, y anochece,

es tan tarde y anochece.

Es muy profunda esa captación segunda que  permite al creador verse a sí mismo en el Laberinto, sin Virgilio que lo guíe.  Es el hombre abandonado a sus propias fuerzas, librado a  su condición de dios en exilio, para decirlo con una expresión de Pablo Antonio Cuadra. Es en esta fase de intemperie  absoluta donde  resuena aquella frase bíblica: Caín, ¿dónde está tu hermano Abel?, en un  contexto implícito de luchas fratricidas;   y es también aquí donde se abre cierta posibilidad de plegaria. Debo copiar el poema -sin título- para que se perciba qué oblicua, esforzada  y tardíamente viene a  instalarse esa modalidad que  me permito aventurar como invocación religiosa:

El camino, pues,

sólo lleva al arcano

centro de cenizas

del sueño y al pobre

corazón que arrastra

su roca por los días

de los días; oscuro

sopla el viento fiel

bajo esta misma luna

breve de acero sombrío

-pero cuán arduo me es

tu nombre secreto,

ah, Señora!-

¿Invoca el poeta a la Virgen,  a la Madre Universal,  a la Diosa?   Podría entenderse que el caminante, el que arrastra su roca como  Sísifo  por los días de los días, vuelve su frente  a lo sagrado,  y necesita hacerlo bajo la forma del rostro femenino de Dios.  Sin duda  el principio creador  es irrepresentable, pero los hombres lo intuyen bajo distintas imágenes. El poema siguiente nos trae la imagen  de la tormenta, ligada a la irrupción de lo divino en el mundo.

se desploma la tormenta

como el puño de Dios

en pleno rostro del mundo

La poesía profética de Alejandro Drewes deja hablar al Verbo en estos últimos poemas, plenos, iluminados.

Aquí empieza el grande viaje.

O es que todo termina

(…)

…donde todo

lo que es ha sido

y sólo asciende

apenas el humo

de otro incendio

en los vastos

archivos celestes

La lluvia que es, como la luna, una  imagen unitiva del poemario, vuelve como un posible anuncio de la venida de los dioses.  El poeta ve el sueño de un mundo que se esfuma/ como ayer Atenas o BizancioY habla con un tú de su intimidad para compartir las preguntas últimas.

Dime porqué todo esto

el exilio perpetuo

las estrellas en fuga…

Lágrimas de sangre acompañan las escenas finales de la tragedia humana.

Que acaso fueran… las de Cristo/  buscando refugio/ ante las bombas/ entre las ruinas/ de Sarajevo, nos dice Alejandro. El tiempo presente, despiadado, en que se vuelve a crucificar a los cristianos, es el marco lacerante de estos poemas testimoniales.

Hallan aquí lugar sus “Ejercicios de tinieblas”, versículos numerados que bien podemos tomar como  un colofón sobre el poeta y el poema.  Alguno ha de merecer el poema (…) …verso que de vez en vez ilumina el alto sol de la noche. Y nos estremece sentir que en estos poemas finales clama el poeta por su patria,  por  las estrellas de su patria hoy oscurecida. Ha terminado el recorrido del poeta, su experiencia de duelo y soledad, tan intensa que  nos ha inducido a mirar  el mundo familiar como extraño, y el mundo  del otro lado como próximo:

y las almas perdidas

como excéntricos astros

al círculo de la vida.

Sub luna mutant, tal reza la última línea de una  poesía  aparentemente impasible,  distendida entre la Tierra   y  el Cielo.  La mirada abarca a toda esta  especie intermedia, sublunar,  expectante al final de un camino  ya cumplido. Se trata de un final abierto, como lo está  la Historia misma.

Por algo decíamos al comienzo de estas desmañadas palabras  que la voz de Alejandro Drewes era singular  dentro de un  coro en que predominan las  voces epigonales.  Lo es por  venir de un contacto profundo con el Ser,  en una aventura de riesgo que ha sabido eludir la desmesura y la autodestrucción. Esa denodada vigilia por páramos oscuros abrió  su corazón a la Luz y le ha permitido compartir con nosotros un mensaje viviente.

Graciela Maturo

Graciela Maturo

Graciela Maturo

12 abril 2015 Posted by | ALEJANDRO DREWES, GRACIELA MATURO | , | Deja un comentario

CONTEMPLACIÓN Y PERTENENCIA EN LA POESÍA DE OSCAR DE GYLDENFELDT

Oscar de Gyldenfeldt

Oscar de Gyldenfeldt

 Oscar de Gyldenfeldt nació en Buenos Aires, Argentina. Es escritor, artista plástico y docente. Realizó estudios de pintura en la Escuela de Bellas Artes “Manuel Belgrano”, donde participó de los talleres de Aída Carballo. Más tarde concurrió a los talleres de Alicia Benítez y de María Sola. Participó de los seminarios de Análisis de Obra dictados por Luis Felipe Noé. Paralelamente ingresó a la carrera de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires (UBA), obteniendo el título de Profesor de Filosofía. Dicta clases de Filosofía en el Colegio Nacional de Buenos Aires y de Estética en la carrera de Artes de la UBA tanto como en el Instituto Universitario Nacional de Arte, Buenos Aires (IUNA). Dicta Filosofía en el Colegio Nacional Rafael Hernández, Universidad Nacional de la Plata. Es co-autor del libro “Cuestiones de arte contemporáneo”, Elena Oliveras, Emecé Arte, Buenos Aires, 2008. En el año 2004 presentó en el marco de una publicación colectiva sus primeros textos poéticos.

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Texto de la  Dra. Graciela Maturo, leído durante la presentación del poemario Habitar el mundo/ Die Welt bewohnen, de Oscar de Gyldenfeldt, el 25.9.14, en el Colegio Nacional Buenos Aires:

CONTEMPLACIÓN Y PERTENENCIA EN LA POESÍA DE OSCAR DE GYLDENFELDT

 

Lo más importante ha sido dicho acerca de este libro simple y profundo, despojado y conmovedor.

Hace ya unos cuantos años que disfruto de la amistad de Oscar de Gyldenfeldt, nacida al calor del diálogo filosófico que iniciamos con Julio Corigliano y otros amigos. Solo un tiempo después me dio a conocer, pudorosamente, sus poemas. Descubrí en Oscar esa desnudez inicial que parte de una aceptación del vivir, del acto pleno de inhabitar el mundo asumiendo la vida como  destino  cósmico.

Desde el comienzo del proyecto de este libro, me he sentido muy ligada a él a través de un diálogo constante con mi amigo,  a quien aconsejé ilustrarlo con una selección de sus pinturas, especialmente aquellas de una etapa que me parecía afín a los poemas. Luego sobrevino una larga gestación de la obra a través de su traducción, preparación y edición, que ha culminado en este libro bilingüe: escrito en su lengua propia, el español- americano de Buenos Aires,  y vertido al  idioma alemán que el autor ha frecuentado  a través de la filosofía, la vida familiar y las frecuentes estancias en Alemania. Un libro que editó pulcramente Ricardo Rubio y que incluye  copias pictóricas en feliz relación  con los textos escritos. Son dos códigos distintos y sin embargo se complementan armoniosamente  ante los ojos del lector.

Habitar el mundo

Habitar el mundo

Imagen y palabra venían a unirse  también  en  una expresión que no tomaba los carriles discursivos preferidos por algunos  poetas contemporáneos sino que elegía el despojamiento, el temple de la serenidad, la sintonía de la conciencia con el mundo en acto de pertenencia solidaria; y expresarse a través de imágenes visuales, o auditivas, que hablan por sí solas. .

Había en Oscar de Gyldenfeldt una vocación  de pertenencia  anterior a toda reflexión, y esto era propio de una cierta actitud  contemplativa.

Quisiera ahondar brevemente en la relación del arte con la contemplación, hoy poco valorada en  atmósferas intelectuales cargadas de referencias, citas,  préstamos, lazos  intertextuales y reflexividad no siempre intensa o reveladora. No me referiré al campo artístico, en el cual soy apenas una  muda espectadora, pero sí al lenguaje poético, que estudio siempre, y al que veo transitar por múltiples y a veces abrumadores caminos.

Son pocos, en verdad, los poetas que optan por  dejar de lado el oropel de una civilización rica en estímulos de toda índole, y prefieren  esa epojé  del descubrimiento personal, que proviene de otro modo de captación de la realidad, y en consecuencia genera  otro modo  de expresión.

Contemplar es adquirir aquella actitud que Simone Weil  ha denominado transparencia, y que permite el aflorar de una vida nueva, por relegación de la horizontalidad del vivir inmediato. La contemplación ha sido escuela de vida  para los antiguos y también para los medievales, unidos en egrégores, en órdenes religiosas, en agrupaciones poéticas que han sido grupos místicos, como los Fieles de Amor a los cuales perteneció Dante Alighieri.

En tiempos modernos el poeta, solitariamente, vuelve a ser contemplativo por una inclinación íntima que manifiesta desde niño, o por el encuentro con maestros espirituales. Vuelve a hallar, espontáneamente, o estimulada por algunas lecturas, los cauces de una vida interior contraria al rumbo de los tiempos, masificante, mecanicista, nivelador de los hombres  por el trabajo o por el consumo.

Es la de Oscar, en mi modesto entender, una poética contemplativa, nacida del asombro y la pertenencia, lo cual no significa que no haya lugar para la duda, la ausencia y la desorientación, que asoman fugazmente, como  ráfagas,  en  pocos  momentos de su poetizar.

Su yo  creador, el sujeto poético de estas páginas -que cabe devolver sin ambages al yo autora,  recreando esa directa continuidad  lírica que algunos teóricos modernos niegan al poeta-  se  conforma en actitud de serenidad y recogimiento,  despojamiento histórico, casi total desnudez reflexiva. Cede al aquietamiento, despojándose de conceptos adquiridos, en una epojé que lo remite al origen y al sentido.

El tiempo de la habitualidad se detiene  en instantes plenos, que resplandecen sin énfasis ni   solemnidad. La jornada diaria adquiere la aceptación del campesino que vuelve a su choza con las últimas luces, enriquecido  y feliz; es la criatura  terrestre atada  al cosmos  por un  sentimiento profundo de pertenencia;  el hombre que percibe  el  ritmo de las estaciones, de los astros, de su propio corazón.

Aparece  en estos leves versos el hombre religado, salvado de su caída en el tiempo y en la prevalencia de su yo separado, y en este caso marcado por la experiencia de días excepcionales  que acceden  a la condición de arquetípicos  al ser rememorados con unción poetizante.  No constituyen un pasado sino un eterno presente. Presente que registra sutilmente una  progresiva transformación, señalada por  el desprendimiento de los objetos, el desasimiento, la  continuidad vigilia-sueño que induce el vuelo del alma,  esa entidad ignorada por los filósofos modernos, hasta ser recordada por pensadoras como María Zambrano.

Pleno de méritos, y sin embargo poéticamente/ habita el hombre sobre esta tierra,  ha dicho Hölderlin, escuchado por Heidegger. Oscar de Gyldenfeldt lo ha experimentado y practicado, y tiende a nosotros este libro aparentemente  simple, que invita a una lectura intensa y demorada. Toda lectura puede ser una recreación, una nueva reviviscencia de  lo vivido, de lo cual  la página escrita ha llegado a ser solo un punto de apoyo para su transmisión.

A esa nueva experiencia nos invita, tácitamente, el libro que tenemos entre manos.

Cerraré estas palabras con las de Oscar de Gyldenfeldt, herido para siempre por la presencia del Ser en el modo de la  Belleza. Como Jacob en su combate con el Ángel, lleva en el muslo la marca de lo eterno.

Dice su poema “Días que llegan”, tan breve como todos los suyos:

Estoy herido

de magia

y de luz

aunque la sombra

de los días

venideros

quiera

alcanzarme.

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“Este libro nos acerca la personalidad creadora de Oscar de Gyldenfeldt por la doble vía de la imagen y la palabra. Sus leves poemas, apenas apoyados en una imagen, una percepción, un color o un estado de ánimo, denotan una actitud contemplativa, abierta a los estímulos del entorno, y se complementan con reproducciones de sus cuadros, pertenecientes a dos distintas etapas del artista.”

 

“Dieses Buch bringt uns die schöpferische Persönlichkeit von Oscar de Gyldenfeldt näher, und zwar auf dem Wege des Bildes als auch des Wortes. Seine leichten Gedichte, fast angelehnt an ein Bild, eine Wahrnehmung, eine Farbe oder einen Gemütszustand, zeigen eine kontemplative Haltung, offen für die Reize der Umgebung. Sie werden durch seine Bilder vervollständigt, die die andere künstlerische Seite des Autors zeigen.”.

                                                                                                        Graciela Maturo

Graciela Maturo

Graciela Maturo

 

29 diciembre 2014 Posted by | GRACIELA MATURO, OSCAR DE GYLDENFELDT | , , , | Deja un comentario

CORREO DE LECTORES: Cortázar en la mira (Revista Ñ – 21/9/2013)

Graciela Maturo

Graciela Maturo

Con creciente asombro he leído la columna que firma Gonzalo Garcés en la revista Ñ, del sábado 21 de septiembre pasado, titulada ¡Que vuelva Durrell! Escudado en el autor británico, a quien también menosprecia, el columnista despliega, con notable soberbia, una clara diatriba contra el autor de Rayuela , diatriba que, de paso, se extiende al “ya desacreditado” Ernesto Sábato, pretendiendo borrar de un solo plumazo a dos grandes figuras de la cultura nacional. Ya habíamos escuchado- en alguna reunión, en algún congreso de estos últimos años- insinuadas o francas desvalorizaciones de Cortázar, de cuya obra Rayuela se está conmemorando el medio siglo, y cuyo centenario será el 2014. (El propio periodista de Ñ confiesa haber suscripto, más por obligación que por placer, sus 2000 palabras sobre el libro). Incluso llegó decirse – y no recuerdo quién es el crítico que suscribió la frase- que Cortázar cultivaba “el mito burgués del artista”.
Esos rumores tendían a establecer que Julio Cortázar era sin duda un gran cuentista, y como tal debería ser recordado. Buena manera de congelar a un autor en lo que el poeta Juan Larrea llamó “los santos claustros de la Literatura”, una de las “turas” denostadas por Cortázar. No porque en el cuento no exista un pensamiento, sino porque en él se da el pensamiento elaborado y como encriptado a través de una ficción. Convenía pues olvidar sus novelas, declararlas anacrónicas, aburridas y carentes de humor, como lo hace Garcés en esta oportunidad.
Resulta de fácil mecanicismo afirmar como allí se hace que Cortázar se ha inspirado, para escribir su libro emblemático, en El cuarteto de Alejandría , basándose en que esta obra empieza a publicarse en 1957 (no se precisa si en su idioma o en la traducción castellana) y en 1958 se habría iniciado la escritura de Rayuela. Se dice por otra parte que el autor ha mencionado a Durrell , omitiéndose que ha nombrado a gran número de autores occidentales y orientales, ya fueran contemporáneos o no. Además, aduce el informado columnista, en ambas obras dialogan intelectuales que sustentan distintas ideas y provenencias. ¡Como si no hubiese existido en la Argentina la tradición de la causerie, impulsada por Lucio V. Mansilla, y la novela Adán Buenosayres, solitariamente valorada por Cortázar en su memorable reseña del 49, en la revista Realidad! Es lástima que Garcés no lo haya recordado, porque hubiera podido añadir otro autor a su galería de rechazos. Nada digamos de la tradición del diálogo, inaugurada por Platón y proseguida por el humanismo en vasto tramo que tornaba innecesario acudir al autor del Cuarteto.

Rayuela

Rayuela

Pero los escritores argentinos de aquel momento vienen a mostrar una inocultable cholulez, al producirse, ante Durrell, la incondicional admiración de Sábato y la irreprimible imitación de Cortázar.
Hay otros hallazgos dignos de consideración en este breve y despectivo escrito. Los personajes creados por estos autores han girado alrededor de una pregunta adolescente: ¿cómo llegar a ser? En efecto, sería hora ya de terminar con esa inmadura y obsoleta interrogación, reformulada desde Heráclito a Heidegger, y desde Píndaro a Rilke, Hesse, Thomas Mann, Carpentier, Lezama, Marechal, Sábato y Cortázar.
Para concluir, me gustaría conocer algo más de la obra literaria o crítica del autor de estas opiniones.

                                                                  por Graciela Maturo

24 septiembre 2013 Posted by | ERNESTO SABATO, GRACIELA MATURO, JULIO CORTAZAR | , , , | 5 comentarios

EL SENTIMIENTO DE PARTICIPACIÓN CÓSMICA EN LA POESÍA DE JUAN L. ORTIZ, por Graciela Maturo

(En la ACADEMIA NACIONAL DE CIENCIAS DE  BUENOS AIRES. XXIII Encuentro  de Fenomenología y hermenéutica. 18 a 21 de septiembre de 2012)

Graciela Maturo

Graciela Maturo

Me propongo, en este breve trabajo, ahondar en  la palabra del poeta entrerriano Juan L. Ortiz en la intención de perfilar una actitud  que se presenta como constante en su obra poética; se trata del sentimiento de participación cósmica, que relaciona al sujeto–amante con las formas del mundo, e impone a la vez un cierto anonadamiento del sujeto. He pensado en reflexionar sobre  esta actitud a la luz de las consideraciones de Max Scheler y  María Zambrano sobre la afectividad y sus modos.

Al mismo tiempo, entiendo que a partir de esta consideración particular – enfocada en dos poemas de Juan L. Ortiz – podríamos arribar al reconocimiento de cierta constante poética, verificable en distintos autores y momentos de la cultura.

Juan L Ortiz

Juan L. Ortiz

Juan L. Ortiz es una figura emblemática de la poesía argentina. Nació en Puerto Ruiz, localidad próxima de Gualeguay, en la provincia de Entre Ríos, en 1892  y  murió en Paraná en 1978, a los 86 años.  Residió algún tiempo  en Buenos Aires en la década  del 30, pero ante el ofrecimiento de un puesto estable prefirió volver  a Gualeguay donde ocupó  un modesto empleo en el Registro Civil, que luego presidió,  y en el 42 pasó a vivir en Paraná.  Su obra, no muy cuantiosa, fue publicada en ediciones hoy inhallables, reunidas en antologías y en  póstumas Obras Completas  por una editora de Rosario y por la Universidad del Litoral.  Su figura se ha hecho familiar a varias generaciones de poetas, que en muchos casos solo conocen poemas sueltos o anécdotas de su vida.

Fue maestro de los poetas del 40, y en especial de los entrerrianos Alfonso Sola González, Carlos Alberto Álvarez, Reinaldo Ros, Carlos Alberto Ruiz.  Su adhesión a la Revolución Rusa – y más tarde a la Revolución China-  aunque no se exprese  centralmente en su labor poética, lo ha preservado del olvido en que quedaron otros poetas de su generación.

Intentaré asomarme a la obra de Juan Laurentino Ortiz – que ocupa una decena de volúmenes, de mediana o breve extensión – a través del escolio de dos poemas.

2.- Transcripción  y comentario fenomenológico-hermenéutico de los  poemas:     “Fui al río” (de El ángel inclinado, 1938); y “Rosa dorada” (de El álamo y el viento, 1947)

        

 “Fui al río”

1        Fui al río y lo sentía

2        cerca de mí, enfrente de mí,

3        las  ramas tenían voces

4        que no llegaban hasta mí.

5        La corriente decía

6        cosas que no entendía.

7        Me angustiaba casi.

8        Quería comprenderlo,

9        Sentir qué decía el cielo vago y pálido en él,

10      con  sus primeras sílabas alargadas,

11      pero no podía.

 12      Regresaba.

13      -¿Era yo el que regresaba?-

14      en la angustia vaga

15      de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.

16      De pronto sentí el río en mí,

17      corría en mí,

18      con sus orillas trémulas de señas,

19      con sus hondos reflejos apenas estrellados.

20      Corría el río en mí con sus ramajes.

21      Era yo un río en el anochecer

22      y suspiraban en mí los árboles

23      y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.

El ángel inclinado

El ángel inclinado

 

La primera persona, sostenida en todo el poema, nos pone en presencia del sujeto lírico – como suele llamarlo la crítica literaria – que por mi parte identifico en este caso como el sujeto personal sin que esto signifique  recoger todas las contingencias empíricas de ese sujeto.

Ese yo habla  de su relación personal con el río, convirtiéndolo en un sujeto designado a través de un complejo imaginario percibido en el acto de contemplación. Versos 1 y 2: Fui al río, y lo sentía / cerca de mí, enfrente de mí. Ese complejo abarca río, ramas, corriente, cielo, tiene atributos y protagoniza acciones que se relacionan con ese yo contemplativo, herido por la belleza.

Veamos brevemente esas acciones y atributos:

las ramas tenían voces (3)

La corriente decía (5)

 

Y aparece un segundo sujeto que se fusiona con aquel, habla en él, el cielo.

[Yo quería comprender] lo que decía el cielo vago y pálido en él,

con sus propias  sílabas alargadas (versos 9 y 10)

 

El río habla, se comunica aunque el hablante no pueda comprender ese mensaje que  en él  dice el cielo vago y pálido. Ahora es el cielo el que habla en el río, y se agrega aún  con sus propias sílabas alargadas, adensándose el peso de ese mensaje incomprensible.

Estos primeros once versos nos han puesto ante la situación vital que será explicitada en los 4 versos siguientes, 12 a 15,  de tono narrativo:

 

 Regresaba

-¡Era yo el que regresaba?-

en la angustia vaga

 de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.

 

Obra completa

Obra completa

La pregunta (v.13)  roza el tema de la identidad personal,  insinuándose su transformación.   Y también se nos entregan otras notas que atañen al sujeto lírico: la vaga angustia, y el sentirme solo ante las cosas últimas y secretas. Este verso, que agrega la soledad, incluye  evidentemente una interpretación y una valoración de aquello que ha generado  vaga angustia: las cosas últimas y secretas.  Antes de que nosotros otorguemos a esta experiencia un carácter místico o sobrenatural, el poeta adelanta su propia evaluación: se encuentra solo ante cosas últimas y secretas. Ha sido netamente definido un horizonte mistérico, casi de carácter ritual, no racionalmente explicable.

Entramos ahora en una  segunda parte, (16-24) y me  permito  considerarla así  por el visible acceso del verso  a un ritmo regular que le confiere musicalidad y fuerza expresiva:

 

De pronto sentí el río en mí

Corría en mí

Con sus orillas trémulas de señas

Con sus hondos reflejos estrellados

 

La leve y difusa musicalidad de la primera parte del poema, apoyada en asonancias  y ritmos irregulares  (un pie métrico  de cinco sílabas  que se pierde o reaparece en un aire de fuga y ahora es retomado: corría en mí )  se convierte ahora en un ritmo estable, con  la repetición  de los endecasílabos de similar estructura (18-21)  acompañando  la fuerza expresiva de las imágenes.

El sujeto río y el sujeto que lo contempla son uno y el mismo:

 

sentí el río en mí, / corría en mí.

Los dos versos endecasílabos que siguen complementan la afirmación:

 con sus orillas trémulas de señas,

 con sus hondos reflejos apenas estrellados.

 

La intensidad poética de la estrofa culmina en los dos endecasílabos siguientes, que marcan el clímax del poema:

 

Corría el río en mí con sus ramajes.

Era yo un río en el anochecer

 

complementados por el verso 22: y suspiraban en mí los árboles, en que el ritmo cambia y la intensidad desciende. Un análisis más afinado deberá destacar la rima en i tónica que también es interna al verso.

Llegamos a los dos últimos versos del poema, formados ambos por hemistiquios de siete sílabas, armoniosamente conjugados, que hacen un cierre de clásico equilibrio, enfatizado por el tono exclamativo:

 

y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.

 ¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

 

También anotamos, en el penúltimo verso,  el retorno de la rima en i tónica, de la primera parte del poema,  lo cual otorga al conjunto un aire de canción.

Juan L. Ortiz ha logrado comunicar, con transparencia que impide aceptar  categorías retóricas como las de sujeto poético intermediario, las instancias de una experiencia sensible, afectiva y valorativa que podría ser asimilada a una experiencia mística, pues se trata de una fusión con la naturaleza  en un acto de particular entrega que se produce en el ámbito del Ser.

13 septiembre 2013 Posted by | GRACIELA MATURO, JUAN L ORTIZ | , | Deja un comentario