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Acerca de ANGÉLICA (cuando los dátiles maduren en Argel), novela de Gustavo Soler

Gustavo Soler

Ed. Corregidor, 192 pág. Buenos Aires, 2002.

por Ricardo Rubio

Dos mundos se reúnen en “Angélica (cuando los dátiles maduren en Argel)”, dos universos de distinta naturaleza. Uno es el que traza la crónica de un derrotero diplomático; el otro, muy distinto, es el ilimitado abertal de lo discontinuo, el universo metafísico de los encuentros que no se avienen a las leyes físicas tradicionales, muy lejos de cualquier especulación energética. Es así como, partiendo de Madrid hacia Senegal —a la sazón el primero de los capítulos del libro— nuestro personaje se despide de la comitiva que le acompaña y también de Angélica que en ese instante había llegado a su otra realidad, la segunda (¿o la primera?), la del otro continuo, acaso la más importante.
Toda la narración está acompañada por una mesura intuitiva de la materia poética. Materia ésta indispensable para separar los mundos, para distinguir todo lo que fluye regularmente, de todo lo que no. Aquello que aparece frenético o sublime, estricto o aleatorio, es el espacio de Angélica; la aventura, el suceso destemplado, lo enfebrecido, es lo otro: lo supuestamente real.
Este doble fluir narrativo se compone, por una parte, en el mencionado derrotero diplomático del personaje, pleno de las estridencias exteriores de una sociedad convencida de la posibilidad de una tercera esfera; y, por otra, del intercalado de la inexorable llegada de Angélica a otro estado de conciencia, o mejor, con otro estado de conciencia.
El acercamiento a lo indeterminado, la premonición de los tiempos, el premio de la vida, el recuerdo, son asuntos con los que Gustavo Soler postula la brevedad y la unidad del ser, a la vez que propone la infinitud cuántica del amor poniendo en duda la física del tiempo y del espacio, y la rememoración de los destinos en los que no se aspira a una despedida sino a renacer con inteligencia y desafío.
Ataviado con símbolos de cambio, de existencia casi material en lo onírico, de pura conciencia ontológica, de duración arbitraria, de encuentros fantásticos con lo íntimo del ser, Gustavo Soler desnuda, a través de las páginas de Angélica, la paradoja que subyace ante el roce de lo inalcanzable con el mundo elegido. Nada queda atrás, todo camina a su lado.
La presencia de un santón en el mundo de los fragores sociales hace las veces de puente al mundo de lo sublime, allí donde reina la figura que da título al libro, o las muchas figuras que, como kamala —en Hesse (“Siddharta”)—, ocupan el lado femenino de todas las cosas, en todos los instantes.

En el misterio, a través de las latencias, el intelecto rebasa sus posibilidades y se abstrae en lo subjetivo, en ese mundo conversa con la noche, con el destino, con las distancias, y observa a través de sus imágenes las insinuaciones sensibles de la vida, los símbolos arrojados a nuestros pies, los ecos de la noche y la soledad, y la transformación de un cuerpo grosero en el de un intérprete del universo.
Gustavo Soler, abrazado a los dones de la inteligencia creadora, camina estos horizontes, arroja su mirada al infinito para mirar adentro y desnuda el discontinuo comportamiento de las fuerzas naturales, descubre la maravilla de las huellas, los límites o los latidos remotos, anima los hechizos, los vértigos, la soledad, a través de lo cuántico.

Ricardo Rubio

Lo entrevisto, lo indirecto, lo intuido, lo cambiante, en donde la recreación de la realidad se convierte en sensación, sumergen al lector en un mundo mágico, con alucinación de lo real.
¿Pero qué decir de las palabras que edifican a Angélica; del orden narrativo, del juego retórico?
Pues bien, tenemos novedades. El realismo vuelve a ocupar un sitial de privilegio. Pese a que pareciera contradictorio por la presencia de lo poético. Descubriremos en la forma externa la presencia insoslayable de la destreza a la hora de la justeza y de la profundidad.
La musicalidad particular y la rara síntesis de esta prosa no se alejan de un impresionismo coloquial, revalorizan el mérito de una corriente que se impone a la narrativa psicológica del siglo XX y previenen de las enfermedades de la sintaxis posmoderna.
Hay ajuste en el tono. Las notas más altas remiten a las escenas, también altas, y todo se construye de acuerdo con un paisaje acomodado a cada circunstancia.
La acumulación de la lectura resulta en un creciente interés y en un clima interior que propone un forcejeo con el destino, de igual a igual, escruta y aborda lo incomprensible, descree de las cosas vanas y asesta duros golpes a la trivialidad con ideas y corazón.
Las luchas de inteligencia no son más que reflexiones maduras de la realidad con el entramado de otros continuos que el autor nos acerca con irónicos juegos de destreza.
Ahora bien, luego de este vuelo ligero sobre una obra que amerita un estudio más profundo, quiero decir que particularmente, como lector, me sentí muy feliz de tener la oportunidad de que esta novela llegara a mí, pues comprobé que entre Gustavo Soler y su narrativa hay un factor común, la calidad.


1 julio 2009 Posted by | GUSTAVO SOLER, NOVELAS, RICARDO RUBIO | | Deja un comentario