EPANADIPLOSIS

Libros – Notas – Comentarios

UN POEMA DE JUAN-JACOBO BAJARLÍA A HAROLDO CONTI

Haroldo Conti

Haroldo Conti

A HAROLDO CONTI

                                                            in memoriam
Un día entraron.
Eran cinco aparecidos llegados del infierno
   con el olvido a cuestas y la voz en los puños.
Las paredes se humedecían de llanto,
de finas garras de sangre,
de flores negras que brotaban impregnadas de fuego.
Las tinieblas jugaban al destino en la cabeza
   de los cinco aparecidos.
“¿Por qué me llevan?”
Proyectiles de silencio, el terror que vomitaban los ojos,
   la memoria olvidada en el gatillo.
Lo vieron cuando las itakas enceguecían las ventanas,
   cuando el desierto se hundía en la voz
   bajo el cielo que medía la distancia.
La luz se hacía violeta,
ennegrecía la mirada de los cinco aparecidos.
“¿Por qué me llevan?”
Las estrellas dormían en los tejados.

.

Juan-Jacobo Bajarlía

Juan-Jacobo Bajarlía

.

————————————————-

Haroldo Conti (1925-1976)

Referente ineludible de la narrativa argentina y docente desaparecido al inicio de la dictadura militar  (1976). Secuestrado de su domicilio el 5 de mayo de 1976 por un piquete del batallón 601 de inteligencia militar. Son sus obras

Novelas: Sudeste (1962); Alrededor de la jaula (1966); En vida (1971), Mascaró, el cazador americano (1975).

Libros de cuento: Todos los veranos (1964); Con otra gente (1967); La balada del álamo carolina (1975).

 

 

Anuncios

22 junio 2015 Posted by | HAROLDO CONTI, JUAN-JACOBO BAJARLÍA, NOTAS | , | Deja un comentario

LA LITERATURA FANTÁSTICA, por Juan-Jacobo Bajarlía (1914-2005)

Del libro “Historias de monstruos”, de Juan-Jacobo Bajarlía

Juan-Jacobo Bajarlia

Juan-Jacobo Bajarlia

En lo fantástico se presenta el mismo elemento que en lo policial. Existe el mal y existe el bien. Y con ellos el arquetipo odiseico que destruye y es destruido. Pero la dimensión es distinta. El absurdo tiene un sentido de lo maravilloso que en lo policíaco no se comprueba o que sólo queda oculto en la serie infinita de realidades. Está sostenido más directamente por el símbolo, encarnación que cubre lo infinito, según afirmaba Carlyle (Sartor resartur, III, 3). Es una acción apofántica que oculta otra cuyo significado puede verificarse (Corpus hermeticum, 1471, lib. I). Y en este caso no interesa el quebrantamiento o no de la ley causal (es decir, la transgresión de la ley natural). El hecho fantástico, a través del símbolo, se da en el mismo sentido.

El crimen, por tanto, es un hecho absurdo cometido contra la regularidad del mundo causal. Lo fantástico también es un absurdo, pero proyectado contra la irregularidad de las leyes físicas. Esto no excluye la regla anterior. En lo policíaco y lo fantástico hay una relación de contacto a través de la absurdidad. Si buscara una evidencia, podría reforzar el pensamiento de Alain Robbe-Grillet en Les gommes (1956).

Los relatos fantásticos más antiguos fueron egipcios y se escribieron entre el siglo XIII y el XIV a. de J.C. Los reunió Máspero en Les contes populaires de TEgipte ancienne (París, 1889). En uno de ellos, el Satni, su protagonista lucha contra los magos y las momias a las que el Espíritu Maligno ha dotado de habla. En otro, la princesa Baktán, poseída también por el Maligno, anticipa la introyección del Dibouk por la Cábala.

Algunas fábulas del Pantschatantra (s. ni para ciertos autores) no dejan de ser fantásticas, como aquéllas de la niña convertida en rata. También debemos considerar como fantásticas Las metamorfosis, de Ovidio, y otras piezas anónimas del mismo siglo (el I a. de J.C). Recordemos una sola de quien debió enfrentar la permanente iracundia de Augusto: la que se refiere a Pigmalión. Cuando éste de las impúdicas Propétidas, juró permanecer célibe. Pero enamorado de una estatua que había esculpido, pidió a los dioses le dieran vida. Venus, compadecida, promovió el milagro un día en que Pigmalión, después de acariciar y besar a su mujer de mármol, quiso yacer con ella. La estatua comenzó a ruborizarse. El fuego llegó a lo más profundo de su frialdad. Se hizo carne. Y de ese extraño connubio, Pigmalión tuvo dos hijos: Pafos y Ciniras. Ciniras, a su vez, tuvo una hija, Mirra, que se enamoró del propio padre, en cuyo lecho se tendió una noche, ayudada por su nodriza. Cuenta Ovidio que el incesto se repitió muchas veces con la complicidad de las tinieblas. Pero al fin descubierta por el padre una noche en que hábilmente encendió las luces, huyó desolada y culpable hasta cubrirse de corteza y raíces. En unos segundos –escribe el poeta– quedó transformada en árbol hasta el vientre. Su sangre se hizo savia. Sus brazos se convirtieron en ramas. Sus cabellos en hojas. De su vientre, antes de que se operara la metamorfosis total, advino el hijo del incesto que recogieron las Náyades (lib. 10, III).

Luciano de Samosata en nuestra era (s. n), acaso el primer filósofo de la historia, fue también contra su propia concepción, un inventor de argumentos fantásticos, como lo prueba su extraño Philopseudes. También es fantástico el viaje metafísico del Hay Benyocdan (s. II), en el cual, Hay, el protagonista, amamantado y criado por una gacela, desciende a las profundidades del alma a través del movimiento circular. (No debemos confundir esta obra con el Hay ben Yagzan, de Avicena, de distinta doctrina).

Otra fuente de lo fantástico es el libro de Las mil y una noches (Abil Leylah voa Leyhh), cuya redacción definitiva ha sido fijada entre 1475 y 1525. Sus cuentos no son totalmente arábigos. Los temas fantásticos son indios. Esto lo previo Augusto Guillermo Schlegel en carta del 20 de enero de 1833 a Silvestre de Sacy, cuando se refirió a las 32 historias de las estatuas mágicas y a los cuentos del papagallo (Cutasaptati o Libro del Papagallo). Advirtió un número de sustituciones, verificables en algunos casos: Salomón por Visvamitra, Corán por Vedas. En uno de sus cuentos, los cuatro representantes de las principales religiones, son convertidos en peces de color. Estos cuatro representantes son las cuatro castas de la India. Para ciertos eruditos, Las mil y una noches es un libro apócrifo. Se trata de un conjunto de cuentos indios, persas y acaso griegos, contenidos en el Hezar Efsamer o Mil cuentos (siglo VII), de cuyo título derivó el de Las mil y una noches. Lo cierto es que nos sigue fascinando. Lo prueba “El juramento del cautivo”, incluido por Borges y Bioy Casares en los Cuentos breves y extraordinarios (1955). No repararon, sin embargo, que donde dice “Salomón, hijo de David”, debió decir Visvamitra, hijo de Qadhí. Los mismos autores volvieron a Las mil y una noches en el Libro del cielo y el infierno (1960). Y Borges, en Historia de la eternidad (1953), estudió sus traducciones y apocricidades.

Historias de monstruos

Historias de monstruos, de Juan-Jacobo Bajarlía

He omitido a Flavio Josefo, su misterioso relato de la fuente de Jericó, cuyas aguas dejaron de influir maléficamente en las mujeres, para convertirse en fecundantes por obra de Elíseo (Guerra de los judíos, lib. IV, cap. VIII, 3). O esa otra historia del Talmud (2, XXI, 13) en cuya balanza de ultratumba pesó mucho más un grano de arena que el cráneo de un justo. O el relato de la mujer de Pites, recordado por Plutarco (Tratado sobre las mujeres, s. I), que ofreció a su esposo manjares de oro para combatir la desmedida ambición de riquezas. O esos seres apofánticos que llevaban implícita la otra imagen –semper tomen in corpore ocultam, Evam–, según escribía Gnosius en su Hermetis Trimegisti (I, 3). O los actos mágicos de los textos proféticos del Chilam Balam (Primera rueda). Recuerdo el de la doncella que se introduce desnuda en las aguas mientras los demás danzan y recitan fórmulas enigmáticas para atraer al ser esquivo). O el robo de hombres de la tribu de Vuv Amag por parte de Balam-Quitzé, Balam-Acab, Iquí-Balam y Mahucutah cuyas huellas eran de tigre (Popol-Vuh, TV, cap. II).

Si a estas referencias agregáramos los mitos nacionales o transmitidos, pondría en lugar inalienable el mito argentino del kakuy, cuya primera versión –me refiero a la escrita– la realizó Rafael Obligado en los octosílabos de El cacuí, escritos en 1894. De éste, con igual sentido que el de una fábula para niños, ad usum Delfini, lo tomó Ricardo Rojas en El país de la selva (1907). Prescindiendo de esta fábula que aún se repite, convendría decir que el incesto convierte a la hermana en pájaro, porque el hermano ha violado la ley del padre. Es una tragedia de instancia teriomórfica y totémica que ya estaba implícita en las apreciaciones teóricas de Frazer (Totemísm and Exogamy, I). Creo, indudablemente, que en una historia de lo fantástico, no podríamos apelar a los mitos. La mitología es una estructura anónima elaborada en el tiempo. Lo fantástico, en cambio, es el mito inventado individualmente. Tiene un autor conocido.

9 mayo 2015 Posted by | JUAN-JACOBO BAJARLÍA | | Deja un comentario

TEORÍA Y PRÁCTICA DEL MONSTRUO, por Leopoldo Marechal

Prólogo al libro “HISTORIAS DE MONSTRUOS de Juan-Jacobo Bajarlía.

 

Juan-Jacobo Bajarlia

Juan-Jacobo Bajarlia

La construcción de un monstruo, concebida y realizada por él arte o la ciencia, es un quehacer legítimo de los humanos cuando el monstruo responde a una “necesidad’ previa y a una “meditación” consiguiente a dicha necesidad: lo que no se tolera nunca es un monstruo que nace de la casualidad, por una incompetencia del artífice o del científico. ¿Qué necesidades pueden llevar al hombre hasta la construcción de un monstruo? Desde los tiempos más antiguos la metafísica debió acudir a la invención de criaturas monstruosas para simbolizar las “causas” primeras o segundas y sobre todo sus mutuas incidencias en el orbe creado, lo cual requiere una combinación de formas distintas en un solo animal. De tal modo, la Esfinge del tebano Edipo, el Querub del profeta Ezequiel o cualquiera de los monstruos que lanzó la mitología no son al fin sino claves esotéricas o símbolos metafísicos de lectura fácil para el que conoce las leyes de tal idioma.

Sin embargo, hay otros monstruos de creación humana que no responden a esa vieja necesidad metafísica: son los que inventó, inventa e inventará el hombre para manifestar una “extensión posible” de su propia naturaleza, tanto en el bien como en el mal, o una “puesta en acto” de sus virtualidades luminosas u obscuras. La construcción de un robot no expresaría, en última instancia, sino el anhelo que siempre tuvo él hombre de vencer sus conocidas limitaciones en él tiempo, en él espacio, en la fuerza física o en él poderío intelectual. Por ejemplo, un “cerebro electrónico” (que al fin de cuentas no es otra cosa que una útil monstruosidad) realiza el sueño de extender hacia lo indefinido una potencia de cálculo tan limitada como la del hombre. De igual modo, y en la esfera de lo demoníaco, un genio signado por la maldad concentrará en un monstruo de su invención toda la potencia de su furia destructora. Hoy día la ciencia, al admitir como posible la habitabilidad de otros mundos por seres inteligentes, estimula la imaginación de la “fanta-ciencia” que se ha lanzado a la creación de monstruos en hipótesis que obedecen a dos tendencias anímicas diferentes: si la tendencia es optimista, los monstruos extraterrestres han de ser portadores sublimes de una luz que nos falta y de una paz que no tenemos; si la tendencia es pesimista, serán monstruos crueles y de técnicas avanzadas que aspiran a dominarnos o destruirnos. La misma ley de “necesidad” actúa en todos los casos.

El presente libro de Juan Jacobo Bajarlía responde al segundo linaje de monstruos que acabo de referir. Al tratarlos, Bajarlía se nos presenta como un “zoólogo” de la monstruosidad en tanto que ciencia: él ha rastreado en la historia de ayer y en la de hoy las huellas plántales de esas criaturas que ha engendrado el hombre como paradigmas de sus ensueños o delirios. Pero Bajarlía, además de un erudito en la materia, es un artífice que ha instalado su Museo con la gracia viviente del arte.

Buenos Aires, mayo de 1968

Leopoldo Marechal

Leopoldo Marechal

 

23 octubre 2013 Posted by | JUAN-JACOBO BAJARLÍA, LEOPOLDO MARECHAL | , , | Deja un comentario

EL COLOR CON QUE ATARDECE, poemario de Ricardo Rubio, por Alberto Luis Ponzo

Ricardo Rubio “El color con que atardece”. Tapa de la segunda edición (2004). Arte de tapa de Mónica Caputo.

 

Alberto Luis Ponzo

CONTRATAPA DE LA PRIMERA EDICIÓN por Alberto Luis Ponzo.

Si una breve apreciación acerca del trabajo poético puede parecer poco valorativa, al adelantarse algunas líneas expresivas o formas de mayor gravitación, en el caso de “El color con que atardece” sería arriesgada una tentativa de interpretación que no dejara lugar a las diversas experiencias  literarias de Ricardo Rubio (ensayo, narrativa, filosofía y teatro). Todo esto es lo que respalda, y acaso condiciona, la tónica de un libro que reafirma, no sólo una sostenida unidad poética, sino la presencia indiscutible de quien, con obstinación y  profundidad, ha dado el acento más destacable a una nueva generación.
Puede fijarse en los comienzos de la década del ochenta una patente renovación del lenguaje, con la visión de un mundo cambiante, cruzado de   conflictos, quebrado en sus ideales y en las mismas entrañas de toda representación como valor humano. Dentro de este marco “sentimos el corazón en la punta de los dedos”, escribe Ricardo Rubio;  “Inermes, nuestros brazos no retienen el alba”. O “nacemos para ir perdiendo la luz de las estrellas”. No abstante la devastación o el vaciamiento de los simples e imaginarios destinos del ser en este universo, puede haber salvación y, desde luego, un sentido mayor para todo quehacer artístico.
Ricardo Rubio se pregunta: “¿Dónde la magia, el sitio sagrado, el encantamiento? ¿Dónde ahora la belleza?” La respuesta está quizás no lejos de cada uno de nosotros. El autor de este libro, más allá de “Historias de la flor”, “Arbol con pájaros” o “Simulación de la rosa”, algunos de sus anteriores poemarios, abre aquí distintas posibilidades. Diálogos,  interrogaciones, a manera de una despojada búsqueda de  verdades absolutas, haciendo de “El color con que atardece” una obra, en esencia, ética y plena de imágenes reveladoras de una época donde el hombre “puede helarse de infortunio”.

                                                                                                                                             Alberto Luis Ponzo

COMENTARIOS EN CONTRATAPA DE LA SEGUNDA EDICIÓN:

Graciela Maturo

Graciela Maturo: No nos asombra que preceda al libro un texto preliminar con un epígrafe del Panchatantra. Toda la poesía de Rubio nos ha venido preparando para este encuentro con la sabiduría milenaria de los textos tradicionales. Ahora ve al hombre como el guerrero sagrado que cumple su destino de vértigo, lucha y amor. Reflexiona una vez más sobre las limitaciones de la raza, en la legitimación del saber poético, donde se encuentran sus íntimos personajes: el niño guerrero y el escriba nocturno. Estamos en la instancia que Martín Heidegger ha llamado Die Kehre, el retorno del hombre a su origen, y la vuelta del Ser al hombre. Me hace feliz dar la bienvenida a este libro de Ricardo Rubio y compartir la aventura metafísisca de su poesía.

 

Elvio Romero


Elvio Romero: Son estos versos de Rubio un diálogo con el destino, una canción a lo que la vida tiene de desolado, y hago suyo el acento de la musicalidad que casi no se encuentra en la poesía de hoy. El color con que atardece es uno de los pocos libros que reúnen la melancolía, la exhortación, la reflexión y la honda musa, y tanto puede ser cantado como estudiado. Héroe y escriba, joven y anciano, son circunstancias que tocan al hombre, al poeta o al hermano, un momento y un lugar que sirven a la metáfora para remontar el vuelo.

.

.

Juan-Jacobo Bajarlia

Juan-Jacobo Bajarlía: Ricardo Rubio recrea los mitos, trata de ordenar el futuro como ese Tiresias de T. S. Eliot en “El sermón de fuego” de La Tierra baldía (III, vv. 218-220), o como ese Hanrahan de The Power (1928), de William B. Yeats, quien ebrio o sobrio irá por el alba para limpiar las lacras o las cenizas que alimentan a los humanos. La poética sonora de Rubio busca en la dimensión de esos seres míticos, que son el Guerrero y el Escriba, la elevación del hombre y la expurgación del cosmos, sabe que el mundo es un ser perecedero que morirá para rehacerse una y mil veces, como ya lo había intuido Zenón de Citio en el S. IV a. de J. C.

Juan-Jacobo Bajarlía

Ricardo Rubio

PRELIMINAR del poemario  (por el autor)

Tres tipos de hombres recogen
los dorados frutos de la tierra:
el héroe, el sabio consumado
y el que sabe servir.
Panchatantra, Libro I, sloka 45.

La vida no debería ser un simple entrenamiento físico para el tránsito, el trabajo y la final conquista. El niño que deviene hombre siente que su esencia de guerrero lo conduce hacia el vértigo, hacia la lucha y hacia la mujer. Un impulso primario de posesión alude a los elementos que la vida impone a sus individuos desde la oscuridad. El guerrero se desarrolla afín al camino y se perfecciona en la maestría de alguna especialidad, pero la presencia del niño en el núcleo de su ánima no desaparece, es el cimiento de un edificio que ha sumado altura con los años, son los  extremos de un mismo ser, distantes en tiempo y en templanza, que se bifurcan, que se dividen con una virtual cariocinesis que los enfrenta: uno, con las dudas y los deseos que la esperanza sembró en su alma; otro, con la sabiduría que el trayecto le ha ofrecido, roces a través de la niebla de la existencia. Así, el pasado intercambia ideas con el presente.
El racionalismo no admitirá jamás la idea de un propósito que invade las zonas más oscuras de la emoción, no validará una bilocación que atiende a la necesidad de aprovechar cada momento hasta el agudo. Convengamos que el niño guerrero y el escriba nocturno se encuentran dentro de una idea, en medio de un sueño que no pretende ser concepto ni metáfora —a pesar de las afirmaciones casi vehementes a lo largo del poema—, un lugar entre la tierra y el cielo. Ni el uno ni el otro aspiran a ser representaciones sensibles, sólo arrullan un sentido de oposición en cuanto a las formas de mirar y de sentir de un joven en vilo y de un anciano templado.
El hombre regresa al lugar de sus orígenes o muere solo. Su vida tiene algunas victorias y algunas derrotas, y con ellas, risas y lágrimas. Vuelve alguna vez al lugar donde nació y creció. Vuelve a la figura del padre, acaso él mismo, ya viejo y sabio. Esa doble identidad permite al mayor de los hombres el conocimiento absoluto del otro, pues no sólo lo contiene, sino también entrevé su devenir. Este conocimiento no otorga las ventajas que a primera vista parecen intuirse, solamente insinúa un remanso, un estadio de tranquilidad, cuando los recuerdos que vuelven al guerrero tocan los sueños del pasado. A raíz de la catarsis, cobra nuevas fuerzas y vuelve a las fricciones, como debe ser.

Ricardo Rubio

* “Mejor Libro del Mes” por la revista Daphne dirigida por Gustavo Soler (2003).

* Mención Especial Única de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, bienio 2002/2003 (2009).

* Segundo Premio “Ariel Bufano” a la versión teatral (El escriba nocturno), otorgado por la Universidad de Morón (2004).

 

20 noviembre 2011 Posted by | ALBERTO LUIS PONZO, ELVIO ROMERO, GRACIELA MATURO, JUAN-JACOBO BAJARLÍA | , , , , , , , | Deja un comentario