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EL SENTIMIENTO DE PARTICIPACIÓN CÓSMICA EN LA POESÍA DE JUAN L. ORTIZ, por Graciela Maturo

(En la ACADEMIA NACIONAL DE CIENCIAS DE  BUENOS AIRES. XXIII Encuentro  de Fenomenología y hermenéutica. 18 a 21 de septiembre de 2012)

Graciela Maturo

Graciela Maturo

Me propongo, en este breve trabajo, ahondar en  la palabra del poeta entrerriano Juan L. Ortiz en la intención de perfilar una actitud  que se presenta como constante en su obra poética; se trata del sentimiento de participación cósmica, que relaciona al sujeto–amante con las formas del mundo, e impone a la vez un cierto anonadamiento del sujeto. He pensado en reflexionar sobre  esta actitud a la luz de las consideraciones de Max Scheler y  María Zambrano sobre la afectividad y sus modos.

Al mismo tiempo, entiendo que a partir de esta consideración particular – enfocada en dos poemas de Juan L. Ortiz – podríamos arribar al reconocimiento de cierta constante poética, verificable en distintos autores y momentos de la cultura.

Juan L Ortiz

Juan L. Ortiz

Juan L. Ortiz es una figura emblemática de la poesía argentina. Nació en Puerto Ruiz, localidad próxima de Gualeguay, en la provincia de Entre Ríos, en 1892  y  murió en Paraná en 1978, a los 86 años.  Residió algún tiempo  en Buenos Aires en la década  del 30, pero ante el ofrecimiento de un puesto estable prefirió volver  a Gualeguay donde ocupó  un modesto empleo en el Registro Civil, que luego presidió,  y en el 42 pasó a vivir en Paraná.  Su obra, no muy cuantiosa, fue publicada en ediciones hoy inhallables, reunidas en antologías y en  póstumas Obras Completas  por una editora de Rosario y por la Universidad del Litoral.  Su figura se ha hecho familiar a varias generaciones de poetas, que en muchos casos solo conocen poemas sueltos o anécdotas de su vida.

Fue maestro de los poetas del 40, y en especial de los entrerrianos Alfonso Sola González, Carlos Alberto Álvarez, Reinaldo Ros, Carlos Alberto Ruiz.  Su adhesión a la Revolución Rusa – y más tarde a la Revolución China-  aunque no se exprese  centralmente en su labor poética, lo ha preservado del olvido en que quedaron otros poetas de su generación.

Intentaré asomarme a la obra de Juan Laurentino Ortiz – que ocupa una decena de volúmenes, de mediana o breve extensión – a través del escolio de dos poemas.

2.- Transcripción  y comentario fenomenológico-hermenéutico de los  poemas:     “Fui al río” (de El ángel inclinado, 1938); y “Rosa dorada” (de El álamo y el viento, 1947)

        

 “Fui al río”

1        Fui al río y lo sentía

2        cerca de mí, enfrente de mí,

3        las  ramas tenían voces

4        que no llegaban hasta mí.

5        La corriente decía

6        cosas que no entendía.

7        Me angustiaba casi.

8        Quería comprenderlo,

9        Sentir qué decía el cielo vago y pálido en él,

10      con  sus primeras sílabas alargadas,

11      pero no podía.

 12      Regresaba.

13      -¿Era yo el que regresaba?-

14      en la angustia vaga

15      de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.

16      De pronto sentí el río en mí,

17      corría en mí,

18      con sus orillas trémulas de señas,

19      con sus hondos reflejos apenas estrellados.

20      Corría el río en mí con sus ramajes.

21      Era yo un río en el anochecer

22      y suspiraban en mí los árboles

23      y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.

El ángel inclinado

El ángel inclinado

 

La primera persona, sostenida en todo el poema, nos pone en presencia del sujeto lírico – como suele llamarlo la crítica literaria – que por mi parte identifico en este caso como el sujeto personal sin que esto signifique  recoger todas las contingencias empíricas de ese sujeto.

Ese yo habla  de su relación personal con el río, convirtiéndolo en un sujeto designado a través de un complejo imaginario percibido en el acto de contemplación. Versos 1 y 2: Fui al río, y lo sentía / cerca de mí, enfrente de mí. Ese complejo abarca río, ramas, corriente, cielo, tiene atributos y protagoniza acciones que se relacionan con ese yo contemplativo, herido por la belleza.

Veamos brevemente esas acciones y atributos:

las ramas tenían voces (3)

La corriente decía (5)

 

Y aparece un segundo sujeto que se fusiona con aquel, habla en él, el cielo.

[Yo quería comprender] lo que decía el cielo vago y pálido en él,

con sus propias  sílabas alargadas (versos 9 y 10)

 

El río habla, se comunica aunque el hablante no pueda comprender ese mensaje que  en él  dice el cielo vago y pálido. Ahora es el cielo el que habla en el río, y se agrega aún  con sus propias sílabas alargadas, adensándose el peso de ese mensaje incomprensible.

Estos primeros once versos nos han puesto ante la situación vital que será explicitada en los 4 versos siguientes, 12 a 15,  de tono narrativo:

 

 Regresaba

-¡Era yo el que regresaba?-

en la angustia vaga

 de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.

 

Obra completa

Obra completa

La pregunta (v.13)  roza el tema de la identidad personal,  insinuándose su transformación.   Y también se nos entregan otras notas que atañen al sujeto lírico: la vaga angustia, y el sentirme solo ante las cosas últimas y secretas. Este verso, que agrega la soledad, incluye  evidentemente una interpretación y una valoración de aquello que ha generado  vaga angustia: las cosas últimas y secretas.  Antes de que nosotros otorguemos a esta experiencia un carácter místico o sobrenatural, el poeta adelanta su propia evaluación: se encuentra solo ante cosas últimas y secretas. Ha sido netamente definido un horizonte mistérico, casi de carácter ritual, no racionalmente explicable.

Entramos ahora en una  segunda parte, (16-24) y me  permito  considerarla así  por el visible acceso del verso  a un ritmo regular que le confiere musicalidad y fuerza expresiva:

 

De pronto sentí el río en mí

Corría en mí

Con sus orillas trémulas de señas

Con sus hondos reflejos estrellados

 

La leve y difusa musicalidad de la primera parte del poema, apoyada en asonancias  y ritmos irregulares  (un pie métrico  de cinco sílabas  que se pierde o reaparece en un aire de fuga y ahora es retomado: corría en mí )  se convierte ahora en un ritmo estable, con  la repetición  de los endecasílabos de similar estructura (18-21)  acompañando  la fuerza expresiva de las imágenes.

El sujeto río y el sujeto que lo contempla son uno y el mismo:

 

sentí el río en mí, / corría en mí.

Los dos versos endecasílabos que siguen complementan la afirmación:

 con sus orillas trémulas de señas,

 con sus hondos reflejos apenas estrellados.

 

La intensidad poética de la estrofa culmina en los dos endecasílabos siguientes, que marcan el clímax del poema:

 

Corría el río en mí con sus ramajes.

Era yo un río en el anochecer

 

complementados por el verso 22: y suspiraban en mí los árboles, en que el ritmo cambia y la intensidad desciende. Un análisis más afinado deberá destacar la rima en i tónica que también es interna al verso.

Llegamos a los dos últimos versos del poema, formados ambos por hemistiquios de siete sílabas, armoniosamente conjugados, que hacen un cierre de clásico equilibrio, enfatizado por el tono exclamativo:

 

y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.

 ¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

 

También anotamos, en el penúltimo verso,  el retorno de la rima en i tónica, de la primera parte del poema,  lo cual otorga al conjunto un aire de canción.

Juan L. Ortiz ha logrado comunicar, con transparencia que impide aceptar  categorías retóricas como las de sujeto poético intermediario, las instancias de una experiencia sensible, afectiva y valorativa que podría ser asimilada a una experiencia mística, pues se trata de una fusión con la naturaleza  en un acto de particular entrega que se produce en el ámbito del Ser.

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13 septiembre 2013 Posted by | GRACIELA MATURO, JUAN L ORTIZ | , | Deja un comentario