EPANADIPLOSIS

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APORÍA Y CREACIÓN, por Julio Bepré

Henri Bergson

No existen razones valederas para enjuiciar la interacción que se produce entre las funciones superiores del espíritu, las cuales derivan en un conjunto de ideas y valores que conforman la cultura de una sociedad en un momento preciso. Y es la realidad toda la que da potencia, contenido y dirección a dicha imbricación; se relacionan así el arte, la ciencia, la filosofía y la religión, aportando los enlaces que de hecho se producen en cada una de estas actividades. Se trata entonces de advertir propicias relaciones y no, por cierto, cómodas síntesis o falsas identificaciones. Contando con la fiabilidad que resulta de saber que el hombre es tal por su lenguaje articulado, y éste una condición implícita en aquel, podemos, por ejemplo, distinguir la diferencia existente entre un desarrollo literario y otro científico, advirtiendo además las distancias respecto de las modalidades propias del lenguaje común, que sólo procura la satisfacción de necesidades inmediatas por medio de un mero despliegue práctico y repetitivo de usos, locuciones y modos. Respecto a las actividades superiores del espíritu, cabe destacar que ellas son consecuencia de innúmeras vivencias, atisbos, intentos y también rectificaciones que a la postre posibilitarán resultados valiosos en sí mismos aunque –quizá más en lo artístico y científico– provisionales y aproximativos en sus alcances ¿Existió acaso una obra de arte, un descubrimiento o una elaboración científica que pueda haberse calificado como un logro de méritos y secuencias definitivos? ¡Cuán diferente resulta en su formulación y conclusiones la física newtoniana de la actual! ¿No ha debido la teología y la misma metafísica receptar en los actuales tiempos las aportaciones provenientes, por ejemplo, de la astrofísica o de la ingeniería biológica? ¿No ha sido necesario admitir casi por sentido común que los contenidos bíblicos no importan secuencias enteramente fácticas, sino que los mismos son una utilización de mitos y géneros expresivos de los que se ha valido el autor para exponer llamamientos inspirados y con la sola y alta intención de expresar la relación trascendente que existe entre la persona y su Creador?

Aldus Huxley

El conocimiento es un resultado de las aportaciones provenientes de la realidad interior o exterior que circunda al hombre y que a éste le es dable receptar, lo cual se desarrollará en medio de inveteradas disociaciones como lo fueron en el desarrollo del pensamiento aquellos conceptos revestidos de bipolaridad como el cuerpo y el alma, la sensibilidad y la razón, el valor o el disvalor… (1). Afirmó Bergson que el quehacer humano, en definitiva, instala en la diversidad que se le presenta un orden mayor o menor, siempre saneable porque proviene precisamente de él mismo. (2). En cuanto al arte cabe igualmente expresar que su historia da cuenta de vaivenes periódicos en sus contenidos y derivaciones: de una pintura casi exclusivamente “representativa”, se llega a concreciones que sorprenden por sus connotaciones: piénsese, como significativo modelo, en el Guernica de Picasso; piénsese en la admisión de esa “alquimia” de las palabras pregonada por Rimbaud, y no una reiterada acotación a situaciones tratadas -aunque sin desconocer aciertos- mediante canónicas e imperativas destrezas compositivas. Porque en la lírica actual no se busca tanto la incidencia poética en la persona del autor, sino precisamente en una sostenida operación sobre la creación misma. Y en la narrativa se ha prescindido en buena medida del acontecimiento y de los seductores e imprevistos desenlaces para acoger, como lo sostuvo Borges, apenas la espera del asombro. Pareciera que son distintas y hasta opuestas las buscas poéticas de aquellas científicas, pero ambas tienen de común que requieren una eficacia que actúe al menos sobre el presente. Es que, en definitiva, todo acto libre implica la existencia de una iniciativa y un proceso eminentemente creadores, e investir la calidad de creador exige utilizar lo que otros ya lograron y tienen a su disposición, pero trascendiéndolo con nuevas derivaciones y posibilidades. Se trata de una capacidad dirigida a sortear las reglas y amojonamientos existentes para seguir a un llamamiento interior. Pero cuando se avanza tentando en un impulso irrefrenable para lograr una significación, no existen normas que nos aseguren el camino por el cual se debe andar (3). Volviendo a la esencia “linguístca” del hombre conviene que reiteremos que la poesía es un apartamiento de la rémora espiritual y expresiva que acrece y limita a la sociedad y al individuo, y este transgresivo proceder puede ser más o menos claro u oscuro, pero nunca podrá carecer de significación actual y ulterior. Agregado a esto cabe también resaltar que los mecanismos del placer y aprehensión estéticos son procesos psico-espirituales todavía no suficientemente esclarecidos.

Claude Tresmontant

Y conste que el apartamiento apuntado debe sostenerse cualitativamente y considerase extraño a toda intención cuantitativa. Respecto al grado de claridad de tal apartamiento, no debe olvidarse que el acceso a un texto poético es posible que se realice empañado por prejuicios o por una deficiente lectura; será entonces conveniente recurrir a una insistencia que vincule lo racional con la posibilidad sensible y emocional de quien intenta incorporarlo a su persona. Y por ello no siempre la inaccesibilidad de un texto es culpa del mismo sino de alguna falencia extraña, no pudiendo entonces imputarse con ligereza deficiencias en su calidad, lo cual también corresponde admitir respecto a un escrito científico. Así como existe una educación musical del oído, por ejemplo, es dable pretender lo mismo para la intelección poética. Lo valioso implica un camino previo y ascendente. Finalmente las diversas obras humanas acabarán sometidas al cedazo radical e inevitable que impone el tiempo. Parece que hoy como nunca se ha podido alcanzar un allegamiento hondo con la realidad y, a su vez, nunca la cultura estuvo tan urgida para enervar la banalidad evidente que ofrece el mundo actual por la ausencia manifiesta de una ética en las aplicaciones de la tecnología, además de aquellas incidencias criticables de los medios masivos de comunicación, y de la inequidad impuesta por un capital deshumanizado, cuando no el arbitrio que vulnera los valores más básicos atinentes a la dignidad humana. Nos place concluir con una reflexión de Aldous Huxley: El pensamiento es torpe: la materia inconcebiblemente sutil. Las palabras son pocas y sólo pueden ordenarse en ciertos modos convencionalmente fijos; el contrapunto de acontecimientos únicos es infinitamente amplio, y su sucesión infinitamente prolongada. Por la mera naturaleza de las cosas, es imposible que el lenguaje purificado de la ciencia o aun el más finamente purificado lenguaje de la literatura, puedan adecuarse a la inmediatez del mundo y de nuestra experiencia. Aceptemos de buen grado el hecho, y avancemos juntos, los hombres de letras y los de ciencia, cada vez más lejos, hacia las regiones de los desconocido, cada vez más amplias (4). 

Julio Bepré

   Julio Bepré

(1) Ciencia del universo y problemas metafísicos, Claude Tresmontant, Herder , Barcelona, 1978.

(2) Pensamiento y movimiento, Henry Bergson, Aguilar, Madrid, 1963.

(3) Libertad, creatividad y descubrimiento científico, Ernan MacMullin, en La Libertad y el hombre, Paidos, Buenos Aires, 1965.

(4) Literatura y ciencia, Aldous Huxley, Sudamericana, 1979.

20 julio 2011 Posted by | ALDUS HUXLEY, CLAUDE TRESMONTANT, ERMAN MACMULLIN, HENRI BERGSON, JULIO BEPRÉ | , , | Deja un comentario

ARTE Y EXISTENCIA, por Julio Bepré

Julio Bepré

Es sabido que no existen dos seres que frente a una determinada situación respondan con sentimientos y percepciones idénticas. Éstas son en cada caso individuales y supeditadas a las circunstancia de cada persona y a los usos, costumbres y conformaciones institucionales que se manifiestan en la sociedad. Además la transmisión de intereses, vivencias o ideas –estas mismas líneas que algo pretenden enunciar– no podrán nunca tener una total precisión o complexión adecuada a lo que se ha deseado expresar. Seguramente cuando alguien profiere un auténtico Te quiero, esta afirmación llegará a quien se la destina menguada en su intensa plenitud y matices.

El hombre es una realidad no recluida sino dialógica; necesita de los otros para poder vivir, y esto que parece evidente, no es siempre asumido con la trascendencia que implica. Además aquel posee y es a su vez definido por el lenguaje, y ello le hace posible insertarse en un mundo que conlleva la comunicación en sus niveles coloquiales, discursivos o expresivos, la cual se condensa y ubica en forma residual a través de las generaciones.

No cabe duda de que el hombre es un peregrino afirmado en una estructura interrelacionada -cuerpo, alma y espíritu- la que a su vez se manifiesta con una implicancia unitaria (1). Precisamente la vicisitud actual por la que atravesamos ofrece la intrusión de concepciones cuestionadoras o desentendidas del espíritu; mas el hombre no es pura recepción de pulsiones diversas puesto que lo humano deberá afirmarse siempre en la evidencia de su libertad –sin desconocer el hecho de que ella suele estar aminorada y hasta negada por causalidades e imposiciones asaz perversas. Y es merced a su libertad como el hombre puede avizorar a los valores para aprehenderlos y realizarlos, aun en medio de la relatividad apuntada. Es que los vivientes estamos envueltos en dos incógnitas primordiales: “de donde” y “hacia donde”, y son justamente ellas las que motivan la busca de los valores (2).

No obstante esto, acaece siempre que todo se envuelve y presenta en realidades genéricas; precisamente a través del arte se podrán superar los márgenes de tal restricción. Un poema, por ejemplo, o una música o una pintura tendrá el laboreo y la base vivencial de quien la creó, pero la misma será distinta a la del lector, oyente o contemplador. Y esto resulta así porque la obra de arte extiende y multiplica los sentidos. Es en el encuentro y frecuentación con ella como se afinan y afirman las apetencias estéticas, sin que ello implique considerar necesaria la erudición para que ello ocurra.

El ser humano, pues, se encuentra implantado en una realidad axiológica: a cada momento debe responder a sus llamados aunque no esté totalmente consciente de ello. Por otra parte si la aprehensión de los valores estéticos o de cualquier orden fueran absolutos, no necesitaríamos de ninguna manera el arte. Quizá seríamos como Adán en el Paraíso antes de la caída; no existiría disminución alguna en la excelencia de una creación o percepción o sentimiento (2).

Si consideramos el hecho de que alguien se vanagloriara por su obra considerada por él como “admirable”, será correspondido sólo porque está lograda y no por aquella fatua creencia. Como lo hemos referido, no existe el logro humano perfecto: nos podremos acercar a una incompleta perfección la que no podrá investir la cualidad de una ouvre de totalidad trascendente.

Con gran acierto W. H. Auden afirmó que no es advertible nada peor que un poema –o cualquier obra artística– en el que su autor se embelese por considerar que ha creado algo de máxima entidad. Y lo citamos textualmente:

W. H. Auden

No hay nada peor que un mal poema cuya intención era ser grande (…). Ante el público alguien es un poeta si escribió un buen poema. Ante sus propios ojos, un poeta sólo lo es si está corrigiendo la última versión de un nuevo texto. Antes de eso era apenas un poeta en potencia; después es alguien que dejó de escribir poesía quizá para siempre(3).

Y corresponde destacar que en el caso del poeta, el mismo utiliza el lenguaje no en función coloquial (propio de la rutina diaria), ni discursivo (propio de la actividad científica), sino de una apetencia expresiva que implica un sentir, un querer y un pensar, en desafío con cualquier realidad adocenada. (Hemos consignado en anteriores reflexiones y lo reiteramos ahora, la profunda aserción de Eugenio Montale: El problema del poeta es arribar adonde ni las mismas palabras llegan). Por otra parte todo ser humano se encuentra constantemente requerido por la carga urgida de sus necesidades inmediatas asociadas necesariamente con la utilidad. Todo arte, en cambio, es en su esencia gratuito por lo que no conlleva ninguna intención práctica ni meramente lúdica y menos de superficial emotividad.

Las decisiones atinentes a las funciones superiores que distinguen a lo humano, exigen una adhesión total, lo que devengará, si ello ocurre, en un contento por lo creado y por lo que ello significa en el contexto social. Lo gratuito nacido de una creatividad auténticamente valiosa, parece a veces desdibujarse o desaparecer de la realidad que se vive. La tan mentada globalización, la inequidad social, y la indiferencia manifiesta que existe respecto del planeta en el que vivimos, no son fenómenos alejados de la consideración del artista, pues la atención en ellos genera mayor consistencia de su persona, esto es, en el centro de su espíritu.

A ello se agrega la inexorabilidad del tiempo y su advertible aceleración, y la espuria notoriedad que ofrecen los medios masivos de comunicación, que han generado un homo videns desmereciendo las potencialidades que la realidad brinda. Todo ello apuntala una banal transitoriedad alarmantemente extendida.

Y no es dable concluir nuestra rauda reflexión sin acentuar el entramado dialógico del hombre. Decía Paul Valery:

¿Quién esta allí?

Yo.

¿Quién es yo?

Tú.

Y ese es el despertar: el tú y el yo (4).

                                                                                                                                                                      Julio Bepré

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(1) Tratado de filosofía, Johannes Hessen. Trad. de Lucía Piossex Prebisch, t.III, pag. 259, Sudamericana, Bs. As., 1962.

(2) La Risa, Henri Bergson, Trad.de Amalia Haydée Raggio, pág. 115, Losada, Bs.As., 1943.

(3) La mano del teñidor, W.H. Auden, Trad. varios, Adriana Hidalgo, pág. 61, Bs. As., 1999.

(4) Cit. en obr. ant. pág. 129.

23 junio 2011 Posted by | JULIO BEPRÉ | , | Deja un comentario

DECORACIÓN O DESTINO, por Julio Bepré.

Julio Bepré

Es indubitable que el hombre es una entidad colmada de fines; continuamente se hace proposiciones y se encamina hacia algunas, rechazando otras tantas. La elección, dudas, y el sacrificio por algo que se pretende concretar forma parte de lo humano, y es advertible en ello la incidencia recíproca que tienen lo individual y lo colectivo. El fenómeno de la especialización es también una nota propia del hombre y apunta a sus numerosas necesidades: es por una libre decisión o compelido por distintas motivaciones, como se opta por realizar algo, lo cual estará a su vez determinado por las circunstancias vitales más inmediatas. De una forma elegirá (si es que puede) el mísero habitante de una aldea africana, en tanto corresponderá otra muy diversa a quien se encuentra inserto en una sociedad de consumo.

Hay distintas visiones, si no totalmente negativas, al menos escépticas sobre la sustantividad humana, y la historia abona tales estimaciones. Resalta la crueldad que se desplegó en el cercano siglo XX, y ni qué decir del ímpetu destructivo que envuelve hoy a toda la humanidad. Indudablemente hay conflicto, desconocimiento, negación y hasta rechazo de los valores atinentes al espíritu, de aquellos que sostienen la dignidad que corresponde a todo hombre como tal.

La religión, la filosofía, el arte en general y la poesía en particular, devuelven al viviente la certidumbre de que la existencia tiene un sentido trascendente y de comunión con el resto de los seres. El infierno son los otros, se afirma en una obra de Sartre, pero en ello existe una total aceptación de lo absurdo, del sinsentido, de la inanidad de un mero vivir sin ninguna referencia enaltecedora. Y si todo es así ¿qué resulta después? ¿Qué podremos crear, compartir o celebrar?

Si en la presente realidad del mundo no asoma una equilibrada bonanza, muchos hombres, sin embargo, con sus gestos y acciones nos recomponen en alguna medida de las carencias existentes, y entre ellas está la labor del poeta. Pero ¿qué hace este buen hombre? Nada menos que internarse a través del lenguaje en el misterio de la vida y su belleza, para así vislumbrar el núcleo del Ser y aprehender en consecuencia una razón valiosa y verdadera que explicite nuestra humana situación. Esto no implica pretender que la actividad poética suplante la relacionada con otros valores, y menos que sea la solución única que permita enervar la orfandad existencial;  el acto de poetizar, de intentar asir la poesía, implica un salto en el vacío del que no se conoce adónde puede terminar. Quien haya elegido la actividad poética como un recurso para el logro de notoriedad –y sin desconocer que todo buen poema puede avecinarla– ha errado manifiestamente en la opción a la que nos referíamos al comienzo. Afirmó James Joyce que nadie puede ser auténtico artista si no logra en algún momento librarse de la mediocridad ambiental, de los entusiasmos baratos, de las sugerencias maliciosas y de todos los aduladores influjos de la vanidad y la ambición (1).

No se trata de transformar al poeta en un asceta o en un ser diverso de sus semejantes; quien se sienta distinto se alejará aún más de la verdad, y sus resultados expresivos estarán teñidos de puro solipsismo y desconocimiento de lo real. El arte no es algo decorativo; es un desafío que conlleva y exige la plenitud cuando no el buen acomodo de una persona. El poeta debe asumir su rol de creador con la convicción de que hereda experiencias anteriores que enriquecieron el lenguaje del cual se vale, además de aceptar cualquier eventual éxito como una incidencia facticia. La historia acoge sobradas pruebas respecto a esta afirmación.  ¡Cuántos autores lograron apenas con suerte una exigua mención en los manuales de historia de la literatura! Los espacios de poder no son propios del arte y menos de la poesía, además de que ella –como lo expresara René Menard– no promete ni consuela de nada. Quien no acepte la fragilidad de cualquier creación, se engaña a sí mismo, y quien se desangra por obtener alguna distinción o merecimiento, necesita retornar cuanto antes a un conveniente equilibrio psíquico. Si bien el hombre es un haz de posibilidades, la intención de permanecer, de anular el olvido, de conjurar al tiempo, no depende de él, y quien no haya meditado esta evidencia tampoco lleva un rumbo acertado. El poeta no puede estar complacido por ser poeta; debe ante todo sentirse comprometido por ello y, muchas veces, con renuncia de las bondades que quizá provee una existencia más ordinaria. Además la poesía no distrae ni es una suntuosidad del espíritu, sino un intento máximo   para restituirle al hombre las excelencias quebrantadas por la civilización cuantitativa, mecánica y consumista, y de crearle otras nuevas posibilidades de crecimiento interior.

El poeta es un indagador, un buscador, un equilibrista en una cuerda floja, alguien que sabe que deberá alejarse de cualquier canto de sirenas, que debe en cada momento avanzar para acrecentar y prodigar su nobleza. El poeta no debe ser un buen hombre sino un hombre bueno porque la poesía no es decoración sino destino.

Julio Bepré

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The Day of the Rabblement, Dublin, 1901. (Cit. en El silencio creador, Federico Dellclaux, Rialp,Madrid, 1969) .

7 mayo 2011 Posted by | JULIO BEPRÉ, NOTAS | , | Deja un comentario