EPANADIPLOSIS

Libros – Notas – Comentarios

“La música del azar” de Paul Auster, por Carlos Penelas

PAUL AUSTER

Paul Auster

Durante muchos años se entendió por novela “una epopeya en prosa”. Estamos hablando de la novela caballeresca o de la novela realista. Podemos dar diversas definiciones. Una: Albert Thibaudet llama a la novela “antología de lo posible”. Obviamente esta definición excluía a las fantásticas. Otra: André Maurois escribió acerca de la novela: “Nosotros pedimos a la novela un universo de socorros, en el cual pudiéramos buscar emociones verdaderas y encontrar personajes inteligibles y un destino a la medida del hombre”. Maurois nos dice simplemente que la novela aborda un conjunto de sucesos posibles y verosímiles, pero que no siempre son exactos.

La música del azar, de Paul Auster

La música del azar, de Paul Auster

Al leer La música del azar de Paul Auster nos encontramos con casi todos estos signos con fluidez de lenguaje, cierta temporalidad expuesta en paralelismos, hechos cotidianos que nos envuelven con la zozobra del destino o del azar. Lleva, además, desde las primeras páginas, el tópico de las novelas americanas clásicas: un individuo que deja una vida atrás y emprende un viaje sin destino fijo. En esa carretera (donde el ex bombero de Boston escucha a Mozart y a Bach) el camino es la soledad, la existencia hacia lo incierto.
Una obra literaria -lo hemos repetido hasta el cansancio- es un viaje. La Odisea, El Quijote, La Divina Comedia, Veinte mil leguas de viaje submarino, Ulises, La invención de Morel, Pinocchio, Caperucita Roja, El conde de Montecristo, Las mil y una noches, Bola de sebo
En La música del azar vemos las limitaciones de la libertad, el asedio de un mundo, lo aleatorio y la causalidad, el sueño americano, una narrativa que elude las expectativas del lector, una búsqueda incesante donde predomina la espontaneidad y no lo deliberado.
Podemos señalar ciertas fuentes: Kafka, Beckett, Ionesco, Hemingway, London, y en alguna medida Flaubert (Bouvard y Pecuchet) y por supuesto la propia trayectoria de Auster. Es imposible no aludir -por el clima, por la atmósfera, por el desaliento- a Raymond Carver y a Cormac McCarthy.
Creemos que podemos mencionar el final del prólogo de El último lector, de Ricardo Piglia, donde manifiesta: “…lo que podemos imaginar y siempre existe, en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en un sueño”.
Jim Nashe y Jack Pozzi son individuos que se complementan, que se necesitan; ambos llevan la fantasía y la sensibilidad más allá de la razón. Imposible la realidad de uno sin el otro, el destino de uno sin el otro. El lector experimenta también desconcierto al no hallar relaciones directas o lógicas. Pero las hay, están en el medio social, en la actitud psicológica de ellos pero ocultas en alguna medida en una estructura social. Esa carrera nocturna, esa velocidad por el vacío, ese juego de cartas, ese trabajo alucinante de levantar un muro, esos dos millonarios que conocen, genera desasosiego, urgencia, un volver a empezar. Todo esto con ironía, iniquidad, poética parquedad, virtuosismo de expresión.
Entre las lecturas sesgadas que es imprescindible realizar se encuentra el mundo femenino: el de Auster es similar al de Raymond Chandler; análogo al de muchas novelas policiales. Ellas destruyen el valor y la integridad del varón, las mujeres prostituyen. Marlowe vive solo y toma whisky. Jim y Jack se relacionan con prostitutas o con una esposa que lo abandona, como en el caso de Jim.
Esta significativa novela contemporánea nos lleva a analizar lo subjetivo, el auge de la arbitrariedad, la hegemonía del subconsciente. Detrás, sospechamos, las vigilias armadas, los genocidios, la agonía, las guerras, las crisis económicas. Una literatura de esta magnitud posee lirismo pero también una simbología que obliga al ser humano a mirar su mundo interior con la misma avidez que observa y considera el exterior.
Esta angustia no paraliza la acción, la promueve. La angustia es parte del camino, de la elección. No hay amor en sí, los otros son parte de mi existir. Tal vez debamos retomar a Sartre: “Sin libertad no hay responsabilidad; sin responsabilidad no hay literatura”.

Carlos Penelas

Carlos Penelas

Carlos Penelas
Buenos Aires, abril de 2014

 

12 abril 2014 Posted by | CARLOS PENELAS, NOVELAS, PAUL AUSTER | , , | Deja un comentario

EL PROFESOR DE AJEDREZ, novela de Victorio Veronese

EL PROFESOR DE AJEDREZ DE VICTORIO VERONESE

 Por Margarita Ferrer

Victorio Veronese

Victorio Veronese

La novela siempre ha sido un género difícil de delimitar, sobre todo a partir de la narrativa desarrollada en el siglo XX, cuando el género busca otras formas de expresión y otra manera de narrar. Uno de los rasgos que la caracterizan es precisamente la complejidad, no solamente en las líneas de acción que se tienden en la historia sino también en las problemáticas de los diferentes personajes, en la estructuración temporal de la historia y,  fundamentalmente, en la invención de una trama. La trama es- como afirma Paul Ricoeur- el medio privilegiado para reconfigurar la experiencia temporal. Y es a través de una trama que  los acontecimientos diversos y dispersos adquieren la categoría de una historia.

En la novela El profesor de Ajedrez del escritor  Victorio Veronese- publicada este año en Buenos Aires por Ediciones de La Luna Que (119 páginas)- nos encontramos con una trama que se despliega ante los ojos del lector como una partida de ajedrez, en la que los contrincantes son, en primera instancia, el narrador y el receptor. Un narrador que podemos claramente identificar con el profesor de ajedrez, aunque la persona gramatical no siempre coincida.  Y un lector que va jugando sus piezas, avanzando y retrocediendo en historias de vida construidas en el espacio de la escritura.

La lectura de la novela nos deja la impresión de estar sumergidos en la exhibición de una serie de estrategias destinadas, como en el ajedrez,  a “derrocar” al adversario. Es esa misma tensión de contrarios del juego de ajedrez que se advierte en la lectura de la novela, cuya historia está  atravesada,  esencialmente, por situaciones binarias de opuestos planteadas desde el inicio del relato: el “ negro de mierda” y el rubio  de la zona norte de Bs. As; el ateo y el creyente; el hombre y la mujer en la intersección de sexo y violencia; la prosa y el verso para expresar un mismo acto sexual; en fin Eros y Thanatos, las dos pulsiones fundamentales de la existencia, la de la vida y la de la muerte.

EL PROFESOR DE AJEDREZ de Victorio Veronese

EL PROFESOR DE AJEDREZ

Hay un presente histórico argentino, y también  un pasado que se entrelazan con las conversaciones de los personajes que viven en Buenos Aires, en un espacio geográfico concreto y en donde hay una clara posición  político-ideológica tomada.

En la contratapa del libro, su autor, Victorio Veronese afirma:

La soledad del lector o lectora, ¿con qué se va encontrar en El profesor de ajedrez?. Con las eternas preguntas del porqué del Universo y del ser humano en él, con un erotismo a veces violento a veces tierno, dulce,  siempre oponiéndose a Thánatos, porque Eros sabe que es el único que lo ofende.

¿Con qué se va encontrar la lectora o el lector de El profesor de ajedrez?. Con Arlt, con Borges, con Tomás Alva Negri, con Perse, con Jorge Smerling, con Henry Miller, con la Jelinek, con Videla, con Massera, con Allen Ginsberg, y tantos otros.

Con Maradona frente a Winston Churchill.

Con Bobby Fischer que escupe un telegrama que le envió el Departamento de Estado… y con mi soberbia.”

Margarita Ferrer

Margarita Ferrer

“El Tiempo” de Azul, 15 de septiembre de 2013

 

23 septiembre 2013 Posted by | MARGARITA FERRER, NOVELAS, VICTORIO VERONESE | , , , | Deja un comentario

Comentario sobre “Crónicas de un legado hermético” de Ricardo Rubio

Crónicas de un legado hermético

Crónicas de un legado hermético

Comentario sobre la novela

Crónicas de un legado hermético de Ricardo Rubio

                                                             por Diego García

Ante todo, Ricardo, fue un enorme placer la lectura de esta novela. Calculé tomarme una semana para ello y en sólo dos días la había terminado. Ahora que han pasado varios días más de reflexiones y relecturas, comparto con usted estas notas, una modesta lectura de su obra.

Uno de los temas es la poesía. La poesía en relación/tensión con el lenguaje comunicativo, y a su vez, la cuestión de la traducción como un acto que evidencia los límites de la lengua (pareciera existir en este punto la postulación de una lectura profunda posible de superar la materialidad de los signos para captar cierta esencia más allá de lo idiomático). Lo poético aparece incluso en la propia textura narrativa, entendido como una manera de mirar y de pensar el mundo; en frases como ésta por ejemplo: “Ahora sólo recuerdo su espalda achicándose tras la luneta de un taxi en la noche del adiós”. Para los Kankaás el lenguaje poético es la forma suprema de la comunicación y del pensamiento (evidente en la traducción de cada piedra): “La poesía es sin duda la vanguardia del razonamiento humano”. Creo que esta idea sostiene a la novela toda, y justifica tanto el periplo de Lucio Ávila como el de Ricardo Rubio.

Se nos plantea una lengua primitiva cuyo carácter lírico re-liga al ser con lo sagrado y a la escritura con un plano de sensibilidades superiores. El “lenguaje vegetal” es el único que podría nombrar lo verdadero, ya que desde nuestra lengua actual, como dice Yabo Numac, “no podemos nombrar lo sutil de lo sutil”. Lo simbólico emerge desde esta perspectiva (un bellísimo ejemplo es el episodio en que se explica la función del mito mediante la metáfora del romero), descubriendo un abanico filosófico que cruza, como puntos en una constelación, a numerosas civilizaciones a lo largo de la historia mundial; el símbolo es entonces parte de ese pensamiento que aspira a la totalidad (excelente referencia a Carl Jung al respecto) y que la ciencia no ha sabido abordar sin mutilaciones.

La guerra de Malvinas como trasfondo y las sensaciones naturalmente tratadas de aquellos años de horror son otro acierto que no quisiera dejar de mencionar. Hay una insinuación que nos permite asociar la degradación de la especie con la guerra y el materialismo. También, pareciera responderse al respecto que esta absurda destrucción es inevitable según el equilibrio de compensaciones que rige el cosmos. Y aquí la gran cuestión del círculo y el tiempo-movimiento. Lo circular como trayecto de escritura y como metáfora vital, al igual que las polaridades (femenino – masculino; Lucio – Noa; Kankaás – Koo-kás). Por ello, no podía terminar de otra manera la novela que no terminando. Esperaremos el segundo tomo con ansiedad.

Diego García

Diego García

 

22 julio 2013 Posted by | DIEGO GARCÍA, NOTAS, NOVELAS, RICARDO RUBIO | | Deja un comentario

EL HOMBRE DEL TRAJE A CUADROS DE DIEZ COLORES que Llegó en la Carroza de los Días Patrios, novela de Carlos Kuraiem

Quemar a Mister Black, por Ricardo Rubio

Carlos Kuraiem

El hombre del traje a cuadros…

 

Esta novela, El Hombre del Traje a Cuadros de Diez Colores Que Llegó en la Carroza de los Días Patrios, no simula la época que refiere ni los personajes que invoca y utiliza como abrigo estético uno de los primeros sistemas utilizados en literatura: el humor, la suspicacia, la ridiculización del drama, como ya lo fundara Aristófanes en la vieja Siracusa, aunque desde otra vereda ideológica, en la comedia burlesca de alusión.

La idea y la forma de la idea se funden aquí en un abrazo ético y estético, regalando a la posteridad lectora un panorama simbólico de la realidad social argentina de una época oscura.

En oposición, entre las muchas formas que Carlos Kuraiem podría haber elegido para la consumación de esta obra, optó por la ironía, la síntesis y la prosa poética; un sarcasmo solo inocente en apariencia -se me perdone el oximoron-, digo inocente porque la musa derramada a lo largo de los capítulos de la obra, incluso de los diálogos, suaviza una temática de fondo que solo podría hermanarse con lo siniestro, con lo atroz, con lo negro, tal vez por eso el autor dispone que el amo del poder se llame Mister Black y de vez en cuando lo apelen “negro”. Algo semejante había hecho no mucho tiempo atrás Manuel Scorza, el genial poeta y narrador peruano, autor de novelas inexorables como son Redoble por Rancas o Garabombo, el invisible. Scorza utilizó también el modo clásico: la división por capítulos, que por lo general relatan distintas escenas del mismo asunto o muestran acciones de distintos asuntos en virtud de un tema. Tenemos así varios cuadros o capítulos en El hombre del traje a cuadros…, como Los próceres, hermosísima conjetura con un fondo trágico, que es una alegoría o sumatoria de metáforas que podrían nutrir el mejor de los poemas:

Carlos Kuraiem

Carlos Kuraiem

“Parecen reales los hombres que hablan sentados alrededor de una mesa. ¿Qué mano los tramó? En sus labios inmóviles aún resuenan los ecos de sus voces muertas. ¿Qué se dicen? Puedo adivinarlo; hablan del pasado. ¿De qué otra cosa pueden hablar las estatuas?”

o Los cuadros de agasajo, que se realizan en Casa Negra, donde la imaginería se torna inagotable en sucesos y ocurrencias, sustentadas en la aguda picardía de los nombres: Mister Black, Oligarzo, Despotín, Monseñor Papirillo, que aluden al poder, a la regla, a los preceptos; Alto, Mediano y Bajo insinúan posiciones en el escalafón económico y cada uno es tratado según su altura; Plenipotente, Consejero, Eristos, motes que simplifican el texto al recurrir al común conocimiento del lector, quien además puede distenderse en una sonrisa; y otros muchos de menor relevancia que visten el cuerpo de esta obra notable tejida con este estilo tan poco frecuentado en nuestro medio.

Si bien, anunciada desde un principio, no podía estar ausente -como en casi ninguna novela lo está- la personificación del autor, que ahora se manifiesta como personaje: el Solista, músico interrogado por Mister Black, quien lo entrega a juicio y a los Retenedores, y a partir de allí se parodian varios pasajes de tonos más graves, que evocan, en cierto sentido, el monólogo de Segismundo, encerrado en su cárcel de piedra, en La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca, no por su clausura sino por la crueldad del destino.

Por un trecho no podrá distinguirse al autor del escritor:

“Algo así como lo que mueve las hojas de los árboles es lo que me mueve, pensé y partí con las manos llenas de viento y me hice una guitarra de flores con los recuerdos y pulsé los sueños y retomé el camino que nunca había dejado.”

El final, que no es propio sintetizar aquí, es un majestuoso pandemonio al mejor estilo ardiente de Max Frisch en Los incendiarios. Una obra imperdible por su ingenio, única en su registro y en su denuncia.

Carlos Kuraiem prometió continuación, y la merecería.

Ricardo Rubio

Ricardo Rubio


18 marzo 2012 Posted by | CARLOS KURAIEM, NOVELAS, RICARDO RUBIO | , , | Deja un comentario

ACERCA DE LAS “CRÓNICAS DE UN LEGADO HERMÉTICO” de Ricardo Rubio, por María Amelia Díaz

Crónicas de un legado hermético

Una crónica (del griego kronika biblos, es decir: libros que siguen el orden del tiempo) es una obra que narra hechos históricos en un orden cronológico. En la crónica los hechos se refieren en orden temporal y se define como una historia escrita por testigos presenciales. Podríamos decir, para resumir, que una crónica es una fotografía de lo que ocurre en la vida de las personas. La crónica permite conocer algunos eventos de la vida de las personas, con sus dichas y desdichas, alegrías y tristezas, fracasos y triunfos. Es, entonces, también un relato social, antropológico y psicológico de las personas. Simplificando, diremos que hay una crónica informativa, en la que el cronista se limita a informar, y una crónica literaria: un relato donde interviene la imaginación. Esta última es la que admite un lenguaje con uso intenso de adjetivos para enfatizar las descripciones y emplea verbos de acción, presentando referencias de espacio y tiempo.

Desde sus orígenes, la crónica tuvo elementos indudablemente ficticios. En mayor o menor medida, las crónicas estaban alejadas de la “realidad objetiva” y no respondían a una lógica de verdad sino de verosimilitud. De esta forma los cronistas comenzaron a utilizar algunos recursos de los relatos de ficción como diálogos, creación de personajes, descripciones de mundos imaginarios, etcétera. La literatura europea medieval fue muy proclive a este tipo de narración y tal vez el ejemplo más popular sea la Crónica del famoso Cid Campeador.

El periodista Manuel Bernal Rodríguez sostiene que los orígenes de la novela como género literario se encuentran en las crónicas: “se puede imaginar un hilo conductor que nos lleve desde la crónica histórica medieval pasando por la historia y los cronicones hasta las primeras manifestaciones de la novela moderna (libros de caballería)”, afirma al respecto.

Siguiendo ese camino hoy asistimos a la presentación de una nueva obra de este subgénero literario: “Crónicas de un legado hermético”, de Ricardo Rubio, cuyos atributos, lo veremos al leer, encajan perfectamente dentro de las características referidas, para darnos como resultado final una novela que atrapa al lector.

Todos los individuos nacidos venimos a este mundo a iniciar un camino, un viaje cuyo derrotero y duración desconocemos. Esto ya lo supieron los antiguos y Homero lo dejó escrito para siempre en la Odisea. Se trata del viaje iniciático y único, cuya finalidad pareciera ser el conocimiento de nosotros mismos; un viaje circular que empieza y termina en cada individuo.

Esto nos advierte la novela, ya desde el título, con la palabra “hermético” señala el lugar cerrado, el círculo:Naciendo y muriendo el círculo persiste indetenible y quieto. Cada punto es un movimiento y la inmovilidad”.

Ese viaje que, como dije, parte y termina en nosotros, será este trayecto-novela narrado desde un personaje principal, un oscuro profesor universitario que por aparente obra y gracia de la empatía heredará la casa y los bienes de un colega mayor. El episodio dará comienzo a la crónica de los hechos por los que irá transitando desde el descubrimiento de un plano escondido en el forro de una maleta que lo llevará a su Itaca, una puerta secreta detrás de la cual lo espera un recinto que guarda veinte piedras con extraños grabados en un idioma remoto y desconocido, el comienzo de  su odisea, el peregrinar en busca del resto de las piedras y las noticias que complementen el significado, esa extraña caverna que se abría o se cerraba ante mí”, enigma que tratará de descifrar guiándose por el diario íntimo de su benefactor: Nicanor Castro.

Ricardo Rubio

“Tal vez mis pasos empezaban torciendo el rumbo, esta vez hacia un destino fuera de toda previsión, hacia un universo insólito, dirá el narrador. E insólitos serán los momentos que lo esperan y cuya narración voy a omitir porque la dejo para el goce del lector.

Hasta aquí el argumento, pero el protagonista narrador nos dice: La impaciencia por devorar aquellas palabras me mantuvo inquieto en medio de la imaginería, del preconcepto, de las especulaciones propias del que no sabe nada…”, “Algo impredecible se ocultaba detrás del significado de los raros escritos…”

Se refiere a los petroglifos, a los extraños signos que han sido parcialmente descifrados y cuyo significado intentará interpretar, porque de eso se trata, si nadie recibe el mensaje, la comunicación fracasa.

Ha dicho Italo Calvino: “El hombre camina entre los árboles y las piedras. Raramente el ojo se detiene en una cosa, es cuando la ha reconocido como el signo de otra, una huella en la arena indica el paso del tigre”.

Todo texto que se precie esconde varias interpretaciones, como las catáfilas de una cebolla, los significados ocultos van apareciendo a medida que efectuamos lecturas más profundas que la primera, la del lector bobo. “La primera era casi superficial, una aproximación, una mirada a vuelo de pájaro sobre los asuntos y las intenciones, y la que habría la puerta a la verdadera lectura”.

A través de la novela y en medio de distintos avatares se va logrando el hallazgo de todas las piedras que conforman la colección en posesión de distintos individuos, y su búsqueda guía el periplo de nuestro personaje hacia el sur argentino, coincidentemente con la guerra de Malvinas.

Los signos impresos en las piedras, que se van revelando a lo largo de la obra,  conformaban el lenguaje de los kankaás -una civilización anterior y desaparecida-:  Una base de nuestro continuo, pero de ningún modo eran el pasado de nuestro pensamiento, esa lengua se revela superior y más avanzada que la nuestra:Hablamos idiomas demasiado conscientes, acotados por la superficialidad de los lugares comunes, que son ideas de otros” ya que expresa la materia, El suelo es la letra perfecta en la que el abnegado resume su saber y conocimiento”, dice la piedra 2,

A partir de aquí nos encontramos frente a una novela de vanguardia, tanto desde el goce de la lectura, como desde el mecanismo de la obra, “Crónicas de un legado hermético” se va construyendo como una metanarrativa, o sea: “un esquema totalizador que organiza y explica conocimientos y experiencias”, la metanarrativa será, por tanto, una historia más allá de la historia, que es capaz de abarcar otros “pequeños relatos” en su interior.

Así las inscripciones halladas en las piedras nos proponen otro recorrido, un recorrido semiológico, entendiendo la semiología como aquella ciencia de los signos que atiende los fenómenos que rozan la filosofía, la lingüística y la sociología.

El texto que se puede leer desde allí nos habla de otra cosa, de un lenguaje expresivo, propio de la literatura, nos habla del lenguaje esencial, el de la poesía, lenguaje que se constituye como la liberación de lo humano: “vivimos una época en que a dispersión de la coherencia es la bandera que proponen los poderosos, los totalitarios”El lenguaje tal como está limita nuestra superación. La poesía es sin duda la vanguardia del razonamiento humano, siempre crea nuevos sistemas de comunicación que no son comprendidos en su propio tiempo”.

¿Qué produce en el protagonista este hallazgo? ¿Qué nos produce a nosotros, lectores, esta lectura de un íntimo lenguaje? La respuesta se halla en la obra: la tensión propia de un ciego en una oscuridad desconocida o de un sordo en medio de miles de señales sonoras, una asfixia que era la ausencia de alguno de los sentidos adonde las estridencias de la calle no llegaban, pero sí lo hacían los gritos”.

Carmen Tulián, Omar Puptkin, los hnos. Diego, Yabo Numac, Nicanor Castro y el propio protagonista cuya identidad develaremos ahora como Lucio Ávila, se han encargado de ir descifrando este lenguaje que no es otro que el lenguaje poético, ese lenguaje que intenta ir más allá de los símbolos para buscar “las razones que lo encienden”. También este final lo dejo para el lector.

Han habido en la novela dos viajes, el viaje geográfico hacia el sur que confluye con el de Lucio hacia sí mismo, viaje que incluye la búsqueda de los petroglifos, su recorrido por el sur argentino y el hallazgo del amor. El otro es el viaje hacia las palabras. Ambos cierran el círculo común.

“Lo que llamamos comienzo a menudo es final y llegar a un final es empezar. El fin es de donde partimos. Y cada frase, cada oración lograda (donde cada palabra está cómoda y toma su lugar apoyando a las otras, la palabra que ni es apocada ni ostentosa, el intercambio natural de lo antiguo y lo nuevo, la palabra común, exacta pero no vulgar, la palabra formal, no por precisa pedante, el entero conjuro bailando en armonía), cada frase, cada oración, es fin y es principio, todo poema es epitafio Y toda acción es un paso hacia el tajo, hacia el fuego, hacia la garganta de la mar o hacia una piedra ilegible: y allí es donde empezamos.” (T.S. Eliot “Cuatro Cuartetos”)

María Amelia Díaz

María Amelia Diaz

11 agosto 2011 Posted by | MARÍA AMELIA DIAZ, NOVELAS, RICARDO RUBIO | , , | Deja un comentario

Acerca de CRÓNICAS DE UN LEGADO HERMÉTICO, de Ricardo Rubio, por Fernando Sánchez Zinny

Crónicas de un legado hermético

¿Novela o embozado libro de memorias? ¿Imaginación o alegoría? ¿Realidad o símbolo? Como en otras tantas otras obras en las que busca dejar su impronta la generación de escritores a la que ha tocado compartir la vida argentina de la segunda mitad del siglo pasado, son ésas preguntas sin respuesta, extraviadas en el extenso y sugerente laberinto en que ha desembocado la literatura al periclitar los géneros y al dejar de tener sentido la demarcación precisa entre ficción e introspección.

Ricardo Rubio

En lo formal, Crónicas de un legado hermético, de Ricardo Rubio, es una consistente narración, escrita con cuidado y solvencia, llevadera y tranquilizante según las consabidas normas que suelen agradecer los lectores. En rigor, los lectores -este lector, al menos- no tenemos motivo concreto alguno para suponer que se trata de otra cosa; empero, como también somos parte de esa generación mencionada, inexorablemente compartimos su rasgo característico que es el de la sospecha. Atención: ¿qué es eso del vacío, de la falta de expectativas? ¿Qué es eso del camino hacia el conocimiento, ese goetheano “hacia más luz mis penas se consumen”? Y tememos de pronto, en medio del placer que el texto proporciona, hallarnos ante un espejo en el que están reflejadas nuestras apetencias, frustraciones, compensaciones. No se sabe en verdad de qué habla Rubio pero parece hacerlo de nosotros, con el agravante -que ése es el don del arte- de personalizar en yo, en tú, en él. Quizá sea así y eso nos molesta, nos incomoda, pero a la vez atrae, inquieta y halaga. Advertimos, entonces, que este libro nos representa un gran libro, de cuyo recuerdo será difícil prescindir.

Fernando Sánchez Zinny

Fernando Sánchez Zinny

6 junio 2011 Posted by | FERNANDO SANCHEZ ZINNY, NOVELAS, RICARDO RUBIO | , , , | Deja un comentario

FRANK HERBERT: EL HOMBRE COMO PROYECTO, por Ricardo Rubio

Dune


“Arrakis: el planeta conocido como Dune; tercer planeta de Canopus.”

No hace mucho tiempo, por mérito de una producción cinematográfica, se popularizó cruzando todas las fronteras, una llamativa pieza de ciencia ficción: “Dune”, primera novela, de una saga de seis, del periodista, fotógrafo, ecologista y, a la postre, escritor Frank Herbert. Desde un principio sorprende el profuso contenido esotérico y el amplio y ecléctico manejo simbólico, ora arquetípico ora subliminal, que va edificando una concepción mística tan difícil o tan fácil de entender como cualquiera de las conocidas. El cúmulo de conocimientos desplegado en la narración evidencia que el autor se ha interiorizado, con un interés que trascendió la necesidad expresiva, en prácticas y concepciones de distintas magias religiosas, de las que ha tomado principios universales y que luego, enlazados con los suyos, ecologistas, no tardan en pregonar que, en la vida de un ser humano civilizado, lo más importante enraíza en la seguridad interior, en la integridad y coherencia, en la persistencia de la fe en sí y en el desprecio por lo artificial, universo en el que cada día estamos más inmersos, llámese robótica o informática (el triunfo final que festeja Dune está posibilitado por la mediación de un animal propio del planeta Arrakis, un gusano gigante —Shai-Ulud— y por la fuerza interior de un hombre que se exterioriza por medio de “la voz”, con la que un adepto adiestrado logra controlar a los demás y obtener con ella la potencia de un arma letal).

Frank Herbert

En un segundo momento, nuestra atención será sorprendida por las múltiples e intrincadas acciones de los numerosos personajes. Con un clima general basado en el misterio y en las intrigas, utilizando afluentes clásicos: lo cortesano, por ejemplo, y lo honorable, y la fidelidad, Herbert describe psicológicamente todas las intenciones del personal que interviene en su fantasía, sin perder de vista los pensamientos: las especulaciones y los recursos de los mismos (característica que aparece asiduamente en su discurso); y va tejiendo una maraña que, con la seriedad de un tema decisivo, se comprende sin demasiado esfuerzo, pese a lo que pudiera creerse por las abigarradas acciones de tantos insólitos como originales personajes.

Frank Herbert no repetirá en las siguientes cinco novelas de “la especia” ni en su solitaria “Proyecto 40” el clima tenso y emocional del primer tomo de la saga “Dune”. “Proyecto 40” nos delata a un escritor apresurado por concluir una historia que no alcanza nunca a desarrollarse, de rica imaginería y de gran factura, concluye abruptamente, como si una fuerza superior lo hubiese obligado al punto final (¿contrato quizá?). Lo cierto es que en Proyecto 40 los personajes carecen de importancia, y este concepto es totalmente opuesto al de “Dune”, pero es también opuesto al concepto de cualquier lector, que no puede -ni tiene porqué- separarse de su subjetividad, si bien en la novela se nota claramente el intento de Herbert de destrozar protagonismos e imaginar al hombre en una comunidad absolutamente lógica y con el comportamiento social de las abejas. El comportamiento de las abejas no es lógico ni deja de serlo, es simplemente el  comportamiento de una especie animal.

Pienso que un novelista debe considerar las segundas implicancias de sus conceptos: en el caso de “Proyecto 40” se expone una concepción trascendental de la vida que atenta contra la identidad, una olvidada variante del idealismo objetivo que no puede conducir de ningún modo a la verdad (imposibilitado ya por definición), pues le da al individuo lo que quiere desde el punto de vista animal y no lo que el individuo necesita desde el humano. Es preferible “Dune”, donde cada personaje se manifiesta tal cual es, y donde se exponen claramente y en primer plano los valores que hacen que aún conservemos la esperanza en nuestro mundo.

Ricardo Rubio

10 mayo 2011 Posted by | FRANK HERBERT, NOVELAS, RICARDO RUBIO | , , | Deja un comentario

LETRA MARGINAL, novela de Leonardo Gastón Herrmann. Comentario de Ricardo Rubio.

Letra Marginal

La literatura narrativa castellana de importancia comenzó con una nouvelle o novela corta: El lazarillo de Tormes. También El lazarillo de Tormes es un trabajo de índole social: desnuda el hambre que sometía a los campesinos y las torturas de los ya entonces nuevos modelos de esclavitud. La diferencia más destacada de aquélla con “Letra marginal”, es que de esta última conocemos a su autor: Leonardo Gastón Herrmann, quien, además de haber remedado el inicio de las letras castellanas, lo hizo con un lirismo que el Lazarillo no tuvo más que en alusión o paisaje, y también lo hizo, Leonardo, con una circunstancia que en tiempos del Lazarillo era el común denominador en el viejo mundo, donde resultaba imposible luchar contra el poderoso. Si bien estos tiempos modernos, humanitariamente hablando, no difieren mucho de aquéllos, hoy tenemos la posibilidad de escribir un libro, publicarlo y ponerle nuestro nombre. El Lazarillo es un texto anónimo.

En nuestro tiempo existen leyes que, si bien no se cumplen a raja cinchas, hacen dudar de vez en cuando a algunos señorones. Dudas que surgen del temor a que parte del “plan” se dé vuelta o a que algo no resulte como estaba previsto en lo pactado a ocultas de toda luz.

Sabemos por las noticias -entre otras cosas que también conocemos-, que el gobierno formoseño, forzado por latifundistas, niega los derechos de espacio vital a los tobas, los habitantes originarios, y decir esto significa decir que alguien alguna vez llegó, echó a los tobas, porque tenía la fuerza, el número, las armas, y decidió que esas tierras le eran propias por el designio de la prepotencia, y ninguna ley parece alcanzar para iluminar esta oscuridad.

Cómo escribir que un hombre nacido en esta tierra, en este siglo, no pueda disponer de un lote para morar mientras dure su vida, cómo llevarlo a la ficción no ficción, cómo traerlo a la literatura y darle una fuerte dosis de poesía al lenguaje que lo exprese, cómo lograr que no pierda en ningún momento la línea argumental y se transforme en un manifiesto, cómo hacer para que ese argumento tenga sentido. La respuesta está en Letra Marginal, que bucea en la “resurrección”, palabra comprometida y con una fuerte connotación social en los labios -en este caso, en la pluma- de Leonardo Herrmann.

Leonardo Gastón Herrmann

La estructura de la novela está fraccionada en 14 capítulos titulados, casi todos estos capítulos están divididos en subcapítulos solamente numerados y con acápites, mayormente pareados poéticos, creaciones también del autor. La poesía de estas citas se corresponden subjetivamente con la actividad poética de Herrmann, quien, además, todos sabemos es artista plástico, lo que hace que su palabra también dibuje mientras leemos. Si debiéramos trazar una correspondencia, diríamos que es impresionista por el modo con el que da una pátina de lírica a un tema tan flemático; diríamos también que es naturalista, porque sus diálogos son crudos, reales, vehementes; y podríamos decir que es sanguíneo, porque advertimos que en su íntimo fuero arde el lamento y florece la denuncia, como única salvación por el orden, dentro del desorden al que nos arrastra la vida.

No es “Letra marginal” una visión dramática de la vida, no; es una visión patente de muchas vidas, una visión real, no un espejismo, una visión que toma cuerpo a pocas cuadras de cualquier parte, y se manifiesta en estas hojas como pinceladas de indignación. Las metáforas que acompañan a muchos de los personajes dentro de Letra marginal, ayudan a celebrar la vida o, en todo caso, a insistir en ella.

 

Ricardo Rubio

Ricardo Rubio

 

8 mayo 2011 Posted by | LEONARDO GASTÓN HERRMANN, NOVELAS, RICARDO RUBIO | , , , | Deja un comentario

CRÓNICAS DE UN LEGADO HERMÉTICO, novela de Ricardo Rubio. Comentario de Carlos Kuraiem

Crónicas de un legado hermético

Crónicas de un legado hermético

Después de un largo período desde la aparición de su primera obra narrativa, “Calumex”, publicada en 1982, novela de ciencia ficción “que trata sobre la barbarie, la consecuente incomprensión y la traición entre los hombres ante un evento de características catastróficas”, hoy Ricardo Rubio nos entrega “Crónicas de un legado hermético”. En ella nos encontraremos con un gran número de personajes y de circunstancias que dan realismo a las acciones increíbles de la novela: científicos de todo orden, médicos, psicólogos, traductores, antropólogos, filósofos, que forman el equipo de investigación con el que se inicia la historia; también un obsesivo comisario de pueblo, el dueño de un lupanar que no es el habitual hampón que regiría ese ambiente, un grupo de comadronas de dudoso pasado, la hija sabia de un cacique y hasta un aborigen sureño de confusa tribu. Todo sucede y confluye en estas “Crónicas de un legado hermético”: lo ritual, lo científico, el revisionismo, la magia y la ciencia de la mano para llenar los ojos de la imaginación a través de un camino que se va oscureciendo a medida que se aclara, donde no faltan escenas de desorden y de pesquisas peligrosas con una contienda bélica, la de Malvinas, que no alcanza a la trama pero la acompaña como telón de fondo. El vocabulario es amplio y el juego de los instantes es frondoso, mérito del vasto conocimiento y habilidad del autor en el manejo del lenguaje. Se recorrerán tres tiempos que los lectores podrán advertir con claridad. No tan claras serán las largas tribulaciones del personaje principal, pero a ellas se debe su final iluminación. Los diálogos, sólo cuando son necesarios, son agudos y tendenciosos, llenos de suspicacias y juegos de seducción o engaño. Mientras Rubio iba escribiendo, corrigiendo y leyendo ocasionalmente a los amigos capítulos de esta obra, algunos fragmentos de la novela salieron publicados en la revista La Luna Que, con el nombre de “Las piedras maravillosas”, porque, precisamente, el nervio motor que la justifica, es el periplo de Lucio Ávila para conseguir las 25 piedras que forman un juego de relatos. Es un camino iniciático que, a diferencia de otras, llega a la cristalización: el personaje se ilumina. Por esta razón la novela tiene una médula esotérica y, en lo emocional, va de la tristeza a un final feliz que coincide, en este primer tomo, con el inicio de la democracia, después de “una década / en que la escondida / no fue un juego”. Treinta años pasaron de su primera novela y en todo ese tiempo Ricardo Rubio no cesó un instante de escribir y respirar poesía, de escribir y llevar a cartel doce obras de teatro -una de ellas estrenada en Madrid- y una obra de títeres; de prologar, reseñar y comentar centenares de libros, de emprender arduos trabajos de recopilación y selección reunidos en varias antologías poéticas, de elaborar los ensayos dedicados al gran poeta paraguayo Elvio Romero, contribuyendo desde el análisis y la crítica literaria en el rescate y valorización de la poética de Romero, exponiendo su palabra en congresos y recitales a la memoria del hombre de Yegros; otro trabajo que abordó fue el de la antología de poesía inédita y estudio preliminar de la poeta Emilse Anzoátegui, con quien empezó a frecuentar reuniones literarias en 1969. Ha dirigido varias revistas, destacándose La Luna Que y Tuxmil; con el poeta y traductor Antonio Aliberti dirigió la revista bilingüe (castellano-italiano) “Universo Sur”, que en sus cuatro apariciones difundió un número importante de poetas argentinos en Italia. Sobre su obra poética, Graciela Maturo ha escrito “La palabra revelatoria: el recorrido poético de Ricardo Rubio”; algunos de sus poemas han sido traducidos al francés (por Alba Correa Escandell), al italiano (por Antonio Aliberti), al ruso (por Andrei Rodossky), al gallego (por él mismo) y al catalán (por Pere i Bessó). Desde hace seis años, viajando juntos y compartiendo Festivales de Poesía y Encuentros de Escritores, lo he visto escribir en cuadernos borradores lo que el año pasado se concretaría con el nombre de “Minicuentos Grises – Aliteraciones, sonsonetes y otros juegos”, “escritos en un estilo de prosa ciudadana, muchas veces crítico, por momentos cruel, que se atreve a rozar el lenguaje de los bajos fondos y que mantienen en todo momento un alto nivel literario y conceptual. Son un dúctil muestrario de las bajezas y debilidades humanas, de las cuitas y vicisitudes cotidianas, de los deseos máximos y de los triunfos mínimos. Minibocetos del amor, la ira, la tristeza, la duda, la lujuria o la ambición, que no excluyen la crítica, la ambigüedad y la fantasía”. Trabajo al que ahora le sigue estas “Crónicas de un legado hermético”, libro al que le dedicó varios años y en el que, como todo buen narrador de novelas, no está afuera de la historia que cuenta, y es muy probable que quien emprenda el viaje de las crónicas, tenga que recorrer al mismo tiempo el itinerario literario y de vida de su autor, rico y apasionante como esta historia que nos relata; tarea minuciosa será la que realicen los lectores al intentar asimilar este particular modo de narrar de un autor tocado por la poesía, y rodear con sus brazos y comprender al enorme escritor dueño de las metáforas.

Ricardo Rubio y Carlos Kuraiem - Presentación de la novela Crónicas de un legado hermético Museo Etnográfico y Archivo Histórico Enrique Squirru 30-04-11 Azul. Foto: Nacho Correa.

En cierto modo toda novela es la suma de todos los libros o vidas posibles, y buscando una relación simbólica podemos decir que “Crónicas de un legado hermético” explora el reino de los primeros pobladores de estas tierras, el origen de ciertos nombres, que en sus páginas se asoma el Libro de la Comunidad y los mitos griegos y que algunos de sus personajes, desde su origen humilde, construyen sabiamente -sin que nadie lo note- la base de la fortaleza de la república, que es también una historia política -es decir una historia de amor-, la maravillosa historia de amor de Lucio y Noa, o ¿uno no le canta al amor y a la reivindicación de la justicia?, que este viaje es un testimonio del presente, un recorrido por las palabras vestidas con extraños follajes, donde no hay mayor identidad que ser uno mismo y donde los únicos recursos que tiene el escritor -una vez que entra al laberinto- son los de su ideación y su palabra, nadie puede invadir ese terreno y, en ese sentido, el escritor está solo con su arte de circunstancia. Se escribe por una misteriosa necesidad de manifestación, pero no se hace de cualquier manera, hay que buscar el cauce y lanzar la piedra que termina por consumir al propio escritor que llama a las cosas contra su nombre. A la literatura la define su intencionalidad: no tiene pretensiones de verdad; es verdad lisa y llanamente. No la “gran verdad” que hace estremecer al mundo, la verdad de lo que la letra dice en su comprensión racional. Una palabra conmueve, un párrafo más, un capítulo o poema transforman y una obra moviliza, impulsa a la acción.

Carlos Kuraiem

4 mayo 2011 Posted by | CARLOS KURAIEM, NOVELAS, RICARDO RUBIO | , , | Deja un comentario

MEMORIA FUNAMBULESCA DE UN ESCRITOR GALLEGO, por Graciela Maturo

José Martínez-Bargiela

Yo el esmoquin, de José Martínez Bargiela

por Graciela Maturo en la Casa de Madrid, martes 3 de junio de 2008.

Conozco a José Martínez Bargiela como poeta, como buscador de la belleza, como un alma tocada por el ansia de lo absoluto  Mi lectura de Yo el esmoquin me reveló un prosista sorprendente, y un trabajo extraordinario de estilo y lenguaje   desplegados en una obra que puede ser catalogada como novela, suma de cuentos, memoria autobiográfica, cuadro satírico de la sociedad o  incluso como un largo poema burlesco.
El hombre, como decía mi maestro Leopoldo Marechal, vive en las dos dimensiones ineludibles de su constitución. La horizontal propia de la tierra y la vertical que lo conecta con el misterio.  Recordaré también a otro gran maestro, Macedonio Fernández, quien habló de dos caminos del artista, igualmente desestabilizadores de las rutinas mentales: la poética y la humorística. En la visión de Macedonio, el humor era la otra gran vía del creador capaz de revelarle el lado oculto de las cosas, mostrando su aspecto ridículo y contingente.
En efecto, es éste el camino elegido por nuestro amigo al entregarnos un libro de su madurez   que es un compendio de un largo tramo de su vida.   José Martínez Bargiela,  llegado a la Argentina  en la segunda posguerra,  es decir en plena juventud, se convirtió en maître de dos grandes hoteles, y también, en testigo privilegiado de la alta vida social  de Buenos Aires  durante medio siglo. Tenía que llegar finalmente este libro, singular por muchos aspectos, donde no solamente registra sus años de vida hotelera, y el conocimiento de muchos personajes, sino que habla -moderada y casi subrepticiamente- de sí mismo, registra su pensamiento y la extrañeza del destino que lo condujo desde su adolescencia pastoril en campos de Galicia al rol de protagonista de una picaresca encubierta en las ceremonias de la sociedad burguesa.
Y bien, esto es para decir de entrada que pido perdón a José Martínez Bargiela por haber vacilado en presentar este libro  suyo, que pertenece al orden de la humorística, a las batallas terrenales legítimas de lo humano, pensando que se trataba de un mero libro costumbrista, cuando no es así.
Nuestro amigo José ha seguido un rumbo tan hispánico como el que han marcado los autores de la picaresca española. Siguiendo el consejo del humanista Juan Luis Vives, los escritores de los siglos XVI y XVII optaron por escribir como se hablaba. En continuidad con la sátira latina y con farsas medievales, surgió la piocaresca, género singularmente hispánico, que se hace cargo de la totalidad real y concreta del vivir, asentando costumbres y desvíos, desde la óptica de un observador que es a veces partícipe de la fiesta mundana.  En esta línea se ubican los textos de La Celestina, El lazarillo de Tormes, la Historia del Buscón, y con el correr del tiempo surgirán, con remozado estilo,  las Memorias del Marqués de Bradomín, del gallego Ramón del Valle Inclán.  En todos ellos he pensado leyendo esta obra de Martínez Bargiela, que no ha dejado de mencionar a maestros como Marcial, Quevedo y Valle Inclán, pero también a otros escritores ya sean de lengua castellana o inglesa, en los que ha bebido su formación literaria: Shelley, Poe, Joseph Conrad.

Tapa del libro

Martínez Bargiela ha querido guardar recuerdos de los ámbitos privadísimos y selectos en los cuales pasó cincuenta años de su larga vida, repartidos equitativamente en dos hoteles tradicionales de Buenos Aires. Sabido es que los grandes hoteles son propicios  al contraste  de grandezas y miserias,  más próximas entre sí de lo esperable, y que  la conducta  de hombres y mujeres en ámbitos donde prevalecen el lujo, la ostentación, las apariencias impuestas por el decoro, corre pareja muchas veces con la degradación,  la falsedad y la miseria, que  hacen de esos lugares un escenario farsesco, parecido al carnaval, el teatro, la comedia de disfraces e incluso una especie de medieval  danza de la muerte , con sabor tragicómico.
El autor pudo abordar una prosa costumbrista, más o menos aderezada de condimentos al gusto, sin sobrepasar la horizontalidad del relato de costumbres. Pero, como poeta que es, vio este mundillo. Observado desde la rigidez obligada del esmoquin, con una mirada más amplia y abarcadora, y se permitió escribir una obra que tiene mucho de esperpéntica.  Recordemos que el esperpento, inventado por Valle Inclán como palabra, existía desde tiempos antiguos y había sido recobrado por el genio de Francisco de Quevedo, en el mil seiscientos.  Impresiona este friso por su alcance como Gran Teatro del Mundo, tema antiquísimo retomado por el Barroco, pues en el desenmascaramiento de personajes importantes y anónimos, lo que se desnuda es la condición humana, observada y coparticipada por su relator. Tiene mucho de barroco este friso de Bargiela, donde conviven lo suntuoso y lo bajo, lo bello y lo repugnante, en un juego de marionetas que ocultan su impudicia tras las máscaras y afeites de un banquete decadente.
La óptica desde la cual narran tanto el esmoquin como su fraternal ocupante, en forma indistinta, es tan pronto la de un elegante cinismo casi volteriano como la de un admonitor encubierto, sarcástico testigo de la fiesta del mundo. Continúa el autor el espíritu satírico de los romanos, pero también cierto humor macabro de la tradición gallega, sembrada de misterios y de brujas.

Graciela Maturo

La mirada que dirige a los acontecimientos para mostrar su aspecto risible y fugaz   es la de quien comparte las limitaciones del ser humano. y al mismo tiempo toma distancia, haciéndose capaz de reflexión y juicio.  Piedad y descarnada capacidad de análisis compiten en esta radiografía de la vida elegante, consciente de sus caídas, hipocresías y errores. Alternan barrocamente el canto a la sensualidad y la vida, con un escéptico réquiem que sabe a muerte y destrucción.
Apenas señalaré, por no poder extenderme ahora en el tema, el atractivo que adquiere el libro por su contenido epocal, y por el desfile de personajes célebres que pisan sus páginas. Contar la historia de los grandes hoteles es contar la historia del poder, el dinero, la política, el arte, los negocios. Aquí aparecen fugazmente, nombrados o no, magnates y príncipes, tahures, las “divinas mujeres”, militares y clérigos, personajes del cine y las artes, escritores como el majestuoso iconoclasta Borges,  autores  de fama internacional como Neruda, Octavio Paz, Vargas Llosa -que a José le hace añorar a Vallejo, y con razón-actrices, modelos, directores de cine, actores  nacionales y extranjeros,  políticos  que no son sólo presentados sino que dejan mensajes nunca oídos.
También hay muchos personajes tipificados, sin nombre y apellido, que conforman un friso cruel de la oligarquía porteña, de la alta sociedad ganadera de los años cincuenta en adelante, señoras pacatas o no tanto, parejas de conveniencia, tratantes de negocios oscuros.  No falta el toque abiertamente hilarante de algunos personajes, por ejemplo los termitas, comensales no invitados que arrasan con las viandas en toda ocasión propicia.

Presentación de Yo, el esmoquin en la Casa de Madrid de Bs. As. - Roberto Flores, Graciela Maturo, Ricardo Rubio y José Martínez-Bargiela.

En este libro que bien podría ser tomado en uno de sus aspectos como colección de cuentos y sucedidos, desfilan las anécdotas de alcoba,   siempre contadas con pulcra elegancia, a través de omisiones y disfraces adecuados.  Hay también un derroche de imágenes que pertenecen a la vida gastronómica de los grandes hoteles internacionales.
El autor derrama ante sus lectores una cornucopia de platos, bebidas, ritos, ceremonias, objetos suntuarios, vestidos, pomadas y toilettes, además de consignar deslices,   excesos   sexuales, suicidios, crímenes, hurtos y situaciones insólitas.
El mundo capitalino y extranjero desfila por este corso de disfraces al que se suma, distante o súbitamente participativo, el narrador. El maître, o su esmoquin, estereotipado como alter ego, confiesa púdicamente su participación en algunas aventuras, pero lo hace siempre a través de eufemismos o rápidas alusiones. En algún momento se sugiere que el maître ha debido suplantar a un novio, o debe intervenir en una gresca a puertas cerradas, o silenciar un crimen cometido ante sus ojos.  Son páginas autobiográficas cernidas por   una doble voluntad de mostrar y ocultar lo propio, esa enjoyada y en el fondo alienada vida del joven inmigrante, encerrado en su uniforme de gala así como en su oficio de servir y callar.   Sobre todo callar.
Un tema que podría tomarse como guía para este universo  es precisamente el del esmoquin, la máscara hierática con que el sujeto narrador se reviste para rememorar ese mundo vivido ; late allí el tema del disfraz y la verdad, y el otro gran tema subyacente , la condición humana. Ante ella el relator se muestra participativo y crítico, cínico, filosófico, escéptico, lírico y admonitorio, quizás a veces encubiertamente moralista, lejanamente esperanzado.
La magnífica escritura de Martínez Bargiela, inseparable de esa perspectiva plural, responde primordialmente al ímpetu del poeta. Quiero recordar que Borges enseñó a nuestros narradores, a partir de los años 40, un nuevo estilo. Para bien y para mal, predicó con el ejemplo el uso de la frase corta y tajante, aprendida en la lectura de los ingleses, la adjetivación sólo indispensable pero incisiva y eficaz, la aparente objetividad de la mirada, el ocultamiento del yo.  A través de esta nueva modalidad nuestros escritores, que ya en el siglo XIX habían moderado su barroquismo hispánico por la lectura de autores ingleses y franceses,  terminaron de romper con ese estilo , tardíamente  reverdecido por Darío y Valle Inclán en variantes  esteticistas, y retomado en el último siglo por autores hispanoamericanos como los cubanos Carpentier y Lezama Lima, o el guatemalteco Miguel Ángel Asturias y luego el colombiano  García Márquez. Algo de ese barroquismo hispánico asoma en Marechal y en Cancela.
Por eso este libro, de cuño tan hispánico, no halla parangón en los escritores argentinos actuales, y sí por ejemplo en un García Márquez, a quien recuerdan -no por imitación alguna sino por pertenencia al tronco común- esas tiradas profusas y para muchos quizás recargadas, esos párrafos largos y ramificados, esa proliferación de adjetivos, enumeraciones, anáforas y exclamaciones, ese exceso de imágenes y metáforas.  En cuanto al lenguaje, debo decir que alcanza una riqueza poco común entre nosotros.  Martínez Bargiela conoce la lengua en sus fuentes, y la usa con prodigalidad extrema. He anotado una cantidad apreciable de vocablos desconocidos o poco usuales en la Argentina, donde el idioma se empobrece día a día o algunos creen engalanarlo con tecnicismos cibernéticos. (Entre esos vocablos figuran voces como magrear, rustido, venera, cendal, garduña, sarasa,  percebes…)
Otros rasgos positivos en la factura del libro son por ejemplo el manejo de los silencios, los cortes, el cierre de capítulos, las diversas maneras de retomar el relato. La separación en breves capítulos subtitulados aligera la lectura y llama la atención sobre algunas anécdotas o sucesos.
El texto se halla sembrado de definiciones casi aforísticas, greguerías y hallazgos. Lo que podría ser procaz o escandaloso ha sido tratado con alusiones y veladuras poéticas. Campea un humor variado, que se mueve desde el chiste breve y como al pasar, hasta el humor negro desplegado en todo un episodio y sin comentario alguno.   Pero todo ello es insumido por el ímpetu lírico, que dicta las mejores páginas del libro, y el análisis filosófico más o menos encubierto, que sostiene la totalidad.
Ricardo Rubio afirma que este escrito es una novela. Yo no sé si lo es, pero me tiene sin cuidado su género. Lo mismo que el género a que pertenecen los Sueños de Quevedo o las Sonatas de Valle Inclán.
Novela, libro de cuentos, relato, causerie,  poesía, memoria, autobiografía, todo confluye en la conformación de un libro planeado y construido con el mayor cuidado,  que busca y habla a sus lectores desde un  escenario real transfigurado por la estilización  imaginaria y la poesía.

5 abril 2011 Posted by | GRACIELA MATURO, JOSÉ MARTÍNEZ-BARGIELA, NOVELAS | , , | Deja un comentario