EPANADIPLOSIS

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LA HERENCIA QUE NOS DEJÓ EL VACÍO, por Carlos Enrique Berbeglia

A regañadientes, valga una expresión poco académica para el inicio de estas reflexiones, acepta la intelectualidad contemporánea que, ella también, como cualquier otro acontecimiento similar que afecte a los humanos, se encuentra sometida al imperio de las modas, fenómeno que parece haberse acentuado en el transcurso de los últimos años y que se extiende, del ámbito propio de la vestimenta y el arreglo personal, a la esfera literaria, la filosófica, la artística, la científica, contagiando incluso las actividades religiosas y las políticas y convirtiéndose, dicho sea al pasar,  en otra de las características que asume el dictamen del tiempo para mostrarnos su, todavía, tránsito indomesticado.

Carlos Enrique Berbeglia

Temporalidad que pareciera haberse acelerado; sus facetas, en nuestro caso los movimientos espirituales, acontecen cada vez con mayor rapidez y resultan, por lo tanto, más breves sus escenificaciones (no sé si, en aras de reemplazar esa exigüidad, resultan igual y paralelamente intensas sus influencias en los tiempos de inmediato adyacentes o posteriores o, estas últimas escenificaciones, contagiadas de esa brevedad, también se diluyen con similar rapidez).

Estilos artísticos, corrientes literarias, escuelas filosóficas, todos ellos asumiendo el espíritu de una época o confiriéndole su impronta, influenciándose mutuamente entre sí, acatando los requerimientos del más fuerte o rebelándose abiertamente contra él y, en esa insumisión, dar las pautas programáticas de un alumbramiento nuevo que sobrepasará sus fronteras originarias o morirá, tempranamente, comprendido en el rigor de su perímetro. Las denominamos sub o ante movimientos por hallarse, en el primer caso, sus propuestas conceptuales incluidas en la llave mayor del movimiento o ser utilizadas por éste, en el segundo, para arribar a sus fines programáticos.

Considero que el movimiento posee una mayor extensión (no necesariamente temporal) que una escuela, una corriente o un estilo, es expansivo.  El romanticismo, por ejemplo, superó, sin duda, los límites de una simple escuela literaria, abarcó la totalidad de una época y se propagó por el orbe occidental y, cuando ya languidecía en Europa, brillaba su juventud en América, ora incendiando los pueblos de revoluciones ora vibrando en las almas de poesía. Radica, por ende, la nota constitutiva del movimiento, en el arribo hasta en los vericuetos más insospechados de la cultura, característica que le permite asumir entre sus lineamientos aquellos propios de algún estilo, una corriente o una escuela contemporánea o anterior (los hechos que denominamos sub o ante movimientos) pero, también, improntar fuertemente en la historia de la cultura como para permitirle la configuración de una serie de representaciones –estéticas y gnoseológicas– capaces de trasmitirse a la  posterioridad.

Precisamente, el último gran movimiento de Occidente, estético-gnoseológico y hasta ético, fue el denominado posmodernismo que, aunque eclosiona a principios de la década del ochenta en Europa y Estados Unidos y se expande con la rapidez de un Tsumani a lo largo de una década y remonta sus orígenes a las propuestas arquitectónicas apenas anteriores reconoce sus antecedentes ideológicos en ciertos postulados teórico-filosóficos decinónicos. Riqueza de origen y rapidez de conquista que, sin embargo, se agotaran con la misma rapidez con la que se originaran.

Una serie de marbetes que acatan la práctica totalidad de los seguidores de este movimiento nos aporta sus características esenciales. Como arranque, la ruptura con la modernidad, acción que supone rechazar los aportes acumulados por el desenvolvimiento de la razón filosófica a lo largo de toda su historia y que, precisamente culminara bajo la égida de la filosofía moderna. Esta negación le permite postular un no vedado irracionalismo visible, sobre todo, en el abandono del interés por el encuentro del fundamento constitutivo de todo lo real, llámeselo Ser, Dios, Esencia o con cualquier otro epíteto que haya cobrado una cuasi sacralidad en la implícita historia paralela de la metafísica insta en el citado desenvolvimiento de la razón filosófica.

Metafísica que habrá de ser superada definitivamente vista la inutilidad de todo el esfuerzo llevado a cabo por Occidente para hallarle un lugar en sus epistemologías, sobre todo en las actuales, cuyos presupuestos teóricos niegan la posibilidad de una disciplina cuyos correlatos empíricos sean prácticamente inexistentes por la exigencia de sus parámetros, comprendidos en una cientificidad pragmática que no acuerda con los postulados de esa metafísica, fijada en sus  prerrogativas de constituirse en el fundamento de todo lo real, a partir de una serie de conceptos que la historia dejó atrás por obsoletos y que ella se empeña en mantener vigentes.

Los adherentes al posmodernismo arguyen también que ha de desecharse la exigencia de una verdad de alcance universal; otorgan, para ello, valía a  los discursos de las minorías étnicas basados en sus propias representatividades mentales, a las mociones de las  feministas o de los homosexuales que colocan en pie de igualdad con las de mayor prestigio, al estilo de las científicas o filosóficas, propuestas menos pretenciosas aunque igualmente dignas de hallarse en la tarima con las anteriores porque suponen la necesidad de un acuerdo, no en los términos, precisamente, de un lenguaje de pretensión universal, sino en la necesidad de consensuaraproximaciones parciales a la consistencia de la verdad, sólo accesible a partir de la particularidad grupal o social.

Por lo tanto, multiplicidad de representaciones, de una realidad sometida por los medios de comunicación masiva y por la cibernética a una virtualidad que la relativiza, en donde los simulacros poseen, prácticamente, los mismos visos que la realidad palpable por unos sentidos cada más sugestionados por la frecuentación de los fármacos que la vuelven tan evanescente como la que aparece en los pantallas de las computadoras, en donde las guerras    y la tragedia que suponen son avistadas con la misma liviandad que un evento deportivo y en donde los parámetros de comparación perecen en la liviandad de un mundo en donde todo da igual y los valores fluctúan sin solución alguna de continuidad.

Acontecimientos culturales comprendidos por un lenguaje propicio a un neonominalismo en donde, forzosamente, las palabras se independizan de los hechos a los que aluden y que polucionan, en consecuencia, la liviandad de ese mundo, de sentidos a los que rige un individualismo ajeno a cualquier propuesta que lo aleje de la satisfacción inmediata de sus alucinaciones tecnológicas, y en donde su constitución como persona  precisamente individualizada, valga la paradoja, desaparece en esta perentoriedad por acceder a las exigencias de un mundo que lo colma de las vaciedades que apetece y lo alejan del centro de su yo, inauténtico y, a la vez, desenfocado de ese mundo al que logra aprehender únicamente a medias.

Yo propio de un sujeto que se de-construye como si se tratase de un poliedro armado a las apresuradas y se multiplica en las facetas que le pertenecen a él tanto como al mundo que habita. Se trata de un individuo aislado, incapaz de comunicarse con el otro salvo en cuestiones preestablecidas, inarticulado, un triste pelele sometido a los vaivenes de un momento sociohistórico que lo domina a partir de la satisfacción de sus deseos, no los primordiales sino los incoados por ese momento aludido a los que necesita satisfacer so pena de caer en un proceso de insoportable frustración, en un contexto caracterizado por una religiosidad meramente formal que no le ofrece “contención” espiritual alguna y solamente preocupada por mantener sus prerrogativas  en medio de ese agnosticismo velado y generalizado.

Estilísticamente los coreutas de la posmodernidad se obsesionan por las expresiones fragmentarias, no por los tejidos de largas argumentaciones –no sólo porque la vertiginosidad del tiempo que sirve de sostén a la vida contemporánea las vuelve inapropiadas para acceder a sí misma– sino porque son las que mejores pautan la fractura mental del hombre que ilustran (o que, mejor dicho, determinan), levemente conciente del vacío el que transcurre su existencia, desprovista del consuelo que, anteriormente le aportaban los Grandes relatos (denominación que le aplican, substancialmente, a las ideologías), de cuya muerte se hizo cargo el tiempo final de la historia.

Una nota curiosa del movimiento de marras consiste en que tanto delata como fomenta los tópicos revistados porque resulta de las características de un mundo dominado por los sistemas comunicativos y en donde la sobreabundancia de recursos tecnológicos crean la falsa ilusión  de que todo es posible; asimismo, valiéndose de esos mismos medios, siempre comprendidos bajo sus preceptos teóricos y a la vez incentiva las predisposiciones ficcionales a las que tienden, naturalmente, los seres humanos, lo cual conduce a que, las experiencias de éstos acontezcan, casi siempre, bajo el amparo mixto de lo supuesto y lo fingido, en donde la realidad, en hechos decisivos como la muerte o cualquier otro tipo de desgracia similar, cuando arriba y destruye la burbuja establecida por la esquizofrenia, marca con precisión mordaz la distancia entre sus dictámenes decisivos y las apariencias expuestas en los simulacros.

La posmodernidad impregnó culturalmente toda la década del ochenta y los primeros años de la subsiguiente, y, poco a poco se fue convirtiendo en un recuerdo; hoy se encuentran incorporados algunos de sus hallazgos y prescripciones al saber popular y/o, como siempre sucede, considerados demodé por las clases cultivadas. De cuantos movimientos revistieran en el siglo pasado fue el más efímero y, por demás, dada su incidencia en los medios masivos de comunicación el más trivializado. El concepto-clave totalizador explicativo que lo sucediera, panacea de cuanta comprensión se pretenda de los acontecimientos que nos afligen a diario, fue el de Globalización, de extensión todavía mayor y cuya imposición soporta el mundo, al parecer, en su totalidad.

Durante el imperio del posmodernismo se dio en llamar sesentistas a cuantos, a contrapelo del tiempo vigente que se pretendía des-ideologizado e incontaminado de toda interferencia política, añoraban esas etapas anteriores del pasado inmediato en donde la utopía era posible y las revoluciones sociales iban a solucionar los males endémicos de la humanidad. Se los consideraba una rémora nostálgica de un ensueño que sería sepultado irremediablemente, cuyas ideas-eje no retornarían jamás a desempeñar algún papel definitivo en la palestra histórica, en concreto, un reservorio de ideas dignas de ser habidas en cuenta únicamente por los anticuarios.

Mas, ese tiempo que le fuera propicio también se convirtió en pasado, o mejor dicho, también trasladó al pretérito a la posmodernidad y, como reflujo, la nostalgia ahora tiñe con su halo melancólico a quienes, hasta ayer nomás, se burlaban de los sesentistas. La celebración de lo efímero como propio de la existencia humana revirtió, inexorablemente, sobre sus cultores, ya pertenecen al ayer, y, ahora recogemos su legado, donde los aciertos y los yerros conviven en plácida desarmonía.

Debemos a los posmodernos una rotunda aseveración: proclama la muerte de las ideologías (denominadas por sus cultores los Grandes relatos). Nada, sin embargo, más ajeno a los tiempos presentes: la Globalización, omnipresente en todo, explicación del todo y manipulación del todo se ha convertido en el sistema ideológico del economicismo rector del mundo contemporáneo. Parodiando al concepto Grandes relatos mencionaríamos como “Grandes Mentiras” al resabio que nos ha quedado de las doctrinas sustentadas, algunas propiamente por este movimiento, otras, anteriores, pero asumidas como verdaderas por el mismo. A saber “Dios ha muerto”, “El fin de la historia”, “La muerte del hombre”, El choque de civilizaciones”, entre las más notables.

Junto a la Globalización los Fundamentalismos dan acabada muestra de la persistencia de las ideologías; la “muerte de Dios” es un slogan que se viene repitiendo desde el helenismo tardío y profundiza el siglo XIX, habría que hablar, en su lugar, de “burocratización de la divinidad”, una metamorfosis que le permite  subsistir; en cuanto al “Fin de la Historia” la contundencia de la frase manifiesta un anhelo compartido por todos los Imperios que se consideran su cierre,  a casi veinte años de esta expresión, absurda, brilla hoy tan laberíntica e imprecisa en su futuro como siempre; “La muerte del hombre” sí es posible si cambiamos ese aserto por otro giro: “la muerte de la imagen tradicional del hombre”, al menos la que perdurara hasta mediados del siglo anterior, en ese sentido el “hombre” ha fallecido muchas veces desde que despertara a la conciencia de sí mismo, y, siempre, resucitó (salvo de la muerte natural que nos sobreviene individual y naturalmente y cuyo abismo desespera); al “choque de civilizaciones” lo denomino una falacia preformativa, esto es, organizar los acontecimientos para que ocurran tal como se los previó lo más cercano al  “Fin de la Historia” al que aspira el Imperio del Norte…)

En conclusión, una herencia demasiado cercana para que la disfrutemos, máxime si, entre sus bienes se destaca el vacío como uno de los más preciados…

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15 junio 2011 Posted by | CARLOS ENRIQUE BERBEGLIA | , | 2 comentarios

La Creación… o la dicha de partir a ninguna parte, por Víctor López Rache

Tener fe en el arte de la creación es desobedecer en silencio y partir con la esperanza de llegar a ninguna parte. Debe ser un viaje desinteresado y no esperar como premios ulteriores el aura que irradia los complejos de Adán y de Cristo. Con un creador nada comienza. Partir de la nada, invita a quedarse en la nada, para terminar en la nada. La obra tampoco tiene la obligación de dividir el tiempo en Antes y Después como consecuencia de una vida de sufrimiento, renunciación y entrega a un espejismo estético.
El talento y la inspiración no son constantes; pero si el autor está dispuesto a morir invocando en su obra el misterio de la palabra, convierte la terquedad en una especie de genialidad indefinida. Dormido y despierto persiste en su error, sin importarle si está dentro o fuera. Morir y renacer en cada intento es ir en la dirección correcta y la sed y el insomnio sirven de estimulantes a la página, siempre, a punto de iniciar.
El feliz sacrificio del creador auténtico anima a sus seguidores a poner las capacidades en la balanza. El punto de equilibrio es indolente y deja la obra en una oscilación perpetua y su autor, pálido, intuye que, en el arte, la certeza mata tanto como la duda. Pero si su imaginación ha tenido movimiento propio se reconocerá único e individual y, sólo entonces, comprenderá que ningún resultado estético depende de los caprichos de una simple balanza, llámese antología nacional, colección de obras maestras de la lengua, o compilación de las joyas inmortales de la aldea.
Crear es sentirse un ser libre, no un cubo de materia al vaivén de los caprichos de mentes autoritarias. Lograr una obra tranquiliza al autor y perfecciona el espíritu de la comunidad.

Pero, ¿un creador puede sobrevivir al margen de las distorsiones de su tiempo y su lugar?

En épocas como esta, sería un prodigio. A finales del siglo XX La Muerte de la Poesía fue anunciada y con ella vino el auge de la claridad. Todo estaba tan claro que la historia, las ideologías, la utopía, habían llegado a su fin. El discurso de Los Fines se tornó en el seductor de las mentes futuristas y allí dirigieron la mirada sin advertir los agujeros insondables ocultos en el esplendor de la claridad. Miles de luminarias inundan el mundo cuando intereses poderosos quieren pasar por alto aquello que avergüenza la razón y mancha la esencia de la criatura humana. El conocimiento predominante aseguró haber descubierto el secreto de lo más pequeño y lo más grande del universo. La inspiración nunca había existido y la noción de misterio había sido un equívoco de creadores temerosos de lo desconocido, afirmaron, incluso, poetas inspirados que escribían poemas misteriosos. Como si las posibilidades creativas careciesen de matices, ignoraron que el arte se adelanta o regresa en el tiempo e insistieron, de nuevo, en el fin de las grandes historias y, entonces, la creación promovida pasó a ser subsidiaria de las redes subliminales de la publicidad.
Los propagadores de Los Fines consideraban resueltas las incógnitas humanas y hablaron de nuevos paradigmas; tan nuevos que la mente no tenía preocupaciones distintas a recibir información. Todo era tan diáfano que nadie entendía nada y, conscientes de su capacidad de persuasión, los medios se metieron en las alcobas a repetir que El Fin de Milenio debía celebrarse de la mano divina para evitar que los males pasados se multiplicarán en los tiempos venideros. Se retrocedió a los estadios primitivos de la religiosidad y comunidades enteras se entregaron a venerar a los pontífices del miedo. La falta de pensadores apocalípticos en Latinoamérica impidió promocionar El Fin de la Magia y, tal vez, ello le permitió al Realismo Mágico prolongar su adiós sobre otras manifestaciones literarias de nuestra lengua. Pero quienes se sentían incómodos en tan hermoso ataúd de fantasías, percibieron que los soplos mágicos de la distracción, ocultaban trampas inversas a aquellos prodigios que revelan los practicantes de la magia no comercial. Los viajes espaciales dejaron dudas acerca de la vecindad del cielo; pero los elegidos del más allá miraron noticias y tuvieron certeza de la existencia de El Diablo. Infantilizaron el imaginario, el terror exacerbó los instintos de conservación y se impuso como justicia la ignominia del salvaje. Esta iluminación capciosa redujo la pluralidad del pensamiento; pero dejó un beneficio literario. Durante siglos se había dicho que la poesía era pariente de la religión. Los entendidos citaban como actos poéticos la creación del mundo en siete días y Dios hecho a imagen y semejanza del hombre. Pero no eran actos poéticos; eran mentiras incansablemente repetidas. Y si bien la poesía transciende los límites de la verdad, no puede entenderse como un gesto de aproximación a las habilidades innegables de la mentira. Poesía y religión son opuestas. La religión es local y envejece; la poesía perdura y es universal. La religión es dogma; la poesía es sugerencia. Distintos pasajes de La Biblia se semejan infinitamente a manuales de terrorismo y esa misma distancia los separa de la poesía.
Cuando todo ha llegado a su fin y una farsa planificada ilumina lo existente e inexistente, la única opción es crear. Pero si la creación literaria es hija de la imaginación sincera y prefiere moverse en rutas libres de señales arcaicas y barreras impalpables, ¿cómo continuar el viaje para llegar a ninguna parte?
La naturaleza se transforma sin temerle a los rigores del tiempo y el hombre tiene la necesidad latente de inventar. Entonces, los poetas y escritores, ahora, tenían la posibilidad de inventar el misterio para, luego, hallar la realidad. Y hallar la realidad debía ser un imperativo universal. Manos intocables la tienen refundida en superficies programadas en estudios de televisión, estaciones espaciales y laboratorios subterráneos. La inteligencia y la sensibilidad fueron contaminadas de fantasías extremas.
Las nuevas tecnologías tenían necesidad de ser nombradas y la falta de imaginación de sus inventores los llevó a apropiarse del lenguaje y, sin pudor, le infligieron mutaciones irremediables a las palabras. Los poderes establecidos repitieron el código y lograron invertir los significados. Desde entonces, Paz significa eliminar a un hombre, una comunidad, una etnia. Libertad implica cárceles, torturas y vejámenes de lesa humanidad. Soberanía, invadir a un país pequeño o el país pequeño entregar su dignidad. Prensa Libre equivale a transmitir, impunemente, las suciedades subliminales entretejidas en las mesas estratégicas de las multinacionales de la comunicación. La palabra, ahora, padece la represión de la Academia de la Lengua y el rediseño en las guillotinas de la tecnociencia y la publicidad.
A través de la imagen vaporosa y el lenguaje transmutado han reducido el principio de realidad y, para desmentirlo, institucionalizaron como sentencia invulnerable, la realidad supera a la imaginación, figura imposible, pero útil para exaltar los hechos atroces que suceden cuando la arbitrariedad es guía humana y espiritual.
En momentos en que el artificio maneja el imaginario colectivo, es justo mirar el pasado. En el primer milenio las sirenas dejaron de cantar; callaron a lo largo del segundo, y en el tercero reaparecieron repitiendo distracciones enfermizas con ínfulas de universalidad. En la antigüedad los oídos con cera se cuidaban de sus cantos; su posterior silencio planteó, seguramente, desconfianza; pero su reaparición alienada en la era de la globalización causa pánico. Su repetición incesante guarda intereses pavorosos y, en medio de barrotes invisibles o atados a redes virtuales, los navegantes de la iluminación planetaria debemos escucharlas con el suspenso de futuros náufragos. El subconsciente depende, quizá, de alguna deidad artificial, cuyo fin es controlar la criatura humana y vigilar las fronteras de la galaxia. Una creación tan admirable como perversa.
La tecnociencia es de principios autoritarios, pone todo a su servicio y declara caduco a quien le oponga resistencia. La máquina de escribir, en menos de 20 años, pasó a hacer parte del mito. La palabra página no remite a una cuartilla material y de dimensiones proporcionales a las medidas de la criatura humana. Página, hoy, es una apariencia ajena a materia, volumen y peso. Es un espejismo que obedece a un Clic y allí debe escribirse poesía, cuando el poeta debe conservar algo de la inocencia del hombre en su estado natural. Carta, ventana, ratón, de su tradición milenaria, nada le transmiten a un joven de estos días. La prueba esencial de la existencia de la memoria y la imaginación era el libro; pero los usurpadores de los bienes intangibles ya cogieron la palabra libro para expresar todo lo opuesto a un libro. Los paraísos virtuales ocupan el espíritu y, la falta de una realidad objetiva, ha llevado a los corazones inocentes a buscar en los mundos ilusorios su amor concreto. El hombre, ni siquiera, será necesario para el monótono vicio de la reproducción. Un científico, sonriente, afirmó, si la humanidad desaparece en una catástrofe atómica, nada le pasará a la naturaleza. Una década atrás, otro pensador había dicho que el hombre era tan optimista que creía que estaba a punto de desaparecer. Se intensifica el sarcasmo hacia el humanismo y las ideologías mueren de acuerdo a engaños planificados en centros de pensamiento de avanzada o en agencias de publicidad. Es una mutación dinámica y quienes eligieron la literatura como forma de vida sólo tienen a su disposición una palabra manipulada y unos sueños a punto de ser condicionados por programadores de necesidades tan seductoras como inexistentes.

¿Cómo crear con el humanismo herido y la conciencia individual difuminada en alucinaciones electrónicas?

Como siempre se hizo y siempre se hará. Más en el borde de la soledad que en el centro de la multitud. Más confiado en el milagro del inconsciente que en el gas pragmático que visualizó La Muerte de la Poesía como el acontecimiento del Siglo XX. Más en las experiencias de la vida que en las prebendas de instituciones que necesitan enaltecer y falsear. Los creadores que sobrevivieron a Los Fines de la Claridad deben seguir persistiendo en su error. En su error empezaron y en su error concluirán; pues el creador no debe someterse a las exigencias que van surgiendo de necesidades exteriores a la integridad de su ser. Poca creación literaria dejará, por ejemplo, poner el talento al servicio de conmemoraciones históricas, si ello no proviene de una motivación interior. Lejos del ruido alucinante de la moda estética, trabajará con la pasión de la primera vez y disfrutará la compañía de sus autores favoritos. Con ellos dormirá y en sueños establecerá diálogo de igual a igual e, incluso, los cuestionará. Si en ellos encuentra superadas las carencias del entorno, habrá pasado la prueba en que renuncian los aficionados. Son su consuelo insustituible a sabiendas que debe huirles. A medida que crezca su admiración, debe ubicarlos donde su mano no los alcance. Ellos, los maestros, los dignificados, son capaces de acabar con el mejor de los talentos. Es preferible ser un escritor con su mundo personal, suspendido en el signo de interrogación, que un famoso debiendo deudas impagables que el lector cobrará. En su seguro anonimato él descubre el autor insincero e, irónico, señala la procedencia de ese verso tan celebrado; en qué atmosfera tomó vuelo tan admirable cuento; de qué episodio surgió tal novela; de qué tono prestó el maravilloso eco de su voz. El lector a solas recorre la primera etapa de esa ruta quebradiza y malgeniada que el libro debe superar para comenzar a vivir. Figuras de fama absolutista han muerto apenas el lector descubre en sus libros las luces de estrellas ajenas. Después de siglos, autores proscritos han recobrado vida gracias a su propia luz mantenida bajo el brillo de simples parpadeos de neón.
El creador sobreviviente de las distorsiones de la claridad debe defender su independencia. De lo contrario, puede ser usado como objeto político por esos usurpadores del poder que encuentran en los nacionalismos el refugio a sus inclinaciones macabras. También debe cuidarse de las impertinencias económicas. La necesidad, o la abundancia, le impone a los artistas condiciones imposibles de eludir. Las apuestas pragmáticas, la riqueza y la fama han llevado tantos talentos a la desolación estética como la cárcel, la locura y la miseria.
Los obstáculos aparecen durante la escritura y después de ella. Los de talento los agradecen; los elegidos de la vanidad reaccionan enfurecidos. Sin el silencio, la negación, las envidias vengativas y demás métodos de exclusión, el escritor no tendría cómo saber si lo es. Fuera de las arbitrariedades convencionales de la sociedad, el tiempo es el principal. Todo tiempo es breve para un creador y, sin embargo, su trabajo debe ser lento, respetuoso de los abismos invisibles y de las pausas necesarias. El pasado, presente y futuro lucharán por no dejarse someter a las libertades de su obra. El tiempo del autor es el intemporal y, por eso, logra alejarse de las dinámicas de grupos, escuelas o manifiestos, artífices de buenos propósitos que terminan impidiendo el desarrollo de personajes autónomos que le permitirán identificar su obra con el ser esencial de los demás.
Es una opción dura de sostener. Pues los manipuladores de la época creyeron pocas las alteraciones ocasionadas a la realidad y moldearon el AutorClic, cuya característica esencial es desempeñar oficios ajenos a la literatura y seguir a su agente, y su agente se mueve con la agilidad del mouse para terminar, siempre, donde hay mayor rentabilidad. Si se adapta a las habilidades ratonescas, alcanzará la gloria instantánea. En cambio, si un escritor quiere seguir siendo un hombre de letras será eliminado de ferias, editoriales, traducciones y premios. Si sus libros son editados, serán pedestal de autores de visiones extremas. Los creadores de ayer no se ajustan al modelo impuesto y, por ello, se cuestiona su existencia. Se duda que Shakespeare sea el autor de su obra. Nerviosos académicos tratan de demostrar que, al menos, los párrafos no vulgares fueron escritos por un aristócrata de pensamiento refinado y virtuoso en el Arte de Comer y de Vestir. Cervantes tampoco se ajusta al modelo actual y, por eso, en los homenajes exaltan los episodios de su obra que invitan a la carcajada e ignoran la vida dolorosa que le diseñó el poder de su época. Intelectuales menos angustiados por las finezas de los creadores de genio, dictan conferencias explicando por qué no han leído a Shakespeare, Cervantes y otros de suerte similar.
El AutorClic no es un novicio sometido a los despropósitos seductores de agentes y editoriales. Sabedor de sus dones capciosos acomoda su personalidad a las exigencias de los poderes públicos y privados, cita frases efectistas de los inmortales, carece de humor y un chiste de tinte transnacional le basta para sorprender a otro escenario cosmopolita donde, al saludar y despedirse, repetirá, nada enaltece tanto a un poeta como el fracaso. No tiene ninguna preocupación distinta al éxito, depende de la admiración ajena y sus producciones van dirigidas a consumidores de papel impreso que no saben leer y viven ansiosos de aventuras, parábolas y perversiones. Es tan adorable que puede publicar engaños vacíos de contenido y de forma. Un editor aseguró que estaba en capacidad de volver best seller un cubo de páginas sin una letra. ¿Para qué inventar la llave que revelará nuevos misterios si el arte, también, es de vencedores e inescrupulosos?
Un blindaje hipnotizante protege al AutorClic. No le inquita saber que la publicidad es el horno crematorio de la creación. Extrae sus engaños de la religión, la historia, el arte, el crimen, o de sus aventuras como turista de las letras. Simplemente el olfato ratonesco del agente propone, un equipo recolecta la información, otro redacta y el AutorClic interrumpe sus empleos antiliterarios, revisa de afán en la pantalla, pone su fotografía y la logística de las editoriales se encarga de exhibirlo en las nebulosas de la fantasía comercial. La publicación de finas pastas se venderá como la obra de un creador y si no encaja en género esotérico, documental, sociológico, ni periodístico, se le impondrá la fascinante marca de Novela. Si le acusan de plagio, los comentaristas de la red internacional de los nuevos saberes le admiraran su extraordinario talento para actualizar; actualizar; siempre actualizar. El dinamismo de la época permite todo. La poesía no será editada, siquiera, para obsequiarla por la compra del engaño de finas pastas; no insista en regalarlos, señor, encarecen el traslado de las bodegas a las librerías, le dijeron a un poeta días antes de la feria del libro en Bogotá. Claro, si a un AutorClic se le ocurriese exaltar en líneas desiguales las atrocidades de un personaje del horror, el producto recibirá la chispa mágica de los medios, obtendrá el aura de inmensa aceptación y no pocos comentaristas hablarían de la resurrección de la poesía. De paso salvaría de la quiebra a muchas editoriales como lo siguen haciendo las publicaciones que, año tras año, provoca la figura de Hitler, deidad de millones de admiradores secretos que se acostumbraron a consumirlo gracias a los detractores que encontraron en su huella macabra motivaciones históricas, estéticas, políticas y de pensamiento.
El ritmo ratonesco no está solo perfeccionando las condiciones para poner en cuidados intensivos la creación literaria. Después de pasearse en laboratorios de última generación una científica americana concluyó que la naturaleza del hombre no está hecha para leer. La carcajada enemiga de la lectura de Hipno resonó desde la época de los dioses griegos y, a la vez, las multinacionales de la comunicación publicitaron el descubrimiento como una verdad maravillosa y la conspiración en contra de la lectura se aproximó a su nivel óptimo. Es tan dura la conspiración que a los mismos escritores les impide leer en la vigilia para releer en sueños. Les ha abreviado el tiempo necesario para enterarse de sus pares, de los predecesores y, algunos, no alcanzan a llegar a los clásicos a quienes, no sólo se les debe aprender, sino enriquecer hallándoles nuevas posibilidades de interpretación.
En este ambiente, controlado en todas las direcciones, poetas y escritores deben crear a pulso. Los críticos esperan una obra capaz de brindarles la oportunidad de descubrir personajes que les permita aventurar hipótesis para ayudar a descubrir la realidad refundida en los diferentes planos de la fantasía, paso previo para liberar a los ciudadanos del imperio de la claridad. Tal vez les asista la razón. Pero en siglos anteriores las dos actividades marchaban juntas. Los críticos sentaban posiciones literarias e iluminaban a los escritores en formación. Los críticos no dejaron en el olvido a Kafka, Proust y, después de seis siglos, rescataron de la biblioteca a la Divina Comedia. Los críticos aventuraban con la misma pasión que los creadores y, sin temor, establecían conexiones entre situaciones reales e imaginarias. En la obra de escritores y poetas, excluidos de su tiempo, críticos y académicos descubrieron los monstruos ocultos en la normalidad y profetizaron las posiciones autoritarias y las calamidades que hoy tienen al mundo pendiendo de la sonrisa de la tragedia.
Pero el exceso de claridad también afectó a los críticos y han optado por la indiferencia. Si bien la indiferencia es menos nociva que el elogio, sin crítica, escritores y lectores tendrán menos posibilidades de descubrir los misterios de su entorno. La autocritica es insuficiente para perfeccionar una obra llamada a perdurar.
Ante la alteración de la realidad, la indiferencia crítica y el hambre multinacional del AutorClic, el creador debe hacer de su obra una experiencia espiritual, como lo dejó escrito el ejemplo de los grandes del ayer. Se hace necesario reescribir incansables veces la frase esquiva. Recobrar la paciencia para hacerlo de rodillas. Experimentar la equivocación creativa de ver el sol en plena noche. Un Clic no puede desaparecer el miedo seductor de enfrentarse a aquello que durante generaciones se llamó la angustia ante la página blanca. La criatura que le confía la vida a la poesía lo hace porque ha encontrado en el arte la posibilidad para sugerir, preguntar, descubrir monstruos y encantos que habitan el alma. Si el cultivador de la palabra es sincero, las generaciones del futuro sabrán de un escritor, de esta época, que murió gritando a sus personajes; de un poeta que murió dándose consejos sobre cómo mejorar el verso que le avergonzó. Los lectores volverán a leer páginas en cuyas líneas fluye el espíritu y la sangre de una comunidad lingüística. Volverán a saber, en fin, de autores de esta época que, antes de llegar a ninguna parte, perfeccionaron su obra hasta cuando les permitió la agonía del breve viaje de la vida. Y, entonces, sólo entonces, quedará escrito que La Muerte de la Poesía no pasó de ser el gas de una intoxicación cerebral que sufrió un Nopoeta en momentos previos al surgimiento de Los Fines de la Claridad.

6 diciembre 2009 Posted by | NOTAS, VÍCTOR LÓPEZ RACHE | , , , | 1 comentario

   

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