EPANADIPLOSIS

Libros – Notas – Comentarios

EL COLOR CON QUE ATARDECE, poemario de Ricardo Rubio, por Alberto Luis Ponzo

Ricardo Rubio “El color con que atardece”. Tapa de la segunda edición (2004). Arte de tapa de Mónica Caputo.

 

Alberto Luis Ponzo

CONTRATAPA DE LA PRIMERA EDICIÓN por Alberto Luis Ponzo.

Si una breve apreciación acerca del trabajo poético puede parecer poco valorativa, al adelantarse algunas líneas expresivas o formas de mayor gravitación, en el caso de “El color con que atardece” sería arriesgada una tentativa de interpretación que no dejara lugar a las diversas experiencias  literarias de Ricardo Rubio (ensayo, narrativa, filosofía y teatro). Todo esto es lo que respalda, y acaso condiciona, la tónica de un libro que reafirma, no sólo una sostenida unidad poética, sino la presencia indiscutible de quien, con obstinación y  profundidad, ha dado el acento más destacable a una nueva generación.
Puede fijarse en los comienzos de la década del ochenta una patente renovación del lenguaje, con la visión de un mundo cambiante, cruzado de   conflictos, quebrado en sus ideales y en las mismas entrañas de toda representación como valor humano. Dentro de este marco “sentimos el corazón en la punta de los dedos”, escribe Ricardo Rubio;  “Inermes, nuestros brazos no retienen el alba”. O “nacemos para ir perdiendo la luz de las estrellas”. No abstante la devastación o el vaciamiento de los simples e imaginarios destinos del ser en este universo, puede haber salvación y, desde luego, un sentido mayor para todo quehacer artístico.
Ricardo Rubio se pregunta: “¿Dónde la magia, el sitio sagrado, el encantamiento? ¿Dónde ahora la belleza?” La respuesta está quizás no lejos de cada uno de nosotros. El autor de este libro, más allá de “Historias de la flor”, “Arbol con pájaros” o “Simulación de la rosa”, algunos de sus anteriores poemarios, abre aquí distintas posibilidades. Diálogos,  interrogaciones, a manera de una despojada búsqueda de  verdades absolutas, haciendo de “El color con que atardece” una obra, en esencia, ética y plena de imágenes reveladoras de una época donde el hombre “puede helarse de infortunio”.

                                                                                                                                             Alberto Luis Ponzo

COMENTARIOS EN CONTRATAPA DE LA SEGUNDA EDICIÓN:

Graciela Maturo

Graciela Maturo: No nos asombra que preceda al libro un texto preliminar con un epígrafe del Panchatantra. Toda la poesía de Rubio nos ha venido preparando para este encuentro con la sabiduría milenaria de los textos tradicionales. Ahora ve al hombre como el guerrero sagrado que cumple su destino de vértigo, lucha y amor. Reflexiona una vez más sobre las limitaciones de la raza, en la legitimación del saber poético, donde se encuentran sus íntimos personajes: el niño guerrero y el escriba nocturno. Estamos en la instancia que Martín Heidegger ha llamado Die Kehre, el retorno del hombre a su origen, y la vuelta del Ser al hombre. Me hace feliz dar la bienvenida a este libro de Ricardo Rubio y compartir la aventura metafísisca de su poesía.

 

Elvio Romero


Elvio Romero: Son estos versos de Rubio un diálogo con el destino, una canción a lo que la vida tiene de desolado, y hago suyo el acento de la musicalidad que casi no se encuentra en la poesía de hoy. El color con que atardece es uno de los pocos libros que reúnen la melancolía, la exhortación, la reflexión y la honda musa, y tanto puede ser cantado como estudiado. Héroe y escriba, joven y anciano, son circunstancias que tocan al hombre, al poeta o al hermano, un momento y un lugar que sirven a la metáfora para remontar el vuelo.

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Juan-Jacobo Bajarlia

Juan-Jacobo Bajarlía: Ricardo Rubio recrea los mitos, trata de ordenar el futuro como ese Tiresias de T. S. Eliot en “El sermón de fuego” de La Tierra baldía (III, vv. 218-220), o como ese Hanrahan de The Power (1928), de William B. Yeats, quien ebrio o sobrio irá por el alba para limpiar las lacras o las cenizas que alimentan a los humanos. La poética sonora de Rubio busca en la dimensión de esos seres míticos, que son el Guerrero y el Escriba, la elevación del hombre y la expurgación del cosmos, sabe que el mundo es un ser perecedero que morirá para rehacerse una y mil veces, como ya lo había intuido Zenón de Citio en el S. IV a. de J. C.

Juan-Jacobo Bajarlía

Ricardo Rubio

PRELIMINAR del poemario  (por el autor)

Tres tipos de hombres recogen
los dorados frutos de la tierra:
el héroe, el sabio consumado
y el que sabe servir.
Panchatantra, Libro I, sloka 45.

La vida no debería ser un simple entrenamiento físico para el tránsito, el trabajo y la final conquista. El niño que deviene hombre siente que su esencia de guerrero lo conduce hacia el vértigo, hacia la lucha y hacia la mujer. Un impulso primario de posesión alude a los elementos que la vida impone a sus individuos desde la oscuridad. El guerrero se desarrolla afín al camino y se perfecciona en la maestría de alguna especialidad, pero la presencia del niño en el núcleo de su ánima no desaparece, es el cimiento de un edificio que ha sumado altura con los años, son los  extremos de un mismo ser, distantes en tiempo y en templanza, que se bifurcan, que se dividen con una virtual cariocinesis que los enfrenta: uno, con las dudas y los deseos que la esperanza sembró en su alma; otro, con la sabiduría que el trayecto le ha ofrecido, roces a través de la niebla de la existencia. Así, el pasado intercambia ideas con el presente.
El racionalismo no admitirá jamás la idea de un propósito que invade las zonas más oscuras de la emoción, no validará una bilocación que atiende a la necesidad de aprovechar cada momento hasta el agudo. Convengamos que el niño guerrero y el escriba nocturno se encuentran dentro de una idea, en medio de un sueño que no pretende ser concepto ni metáfora —a pesar de las afirmaciones casi vehementes a lo largo del poema—, un lugar entre la tierra y el cielo. Ni el uno ni el otro aspiran a ser representaciones sensibles, sólo arrullan un sentido de oposición en cuanto a las formas de mirar y de sentir de un joven en vilo y de un anciano templado.
El hombre regresa al lugar de sus orígenes o muere solo. Su vida tiene algunas victorias y algunas derrotas, y con ellas, risas y lágrimas. Vuelve alguna vez al lugar donde nació y creció. Vuelve a la figura del padre, acaso él mismo, ya viejo y sabio. Esa doble identidad permite al mayor de los hombres el conocimiento absoluto del otro, pues no sólo lo contiene, sino también entrevé su devenir. Este conocimiento no otorga las ventajas que a primera vista parecen intuirse, solamente insinúa un remanso, un estadio de tranquilidad, cuando los recuerdos que vuelven al guerrero tocan los sueños del pasado. A raíz de la catarsis, cobra nuevas fuerzas y vuelve a las fricciones, como debe ser.

Ricardo Rubio

* “Mejor Libro del Mes” por la revista Daphne dirigida por Gustavo Soler (2003).

* Mención Especial Única de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, bienio 2002/2003 (2009).

* Segundo Premio “Ariel Bufano” a la versión teatral (El escriba nocturno), otorgado por la Universidad de Morón (2004).

 

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20 noviembre 2011 Posted by | ALBERTO LUIS PONZO, ELVIO ROMERO, GRACIELA MATURO, JUAN-JACOBO BAJARLÍA | , , , , , , , | Deja un comentario

LA ESTÉTICA DE ELVIO ROMERO SEGÚN MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS, por Ricardo Rubio

Elvio Romero

Elvio Romero es uno de los mayores poeta del humanismo americano, lineamiento que, dentro de una intención integradora, abarcaría también las obras de Armando Tejada Gómez, Manuel Scorza, Alberto Hidalgo, Manuel del Cabral, Pablo Neruda,  aunque en los casos particulares de estos poetas, salvo los dos primeros, lo social no ocupa el primer plano de sus estéticas, sino se trasuntan, a veces, desde lo voluntarioso del reconocimiento igualitario; otras veces, desde lo ético-intelectual. En cambio, la obra de Elvio Romero cubre con un manto de poderoso lirismo e ilimitada inspiración los paisajes oscuros de nuestra sociedad en forma directa, ejemplificadora y hasta feroz cuando el destinatario lo merece.
Pese a la juventud que entonces tenía, son muchas las razones por las que debe ser considerado como un poeta de la generación del cuarenta (entre sus 14 y 24 años): utiliza los variados recursos de la poesía moder-nista, la fuerza verbal de los humanistas españoles de fin del s. XIX y de principios del s. XX y el naciente expresionismo americano, que aún no había llegado a la cima de las preferencias de los autores. Su lirismo y versificación se nutren también de los mejores síntomas de la estela que deja el tardío post-romanticismo paraguayo. Esta característica primigenia no le impide indagar y tomar experimentalmente algunas libertades del vanguardismo argentino de mediados de s. XX. Pero la sinceridad, la honestidad y la vehemencia son actitudes que, seguramente, heredó de Julio Correa. Encontramos composiciones en las que aparecen también las caricias del superrealismo, con el que inadecuadamente algunos analistas pretenden acercarlo a Pablo Neruda, cuando en realidad sólo son los sonidos de algunos ecos de la imaginería metafórica de Miguel Hernández, León Felipe y Federico García Lorca, que no a pocos mostraron el camino, y del amplísimo vocabulario que recurre a todas las palabras de la lengua, y aún a neologismos. Quizá como producto del esfuerzo por encumbrar el dolor de la añoranza o de la melancolía por lo lejano en el espacio y en el tiempo o por el vigor de su fluir, siempre ajustado a la intención semántica, es un poeta que debe ser enrolado bajo las influencias directas del siglo de oro español, que llegan a él a través de lecturas clásicas y de los humanistas españoles.
El numen de Elvio Romero lo lleva a lo que considera más apropiado para dibujar y pintar la forma de vida paraguaya, en primer lugar, y la americana, en segundo, que sufren en su madera y en su carne. El control de los elementos superreales atiende más a las necesidades sensitivas de la imagen que a la composición semántica del texto, aunque su connotación es siempre objetiva del único modo que podrían ser los versos de un hombre honesto, pragmático y conmovido por la injusticia, que declama su verdad al mundo.
Miguel Ángel Asturias, en 1956, presenta la estética de Elvio Romero de esta manera:

Miguel Ángel Asturias

    “Lo que caracteriza la poesía de Elvio Romero es su sabor a tierra, a madera, a agua, a sol, el rigor con que trata sus temas, no abandonándose ni un solo momento a la facilidad del verso, y el querer interpretar el drama de su país joyoso de naturaleza y triste de existencia, como muchos de nuestros países. Pocas voces americanas tan hondas y fieles al hombre y sus problemas, y por eso universal. Poesía invadida, llamo yo a esta poesía. Poesía invadida por la vida, por el juego y el fuego de la vida. Pero no la vida como la concibe el europeo, chato siempre ante nuestro mundo maravilloso y mágico,  sino como la concebimos nosotros. Elvio Romero, como todos los auténticos poetas de América, no tiene que poblar un mundo vacío con su imaginación. Ese mundo ya existe. Interpretarlo es su papel. Lo real es lo poético en América, no lo imaginado o ficticio. Y por eso se nos queda tanta geografía dispersa en flores, en astros, en piedras, en aves, cuando leemos los poemas de este inspirado poeta paraguayo. Por los intersticios de tanto prodigio como va cantando, se escapa el dolor de los pueblos, gemido y protesta, pero también esperanza y fe. Pero estos sentimientos y pensamientos nacidos del paisaje que se torna lúcido y que por momentos llegan a ser opresores, son rotos por el poeta que les “nombra”. Romper el encantamiento “nombrándolos” es el arte de Elvio Romero, el encantamiento natural, ya que son traspuestos a sus poemas en el logro de otro encanto, el de la poesía, el sobrenatural. Sobre la naturaleza van sus versos arrastrando raíces de sangre viva, de vértigo, contraste y metamorfosis. Lo formal, si cuenta, cuenta poco en poetas en que hay una tempestad atronadora, en los cuales lo que se dice se expande y al expandirse crea o recrea, del mundo nuevo, su vibración auténtica.”

Ricardo Rubio

27 octubre 2011 Posted by | ELVIO ROMERO, MIGUEL ANGEL ASTURIAS, RICARDO RUBIO | , | Deja un comentario

Sobre ELVIO ROMERO

PARA UN FILÁNTROPO, por Ricardo Rubio

"Elvio Romero, la fuerza de la realidad", por Ricardo Rubio

Elvio Romero, la fuerza de la realidad

Si la llamada poesía social es la que se manifiesta como resultado de la observación que el poeta hace del medio en el que está inmerso, entonces Elvio Romero es un poeta social. Vale recordar que una vez dijo: “Yo casi podría decir que soy un poeta indignado. A mí la injusticia me produce indignación.” Cuando un hombre no puede sustraerse del sufrimiento de otro, no hace más que identificarse en el dolor ajeno, hacerlo propio y responder emocionalmente. En Elvio Romero no hubo una tendencia voluntaria a producir tal o cual efecto, vibró junto a las palpitaciones de su tierra y de su gente, y las tradujo en palabras que, de sí, tienen la sabiduría del amor y la belleza del hecho artístico. Llegó a las composiciones que su inspiración le dictaba con un vocabulario llano, inspirado, y cuyo caudal pareciera no tener límites. Dice, en el poema “En los días venideros”: “El hombre tendrá en los labios / el resplandor de sus gritos / y si no ardieron sus manos / con fuego de monte ardido / su sangre será una sombra / sin esplendores ni brillos.” Pese a la juventud que entonces tendría, existen muchas razones por las que debe ser considerado como un poeta de la generación del cuarenta paraguayo, pues utiliza, además de los recursos del modernismo, la fuerza verbal de los humanistas españoles, aunado a un expresionismo americano que aún no había llegado a la cima de las preferencias. Sus ideales firmes, sanguíneos y pragmáticos, inspirados por la realidad y ejemplificados con ella, se hacen palabras ante la observación de la injusticia social a la que estaba sometida gran parte del pueblo paraguayo. Empieza a considerar entonces que la poesía no es simplemente un juego de palabras emergentes del juego del pensamiento, sino un canto que brota de la emoción más honda y más sincera del ser, que traduce bellamente la mirada que el poeta derrama sobre las cosas, que llena los versos de sensaciones casi palpables. Es allí cuando deviene crítico de esa realidad y se instala fuertemente en el compromiso social, pues el hombre es gregario y vive en sociedad, y si ésta le hace sufrir, su canto será una elegía o una exhortación, expresando que la poesía es, según sus propias palabras: “un estremecimiento que siempre estuvo con los oídos atentos a las palpitaciones del mundo”. Este compromiso social, traducido luego en instancia bélica lo hará exiliarse en Buenos Aires tras la sofocada revolución contra Morínigo.

ELVIO ROMERO hizo de la ciudad de Buenos Aires su morada de referencia por más de cincuenta años. Fue aquí donde sus primeros libros se agotaron a los poco meses de editados por Lautaro y por Losada, y desde aquí saltó al mundo a su conquista. Pero, tan paraguayo como el más, añoró y cantó a su patria interminable e indefinidamente. Como dice en el poema que dedica a su mentor y, en cierto modo, maestro, “Carta a Julio Correa”: “Julio: vuelvo a escribirte ahora / madurado en este oficio amargo de recordar mi tierra / llena de estragos hondos y un sino desolado.” Y más adelante, en el mismo poema, dice: “Cuando regrese, Julio, habrá flores dichosas / acogiendo el anuncio de las nuevas semilla.

Elvio Romero y Ricardo Rubio

Todo tendrá el aroma de las cosas sencillas. La tierra, el alba pura se abrirán temerosas. Nosotros, como siempre… ¡cantando maravillas!” Firme en sus ideales: el amor, el honor, el pueblo y sus causas, Elvio Romero se abrió al universo de las letras como un poeta de categórico tono paraguayo, pues toda una tradición de poetas sociales lo constata, pero revelándose también como el más americano, desde los cimientos que edifican, sin dudas, el guaraní y la enorme historia literaria del idioma castellano. Idioma que nutrió y dignificó, actualizándolo, modernizándolo en sus íntimas combinaciones. Ejemplo de esto son, sin duda, estos pasajes: En “Paraguay bajo el cielo”: “¿Qué habéis hecho de mí que cuando toco el pecho buscando un pecho de hombre, toco llanuras áridas, parajes solariegos, un espeso y viviente follaje conmovido?” O como en “Poemas de Juan y John”: “Este es Juan, modelado en su tierra formidable, sin más aire que un aire taciturno, sin más bolsillo que un bolsillo de hambre. / Este es John, llegado no hace más de cuatro tardes y ya mirando con los ojos altos y escupiendo rencor sobre los árboles.” Con esta fórmula de relato agudo e inteligente sesgó el corte tradicional que traía por siglos la poesía de estilo castellano. Quitó de las recetas españolas sus insufribles cáscaras ancestrales, sus repetidos procedimientos líricos, y, sin necesidad de recurrir a innovaciones surgidas en otras lenguas, trazó un derrotero que demuestra que ningún camino se agota, ningún camino se muere. Su celo, su atención al lenguaje, fue más allá de la simple búsqueda de la belleza; los conceptos, los temas, los asuntos de sus poemas, no son gratuitos ni simples florilegios verbales, son un trazado del deber ser y del deber proceder: la valentía, el amor, el honor y la justicia. Sabemos, sí, que su obra tiene un acento social sobresaliente, sabemos que cantó al amor con el acierto, o la novedad, o la fuerza, que sólo unos pocos lograron desde Eluard, Salinas o Lorca. Que cantó a la dignidad, al arrojo y al temple, no sólo del paraguayo sino de todos los sometidos de la tierra, razón por la que sus composiciones desprenden la fuerza vital y el carácter pasional que más lejos ha llegado en la lírica castellana, en los últimos sesenta años. Su mirada esperanzada se nutre de algunas fórmulas modernistas y se funde con la pureza de gusto por lo clásico, lo que hace que su lenguaje no sólo propugne la intensidad de la expresión sino también un equilibrio formal, flexible a la gracia de la espontaneidad limpia y creativa. Extrañará pensar que su obra, acentuadamente humanística, sea de carácter pasional en función de una proyección sublime de la libido. Técnicamente se apoya en la sonoridad a ultranza y en su talento singular para hallar siempre el término preciso. Dice, en “Un hombre”: “Tuvo bienes sencillos: un puño original, un chiripá de cuero, la luna que una vez cargó en los hombros cuando cayó varada en el sendero, un horóscopo tibio de noche enmarañada, los jadeantes ijares de su perro, cuatro palmos de harapos y el palmo habitual de su silencio.” En cierta oportunidad que hablábamos del tema de la lengua y la sonoridad de sus vocablos, me dijo: “el idioma castellano tiene palabras fenomenales, por ejemplo: musitar, ¿no es musitar una palabra hermosa?” No encontraremos en su obra intimismos que delaten dudas o conflictos psicológicos, ni que intenten justificar el destino adverso, sólo en los temas de amor propiamente dichos aparecen las miradas a la identidad, a la corriente íntima y a las fricciones más individuales. En estos, el tema social y el del amor encuentran una juntura sin precedentes. Como en este pasaje del poema “Manta”: “…no puedo quererte sino con estos ojos de color de colina cenicienta, con estas manos anchas que al acercarse a tu cuerpo tiemblan con gesto extraño de raíz retorcida, sino con estos sueños de noches y caballos inquietantes que nunca dejan reposar mi frente…” O como en “Intermedio”: “Nada de amor ahora, mi amor; nada que no sea escuchar ese aullido en la noche…”; que termina diciendo: “Nada de amor, mi amor, por esta noche. La pared otra vez se ha teñido de sangre”. Desde los inicios, su personalidad se impuso por sobre las tentaciones de las vanidades literarias, tan abundante en nuestro medio. En una conversación de café, cierta vez, le dije que muchos deberían bajarse de la vanidad y ponerse a escribir. Entonces, él reflexionó: “Se sube a la vanidad cuando no se puede escribir”. Su altura, en los renglones más elevados de la poesía universal, no se debe a gestión de amigos ni a falsa publicidad. Su intuición poética lo llevó de la mano por un camino escrupuloso: evitó el follaje frívolo, el mariposeo intelectual, los perfectismos vacíos, y extrajo su poesía de las verdaderas fuerzas creadoras: la pasión y el talento. Comentó, una vez: “He pretendido que mis libros respirasen como los hombres; que contuviesen el aliento de nuestra naturaleza encendida por su vasto espacio verde y por el verano; por eso los poblé de personajes y de árboles que cantan y de gente cuyo oficio era sentarse en mitad de la luz del mediodía o del fulgor de la luna”. No puede negarse que su obra se apoyó en la experiencia y en los estados dramáticos que le proveyó el destierro.

Presentación en Argentina del ensayo de Ricardo Rubio: "Elvio Romero, de la tierra intensa". Eduardo "Blues Villalba, Ariel Romero, Norberto Barleand, Norberto Corti, Ovidio Ottaviano, Ricardo Rubio, Débora Infante, Élida Vallejo y Zulma Romero.

Sus libros pasan por las distintas temáticas dejando tras de sí una estela con fondo melancólico. Media en ellos un sustrato de dolor por desarraigo: tarde o temprano brota el adjetivo bucólico y evocador, imprevistamente, como aire necesario que debe respirarse sin más; o se enlaza en la añoranza de sus héroes, o en la de sus mártires, o en imágenes lejanas que rememoran su infancia. Para terminar, diré el poema “De caminante”: “Heme aquí, con los de mi camino: el justo, el pobre, el perseguido y el rebelde. De parte alguna vino mi voz sino de ellos. Fui con ellos a elegir mi posada, el desprendido corazón. El pan, el vino me fueron ofrecidos. Los destellos de su ser me encendieron; ahora nada tengo más de un mundo compartido, el compartido amor y la mirada. Se me fue dado este cantar por ellos. Heme aquí, derramado en mi camino.” Celebro el propósito de reunirnos para evocar, recordar y homenajear a uno de los mentores de nuestra poesía. Cuando Ovidio Ottaviano organizaba este encuentro pensaba, seguramente, en la necesidad de retener entre nosotros a una figura superlativa y en la justicia de una evocación constante que mantenga iluminado nuestro camino, para no perder de vista las más altas cualidades de la vida; el modelo de estas cualidades: Elvio Romero, un hombre, un poeta, un justo de la tierra.

14 marzo 2010 Posted by | ELVIO ROMERO, ESTUDIOS, RICARDO RUBIO | , , | 1 comentario

ELVIO ROMERO, voz ejemplar

por Ricardo Rubio

Elvio Romero y Ricardo Rubio

Cuando alguna voz se alza por sobre la murmuración, cuando se rompe el silencio para exaltar una verdad, es cuando aparecen la manifestación útil y la resistencia ante el abuso y el delito.
Elvio Romero fue en vida, es y será desde sus páginas, modelo de esa resistencia.
Poeta universal de tono americano, desde el cimiento paraguayo que edifican el guaraní y el enorme acerbo literario del idioma castellano. Idioma al que su obra alimenta y dignifica, actualizándolo y respetándolo con un celo que reniega de la invasión de voces y formas que a menudo asedian nuestra esencia hispanoamericana.
Su palabra desprende fuerza vital, el carácter objetivo de nuestro lenguaje y su sonoridad. Como expresionista a ultranza se nutrió de algunas fórmulas modernistas y de la pureza de gusto por lo clásico, lo que hace que su mensaje no sólo manifieste la intensidad de una idea enraizada en lo ético, sino también un equilibrio formal, flexible a la gracia de lo espontáneo, claro y creativo en lo estético.
No encontraremos en su obra intimismos que delaten dudas o conflictos psicológicos sino el dolor real de un hombre íntegro frente a lo inexorable de una sociedad ciega de ambición que llena su vacío existencial con objetos y poderes inútiles; tampoco hallaremos proposiciones penumbrosas, aun en los temas de amor indagó la identidad como percepción de un mundo todo, siendo las fricciones más individuales buen cultivo para delatar la decadencia de las autocracias absurdas.
Si la llamada poesía social es aquella que surge como resultado de la observación de lo justo, entonces Elvio Romero fue un poeta social. Él ha dicho alguna vez:
“Soy un poeta indignado. A mí la injusticia me produce indignación.”
Cuando un hombre no puede sustraerse del sufrimiento de otro, no hace más que identificarse con su dolor, y responde emocionalmente al llamado de la razón de un modo saludable y certero
En Elvio Romero no hubo una tendencia a suscitar ponderaciones a su destreza ni a su intelecto, de los que dispuso en alto grado. Llegó a las palabras y a los hombres con el dictado de un corazón compartido, con un vocabulario llano, inspirado, y cuyo caudal no tuvo límites a la hora de la palabra precisa o del abrazo fraterno.
Desde un principio se impuso por sobre las tentaciones del exitismo; sus valores se tradujeron en composiciones sanguíneas, a veces vehementes, en las que se advierte el pesar y la angustia del desarraigo.
No puede negarse que gran parte de su obra se apoya en el recuerdo y en los estados dramáticos a los que le sometió el destierro, pero su palabra dejó un sustrato de dolor nunca abatido, jamás desesperanzado
Como aire perentorio que debe respirarse sin más se enlaza con sus héroes, y sus mártires, con sus deseos, con la exaltación de la hombría, el vigor y la honestidad de los mejores hombres. Citándolo:
Heme aquí, con los de mi camino, el justo, el pobre, el perseguido y el rebelde; de parte alguna vino su voz, sino de ellos.
Sus ideas firmes y objetivas, brotadas de la realidad y ejemplificadas con ella, se hacen verbo ante la observación de la injusticia. Empieza a considerar entonces que la poesía no es simplemente un juego de palabras que emerge como fruto del trabajo intelectual, sino un canto que brota de la emoción más honda y más sincera del ser, que traduce la mirada que el poeta derrama sobre las cosas y que llena los versos de sensaciones que buscan lo palpable, el eslabón que una la abstracción con la materia.
Es entonces cuando deviene crítico de esa realidad y se instala fuertemente en el compromiso social, pues el hombre es gregario y vive en sociedad, y si ésta le hace sufrir, su canto será una elegía o una exhortación, pues, como dijo alguna vez:
“La poesía es un estremecimiento que siempre estuvo con los oídos atentos a las palpitaciones del mundo”.
Al respecto opinó Walter Wey que la poesía es una expresión viva de las ansias colectivas; decía también:
que “las inquietudes del pueblo deben manifestarse en los versos de los hombres elegidos.”
Si bien la poesía de Elvio Romero tiene un tono social o comunitario, de ningún modo es panfletaria o servil. Su obra es una pintura de la realidad, es fiel a los sucesos del tiempo que le tocó vivir y sensible a las necesidades de un pueblo agobiado por las guerras y por los abusos del tirano de turno.
La validez de una poesía de compromiso social depende de cómo el mundo resuena en el alma del poeta y de cuánta sinceridad exista en la dolorosa contemplación de sí y de su gente. De lo contrario, y fatalmente, caerá en la declamación falsa, pretenciosa y demagógica.
No ignora ni soslaya el destino trágico que unos pocos hombres dispensan a la mayoría, destino que asume como propio, resultándole a veces más penoso que a quien lo sufre. Cuando el que está en el ruedo es un poeta, el resultado del grito es una suscitación que deviene arte.
Extrañará pensar que su obra acentuadamente humanística sea de carácter pasional en función de una proyección subliminal de la libido. Técnicamente se apoya en una sonoridad a ultranza y en su talento singular en el manejo del idioma para hallar el fonema preciso. Pero las relaciones están a la vista: simbólicamente los griegos juzgaban que el ritmo era la parte masculina del arte, siendo la lírica la femenina, de esta relación crece el arquetipo de la unidad, y brota el amor como único elemento preservador de todas las cosas. Dice Romero:
“Yo leía mucho a los clásicos, cosa que se debe notar en mi poesía, por una preferencia que le di a la música… preferencia por una rítmica muy ceñida, con una imaginería que yo llamo más escueta, más cerrada…”
A pesar de ser un “poeta social” —idea que nos llevaría fácilmente a prejuzgarlo como un hombre de personalidad avasallante—, su obra posee un fuerte carácter individual, acaso infundido por su actitud austera y por su ánimo parejo y atemperado.
En Elvio Romero no hay una tendencia voluntaria a producir tal o cual efecto. Llega a los poemas que su inteligencia y corazón le dictan, con un glosario inspirado, cuyo caudal pareciera no tener límites. No sólo el talento emana desde sus líneas, sino también la “destreza” intelectual. Al respecto dijo:
“Un poeta tiene que conocer su oficio como un carpintero o un zapatero. No concibo un poeta que no conozca su trabajo.”
Cumple con el principio de acción y reacción de un modo inconsciente: lo que impulsa su poética hacia lo social es a la vez lo que la aleja de lo político. Opinaba que “lo social tiene que ser natural, surge en la medida en que está asimilado, no es una cosa pensada.” De este modo no atormentó sus versos con descripciones forzadas en tal sentido. El resultado de su trabajo no es la simple actitud de la voluntad, sino la carne de la forja varonil del hombre americano —o del fuerte y convencido hombre del cincuenta que la posterior decadencia intenta desdibujar incansablemente—; es la necesidad de un poeta que no se sustrae de la visión ni de la fricción diarias, y las racionaliza con justicia y honradez.
En este sentido Elvio Romero es el mayor poeta del humanismo americano, lineamiento que, dentro de una intención integradora, abarcaría también las obras de los peruanos Alberto Hidalgo y Manuel Scorza, y del dominicano Manuel del Cabral, aunque en los casos particulares de estos, lo social no ocupa un porcentaje tan alto de sus estéticas, sino se trasuntan unas veces desde lo voluntarioso, otras veces desde lo personal.
En cambio, la obra de Elvio Romero cubre con un manto de poderoso lirismo los paisajes oscuros de nuestra sociedad en forma directa, ejemplar y hasta feroz cuando el destinatario lo merece.
Aquí, en Buenos Aires, vieron la luz las primeras ediciones de sus libros e hizo de esta ciudad su hogar por más de cincuenta años. Fue aquí donde sus primeros libros se agotaron a pocos meses de impresos, y desde aquí saltó al mundo, a su conquista, para transformarse en un poeta universal: clásicamente castellano, claramente americano y paraguayo en lo hondo.
Su altura, en los primeros renglones de la poesía universal, no se debe a gestiones de favor ni a falsa publicidad.
Elvio Romero fue, para quien escribe esta nota, no sólo modelo de hombre, poeta y amigo, sino también ejemplo de coherencia, fidelidad y honestidad.


6 diciembre 2008 Posted by | ELVIO ROMERO, POÉTICA, RICARDO RUBIO | , , | Deja un comentario