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JETON KELMENDI, carta de CARLOS ENRIQUE BERBEGLIA al traductor

Carta de Carlos Enrique Berbeglia a Ricardo Rubio, traductor de “Cómo llegar a ti mismo”, poemario de Jeton Kelmendi.

Jeton Kelmendi

Jeton Kelmendi

Como llegar ti mismo

Como llegar ti mismo, de Jeton Kelmendi

Ricardo:

Leí los poemas que vertieras desde el inglés de  Jeton Kelmendi. En primer lugar quiero felicitarte por la obra de difusión de una literatura tan extraña a nuestra lengua, trabajo que es algo muy digno de encomio.
Luego de una seria lectura, he notado que Jeton Kelmendi practica una poesía “directa”, que no redunda en metáforas u otros recursos similares para expresar lo que desea.
Tal vez por la experiencia de la guerra civil que sufriera hacia el final del siglo pasado, decanta un gran sentido de la humanidad y de dignidad, creo que esa experiencia motivó a Kelmendi para lograr los bellos poemas: “El vaso de la melancolía”, fechado en París en 2006, y el anterior: “Para el coraje”, fechado en Viena, el mismo año.
La bella sencillez no está exenta de profundidad.
Se trata del canto de un poeta patriota y comprometido por la libertad de su pueblo, el poema que da título al libro así lo demuestra, aunque recurra a una mítica princesa para llegar a sí mismo, lo logra luego de un largo viaje, el del destierro, tanto interior como geográfico, y que valora los pilares cristianos de Occidente, lo demuestra su devoción por la Madre Teresa, sentimientos que  une con sus ansias por la liberación de Kosovo.
En resumen, una poesía que no requiere una decodificación erudita o el recurso a las interpretaciones esotéricas, basta leerla y disfrutarla.

Un abrazo.

Carlos Enrique Berbeglia
Doctor en Letras – Lic. en Antropología

Carlos Enrique Berbeglia

Carlos Enrique Berbeglia

Con-jeton-kelmendi-in-tetova (2016)

Jeton Kelmendi con Ricardo Rubio en Tetova (Macedonia, 2016)

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15 diciembre 2016 Posted by | CARLOS ENRIQUE BERBEGLIA, JETON KELMENDI, RICARDO RUBIO | , , , | 2 comentarios

AQUÍALLÁ, UMBRAL por Carlos Enrique Berbeglia

Revista AquíAllá Nº 4, dirigida por Julio Bepré.

Carlos Enrique Berbeglia escribió, a modo de prólogo:

 

UMBRAL

Carlos Enrique Berbeglia

 

Tres son los tipos de ignorancia que sobrevuelan el espacio humano: la propia de quien no desconoce la carencia que ella implica e intenta colmar ese vacío aun a costa de múltiples penurias; las características del necio que aprende a transformarla en fuente de certeza y complacencia y, finalmente,  la de quien intuye –más allá del horizonte censurado por su estrechez de mira– un mundo superior. Y existe la humildad del sabio extasiado ante el grito majestuoso de la naturaleza, forjador de su desciframiento y que, no obstante sus premuras, cede su tiempo sin grandilocuencia vana a los seres que lo solicitan.

Muy distinta es la contumacia de los zafios, incapaces de comprender la grandeza de cuanto se tiende a sus contornos y se adelantan con su indiferencia a la negación que consume la realidad del mundo, implícita en la soberbia de quienes se aferran a una sola perspectiva y voz para explicarlo, a una enjuta moral para gozarlo y a una decidida acción que lo extermine cuando desoiga sus requerimientos.

Y es una y solamente una la unidad del alma que sobrevuela  la belleza del conocimiento en una acción continua sin trabas, lo que la exalta, la alegra y dignifica y, por encima de cualquier afán circunstancial y torpe, la libera de cuanta oscuridad le traba la visión y marcha hacia su propia hondura.

Carlos Enrique Berbeglia

7 agosto 2011 Posted by | CARLOS ENRIQUE BERBEGLIA, NOTAS | , , , | Deja un comentario

LA HERENCIA QUE NOS DEJÓ EL VACÍO, por Carlos Enrique Berbeglia

A regañadientes, valga una expresión poco académica para el inicio de estas reflexiones, acepta la intelectualidad contemporánea que, ella también, como cualquier otro acontecimiento similar que afecte a los humanos, se encuentra sometida al imperio de las modas, fenómeno que parece haberse acentuado en el transcurso de los últimos años y que se extiende, del ámbito propio de la vestimenta y el arreglo personal, a la esfera literaria, la filosófica, la artística, la científica, contagiando incluso las actividades religiosas y las políticas y convirtiéndose, dicho sea al pasar,  en otra de las características que asume el dictamen del tiempo para mostrarnos su, todavía, tránsito indomesticado.

Carlos Enrique Berbeglia

Temporalidad que pareciera haberse acelerado; sus facetas, en nuestro caso los movimientos espirituales, acontecen cada vez con mayor rapidez y resultan, por lo tanto, más breves sus escenificaciones (no sé si, en aras de reemplazar esa exigüidad, resultan igual y paralelamente intensas sus influencias en los tiempos de inmediato adyacentes o posteriores o, estas últimas escenificaciones, contagiadas de esa brevedad, también se diluyen con similar rapidez).

Estilos artísticos, corrientes literarias, escuelas filosóficas, todos ellos asumiendo el espíritu de una época o confiriéndole su impronta, influenciándose mutuamente entre sí, acatando los requerimientos del más fuerte o rebelándose abiertamente contra él y, en esa insumisión, dar las pautas programáticas de un alumbramiento nuevo que sobrepasará sus fronteras originarias o morirá, tempranamente, comprendido en el rigor de su perímetro. Las denominamos sub o ante movimientos por hallarse, en el primer caso, sus propuestas conceptuales incluidas en la llave mayor del movimiento o ser utilizadas por éste, en el segundo, para arribar a sus fines programáticos.

Considero que el movimiento posee una mayor extensión (no necesariamente temporal) que una escuela, una corriente o un estilo, es expansivo.  El romanticismo, por ejemplo, superó, sin duda, los límites de una simple escuela literaria, abarcó la totalidad de una época y se propagó por el orbe occidental y, cuando ya languidecía en Europa, brillaba su juventud en América, ora incendiando los pueblos de revoluciones ora vibrando en las almas de poesía. Radica, por ende, la nota constitutiva del movimiento, en el arribo hasta en los vericuetos más insospechados de la cultura, característica que le permite asumir entre sus lineamientos aquellos propios de algún estilo, una corriente o una escuela contemporánea o anterior (los hechos que denominamos sub o ante movimientos) pero, también, improntar fuertemente en la historia de la cultura como para permitirle la configuración de una serie de representaciones –estéticas y gnoseológicas– capaces de trasmitirse a la  posterioridad.

Precisamente, el último gran movimiento de Occidente, estético-gnoseológico y hasta ético, fue el denominado posmodernismo que, aunque eclosiona a principios de la década del ochenta en Europa y Estados Unidos y se expande con la rapidez de un Tsumani a lo largo de una década y remonta sus orígenes a las propuestas arquitectónicas apenas anteriores reconoce sus antecedentes ideológicos en ciertos postulados teórico-filosóficos decinónicos. Riqueza de origen y rapidez de conquista que, sin embargo, se agotaran con la misma rapidez con la que se originaran.

Una serie de marbetes que acatan la práctica totalidad de los seguidores de este movimiento nos aporta sus características esenciales. Como arranque, la ruptura con la modernidad, acción que supone rechazar los aportes acumulados por el desenvolvimiento de la razón filosófica a lo largo de toda su historia y que, precisamente culminara bajo la égida de la filosofía moderna. Esta negación le permite postular un no vedado irracionalismo visible, sobre todo, en el abandono del interés por el encuentro del fundamento constitutivo de todo lo real, llámeselo Ser, Dios, Esencia o con cualquier otro epíteto que haya cobrado una cuasi sacralidad en la implícita historia paralela de la metafísica insta en el citado desenvolvimiento de la razón filosófica.

Metafísica que habrá de ser superada definitivamente vista la inutilidad de todo el esfuerzo llevado a cabo por Occidente para hallarle un lugar en sus epistemologías, sobre todo en las actuales, cuyos presupuestos teóricos niegan la posibilidad de una disciplina cuyos correlatos empíricos sean prácticamente inexistentes por la exigencia de sus parámetros, comprendidos en una cientificidad pragmática que no acuerda con los postulados de esa metafísica, fijada en sus  prerrogativas de constituirse en el fundamento de todo lo real, a partir de una serie de conceptos que la historia dejó atrás por obsoletos y que ella se empeña en mantener vigentes.

Los adherentes al posmodernismo arguyen también que ha de desecharse la exigencia de una verdad de alcance universal; otorgan, para ello, valía a  los discursos de las minorías étnicas basados en sus propias representatividades mentales, a las mociones de las  feministas o de los homosexuales que colocan en pie de igualdad con las de mayor prestigio, al estilo de las científicas o filosóficas, propuestas menos pretenciosas aunque igualmente dignas de hallarse en la tarima con las anteriores porque suponen la necesidad de un acuerdo, no en los términos, precisamente, de un lenguaje de pretensión universal, sino en la necesidad de consensuaraproximaciones parciales a la consistencia de la verdad, sólo accesible a partir de la particularidad grupal o social.

Por lo tanto, multiplicidad de representaciones, de una realidad sometida por los medios de comunicación masiva y por la cibernética a una virtualidad que la relativiza, en donde los simulacros poseen, prácticamente, los mismos visos que la realidad palpable por unos sentidos cada más sugestionados por la frecuentación de los fármacos que la vuelven tan evanescente como la que aparece en los pantallas de las computadoras, en donde las guerras    y la tragedia que suponen son avistadas con la misma liviandad que un evento deportivo y en donde los parámetros de comparación perecen en la liviandad de un mundo en donde todo da igual y los valores fluctúan sin solución alguna de continuidad.

Acontecimientos culturales comprendidos por un lenguaje propicio a un neonominalismo en donde, forzosamente, las palabras se independizan de los hechos a los que aluden y que polucionan, en consecuencia, la liviandad de ese mundo, de sentidos a los que rige un individualismo ajeno a cualquier propuesta que lo aleje de la satisfacción inmediata de sus alucinaciones tecnológicas, y en donde su constitución como persona  precisamente individualizada, valga la paradoja, desaparece en esta perentoriedad por acceder a las exigencias de un mundo que lo colma de las vaciedades que apetece y lo alejan del centro de su yo, inauténtico y, a la vez, desenfocado de ese mundo al que logra aprehender únicamente a medias.

Yo propio de un sujeto que se de-construye como si se tratase de un poliedro armado a las apresuradas y se multiplica en las facetas que le pertenecen a él tanto como al mundo que habita. Se trata de un individuo aislado, incapaz de comunicarse con el otro salvo en cuestiones preestablecidas, inarticulado, un triste pelele sometido a los vaivenes de un momento sociohistórico que lo domina a partir de la satisfacción de sus deseos, no los primordiales sino los incoados por ese momento aludido a los que necesita satisfacer so pena de caer en un proceso de insoportable frustración, en un contexto caracterizado por una religiosidad meramente formal que no le ofrece “contención” espiritual alguna y solamente preocupada por mantener sus prerrogativas  en medio de ese agnosticismo velado y generalizado.

Estilísticamente los coreutas de la posmodernidad se obsesionan por las expresiones fragmentarias, no por los tejidos de largas argumentaciones –no sólo porque la vertiginosidad del tiempo que sirve de sostén a la vida contemporánea las vuelve inapropiadas para acceder a sí misma– sino porque son las que mejores pautan la fractura mental del hombre que ilustran (o que, mejor dicho, determinan), levemente conciente del vacío el que transcurre su existencia, desprovista del consuelo que, anteriormente le aportaban los Grandes relatos (denominación que le aplican, substancialmente, a las ideologías), de cuya muerte se hizo cargo el tiempo final de la historia.

Una nota curiosa del movimiento de marras consiste en que tanto delata como fomenta los tópicos revistados porque resulta de las características de un mundo dominado por los sistemas comunicativos y en donde la sobreabundancia de recursos tecnológicos crean la falsa ilusión  de que todo es posible; asimismo, valiéndose de esos mismos medios, siempre comprendidos bajo sus preceptos teóricos y a la vez incentiva las predisposiciones ficcionales a las que tienden, naturalmente, los seres humanos, lo cual conduce a que, las experiencias de éstos acontezcan, casi siempre, bajo el amparo mixto de lo supuesto y lo fingido, en donde la realidad, en hechos decisivos como la muerte o cualquier otro tipo de desgracia similar, cuando arriba y destruye la burbuja establecida por la esquizofrenia, marca con precisión mordaz la distancia entre sus dictámenes decisivos y las apariencias expuestas en los simulacros.

La posmodernidad impregnó culturalmente toda la década del ochenta y los primeros años de la subsiguiente, y, poco a poco se fue convirtiendo en un recuerdo; hoy se encuentran incorporados algunos de sus hallazgos y prescripciones al saber popular y/o, como siempre sucede, considerados demodé por las clases cultivadas. De cuantos movimientos revistieran en el siglo pasado fue el más efímero y, por demás, dada su incidencia en los medios masivos de comunicación el más trivializado. El concepto-clave totalizador explicativo que lo sucediera, panacea de cuanta comprensión se pretenda de los acontecimientos que nos afligen a diario, fue el de Globalización, de extensión todavía mayor y cuya imposición soporta el mundo, al parecer, en su totalidad.

Durante el imperio del posmodernismo se dio en llamar sesentistas a cuantos, a contrapelo del tiempo vigente que se pretendía des-ideologizado e incontaminado de toda interferencia política, añoraban esas etapas anteriores del pasado inmediato en donde la utopía era posible y las revoluciones sociales iban a solucionar los males endémicos de la humanidad. Se los consideraba una rémora nostálgica de un ensueño que sería sepultado irremediablemente, cuyas ideas-eje no retornarían jamás a desempeñar algún papel definitivo en la palestra histórica, en concreto, un reservorio de ideas dignas de ser habidas en cuenta únicamente por los anticuarios.

Mas, ese tiempo que le fuera propicio también se convirtió en pasado, o mejor dicho, también trasladó al pretérito a la posmodernidad y, como reflujo, la nostalgia ahora tiñe con su halo melancólico a quienes, hasta ayer nomás, se burlaban de los sesentistas. La celebración de lo efímero como propio de la existencia humana revirtió, inexorablemente, sobre sus cultores, ya pertenecen al ayer, y, ahora recogemos su legado, donde los aciertos y los yerros conviven en plácida desarmonía.

Debemos a los posmodernos una rotunda aseveración: proclama la muerte de las ideologías (denominadas por sus cultores los Grandes relatos). Nada, sin embargo, más ajeno a los tiempos presentes: la Globalización, omnipresente en todo, explicación del todo y manipulación del todo se ha convertido en el sistema ideológico del economicismo rector del mundo contemporáneo. Parodiando al concepto Grandes relatos mencionaríamos como “Grandes Mentiras” al resabio que nos ha quedado de las doctrinas sustentadas, algunas propiamente por este movimiento, otras, anteriores, pero asumidas como verdaderas por el mismo. A saber “Dios ha muerto”, “El fin de la historia”, “La muerte del hombre”, El choque de civilizaciones”, entre las más notables.

Junto a la Globalización los Fundamentalismos dan acabada muestra de la persistencia de las ideologías; la “muerte de Dios” es un slogan que se viene repitiendo desde el helenismo tardío y profundiza el siglo XIX, habría que hablar, en su lugar, de “burocratización de la divinidad”, una metamorfosis que le permite  subsistir; en cuanto al “Fin de la Historia” la contundencia de la frase manifiesta un anhelo compartido por todos los Imperios que se consideran su cierre,  a casi veinte años de esta expresión, absurda, brilla hoy tan laberíntica e imprecisa en su futuro como siempre; “La muerte del hombre” sí es posible si cambiamos ese aserto por otro giro: “la muerte de la imagen tradicional del hombre”, al menos la que perdurara hasta mediados del siglo anterior, en ese sentido el “hombre” ha fallecido muchas veces desde que despertara a la conciencia de sí mismo, y, siempre, resucitó (salvo de la muerte natural que nos sobreviene individual y naturalmente y cuyo abismo desespera); al “choque de civilizaciones” lo denomino una falacia preformativa, esto es, organizar los acontecimientos para que ocurran tal como se los previó lo más cercano al  “Fin de la Historia” al que aspira el Imperio del Norte…)

En conclusión, una herencia demasiado cercana para que la disfrutemos, máxime si, entre sus bienes se destaca el vacío como uno de los más preciados…

15 junio 2011 Posted by | CARLOS ENRIQUE BERBEGLIA | , | 2 comentarios