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Libros – Notas – Comentarios

CORREO DE LECTORES: Cortázar en la mira (Revista Ñ – 21/9/2013)

Graciela Maturo

Graciela Maturo

Con creciente asombro he leído la columna que firma Gonzalo Garcés en la revista Ñ, del sábado 21 de septiembre pasado, titulada ¡Que vuelva Durrell! Escudado en el autor británico, a quien también menosprecia, el columnista despliega, con notable soberbia, una clara diatriba contra el autor de Rayuela , diatriba que, de paso, se extiende al “ya desacreditado” Ernesto Sábato, pretendiendo borrar de un solo plumazo a dos grandes figuras de la cultura nacional. Ya habíamos escuchado- en alguna reunión, en algún congreso de estos últimos años- insinuadas o francas desvalorizaciones de Cortázar, de cuya obra Rayuela se está conmemorando el medio siglo, y cuyo centenario será el 2014. (El propio periodista de Ñ confiesa haber suscripto, más por obligación que por placer, sus 2000 palabras sobre el libro). Incluso llegó decirse – y no recuerdo quién es el crítico que suscribió la frase- que Cortázar cultivaba “el mito burgués del artista”.
Esos rumores tendían a establecer que Julio Cortázar era sin duda un gran cuentista, y como tal debería ser recordado. Buena manera de congelar a un autor en lo que el poeta Juan Larrea llamó “los santos claustros de la Literatura”, una de las “turas” denostadas por Cortázar. No porque en el cuento no exista un pensamiento, sino porque en él se da el pensamiento elaborado y como encriptado a través de una ficción. Convenía pues olvidar sus novelas, declararlas anacrónicas, aburridas y carentes de humor, como lo hace Garcés en esta oportunidad.
Resulta de fácil mecanicismo afirmar como allí se hace que Cortázar se ha inspirado, para escribir su libro emblemático, en El cuarteto de Alejandría , basándose en que esta obra empieza a publicarse en 1957 (no se precisa si en su idioma o en la traducción castellana) y en 1958 se habría iniciado la escritura de Rayuela. Se dice por otra parte que el autor ha mencionado a Durrell , omitiéndose que ha nombrado a gran número de autores occidentales y orientales, ya fueran contemporáneos o no. Además, aduce el informado columnista, en ambas obras dialogan intelectuales que sustentan distintas ideas y provenencias. ¡Como si no hubiese existido en la Argentina la tradición de la causerie, impulsada por Lucio V. Mansilla, y la novela Adán Buenosayres, solitariamente valorada por Cortázar en su memorable reseña del 49, en la revista Realidad! Es lástima que Garcés no lo haya recordado, porque hubiera podido añadir otro autor a su galería de rechazos. Nada digamos de la tradición del diálogo, inaugurada por Platón y proseguida por el humanismo en vasto tramo que tornaba innecesario acudir al autor del Cuarteto.

Rayuela

Rayuela

Pero los escritores argentinos de aquel momento vienen a mostrar una inocultable cholulez, al producirse, ante Durrell, la incondicional admiración de Sábato y la irreprimible imitación de Cortázar.
Hay otros hallazgos dignos de consideración en este breve y despectivo escrito. Los personajes creados por estos autores han girado alrededor de una pregunta adolescente: ¿cómo llegar a ser? En efecto, sería hora ya de terminar con esa inmadura y obsoleta interrogación, reformulada desde Heráclito a Heidegger, y desde Píndaro a Rilke, Hesse, Thomas Mann, Carpentier, Lezama, Marechal, Sábato y Cortázar.
Para concluir, me gustaría conocer algo más de la obra literaria o crítica del autor de estas opiniones.

                                                                  por Graciela Maturo

24 septiembre 2013 Posted by | ERNESTO SABATO, GRACIELA MATURO, JULIO CORTAZAR | , , , | 5 comentarios

¿QUÉ ES LA BUENA LITERATURA?

por Manu de Ordoñana el 21-09-2013

 

Manu de Ordoñana

Manu de Ordoñana

Vengo observando en los últimos años el rechazo que suscitan los llamados bestsellers por parte de los que se dicen amantes de la literatura. Como corresponde a un debate que se precie, las opiniones están divididas entre los defensores de la buena literatura que, desde su trinchera del menosprecio, excluyen a las novelas de éxito de tal condición y los que opinan que no todas son literatura basura. Pero antes, ¿no sería mejor aclarar el significado del término? Vargas Llosa dijo en su primer discurso como Premio Nobel que la buena literatura da placer y crea menos gente manipulable. Ése puede ser un buen punto de partida y lo resumimos en dos palabras: Formar deleitando.

El paso siguiente es saber a quién queremos “formar deleitando”. Por desgracia, la población lectora en la actualidad es una minoría burguesa, un público que, consciente de su ignorancia, ansía descubrir las miserias que la sociedad esconde, aunque sólo fuere para sentirse inocente. En ese sentido, la buena literatura tendría la misión de revelar cómo es el mundo, con lo cual ya estaríamos empezando a cambiarlo, y el escritor sería el responsable de denunciar a los ciudadanos que consumen una misma cultura la trasgresión de los valores compartidos.

Para tener éxito y cumplir el objetivo sólo faltaría que esta tarea de mediador que cumple el escritor llegara a su receptor de una forma cómoda y comprensible. Es la forma, el estilo que ha de estar al servicio del fondo y adaptarse a su contenido y no al revés como muchas veces sucede. Si el guión exige nuevos modos de expresión, búsquelas el autor, pero si no, utilice el lenguaje propio que facilite la lectura, sin hacer dejación de la prosa precisa y elegante que ha de caracterizar a un artista. Si la forma es el alma de las artes y de la música, en la literatura concierne más el fondo.

Hay lectores que prefieren lo simbólico que invita a la reflexión, que les cuenten la historia a medias, textos que sugieran actitudes, insinúen intenciones, sin definir el verdadero carácter del personaje, para sacar su conclusión. Este tipo de lectores no quiere que se lo den todo hecho, desea participar en la trama, descubrir el enigma, como si estuviera enfrentado a un Sudoku. Son novelas que exigen una lectura seria, lenta, con pausas, para dar tiempo a la reflexión, con el fin de capturar las ideas centrales y reelaborarlas para que se adecuen al sentir de cada uno. Pero, ¿a quién va dirigido esa especie? A un colectivo reducido, a una elite erudita. Nada que oponer.

Pero el gran público pide otra cosa. La literatura ligera reduce los obstáculos, simplifica las formas y hace ameno el contenido para que el lector la pueda digerir sin aplicación. ¿Implica eso que esta literatura ligera aborde siempre cuestiones triviales? Yo creo que no. Nada impide que alguien pueda escribir sobre el dolor, la muerte, el amor o el miedo de manera ilustrada, con un argumento sólido,  personajes bien construidos, prosa viva y ritmo ligero.

Son esas novelas dirigidas a la burguesía de la que hablábamos al principio las que conformaron la cultura occidental, las que emocionaron e hicieron llorar a nuestros antepasados, las que siguen deleitando a las generaciones actuales. Son esos escritores que han pervivido hasta nuestros tiempos, los que entendieron desde el primer momento que, para sensibilizar a la plebe sobre los conflictos que afectan al género humano, para defender puntos de vista que apuntan al progreso, era necesario presentarlos con el embalaje goloso de un formato atractivo: entretener al personal no pecado.

Si realmente la literatura es el conducto —pero no el único— que va a servir para construir una sociedad más libre, el vehículo no será la alta literatura escrita para esas elites eruditas que ya poseen el conocimiento, sino una literatura más sencilla capaz de llegar a las masas para hacerles vibrar con los graves problemas que afectan al universo, desvelando situaciones sobre las que el hombre cierra los ojos, tapadas por un cúmulo de mentiras y tan repetidas que hasta parecen la verdad absoluta. “El papel de escritor es inseparable de difíciles deberes, ya que no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren”, dijo Albert Camus en el discurso que pronunció al recibir el premio Nobel de Literatura.

Así hemos llegado a un punto en el que claramente se diferencian esos dos tipos de literatura, la ambiciosa que nos ayuda a ser más inteligentes, más tolerantes y más curiosos —en palabras de Ignacio Polanco— y los éxitos de venta que sólo pretenden divertir, a los que se les ha asignado esa etiqueta ominosa de bestsellers. Y yo me pregunto: ¿todos los bestsellers han de ser considerados como basura? ¿No fueron bestsellers “El nombre de la rosa” o “Cien años de soledad” o “Los pilares de la Tierra”? ¿Será literatura basura la próxima novela “El héroe indiscreto” de Vargas Llosa que lleva camino de convertirse en el “superventas” de 2103? Ni toda la literatura basura es de mala calidad, ni toda la buena es música celestial. ¿Por qué los escritores de la llamada Generación del 98 son todos aburridos, a excepción de Baroja?

Más vale ver a la gente atareada en la lectura, aunque sea un bestseller, que viendo la tele. En un libro siempre se aprende algo, cuando menos el ciudadano está adquiriendo el hábito de leer, quizá más adelante le entre el gusanillo y se atreva con cosas más serias.

 

23 septiembre 2013 Posted by | MANU DE ORDOÑANA | , , , , | Deja un comentario

EL PROFESOR DE AJEDREZ, novela de Victorio Veronese

EL PROFESOR DE AJEDREZ DE VICTORIO VERONESE

 Por Margarita Ferrer

Victorio Veronese

Victorio Veronese

La novela siempre ha sido un género difícil de delimitar, sobre todo a partir de la narrativa desarrollada en el siglo XX, cuando el género busca otras formas de expresión y otra manera de narrar. Uno de los rasgos que la caracterizan es precisamente la complejidad, no solamente en las líneas de acción que se tienden en la historia sino también en las problemáticas de los diferentes personajes, en la estructuración temporal de la historia y,  fundamentalmente, en la invención de una trama. La trama es- como afirma Paul Ricoeur- el medio privilegiado para reconfigurar la experiencia temporal. Y es a través de una trama que  los acontecimientos diversos y dispersos adquieren la categoría de una historia.

En la novela El profesor de Ajedrez del escritor  Victorio Veronese- publicada este año en Buenos Aires por Ediciones de La Luna Que (119 páginas)- nos encontramos con una trama que se despliega ante los ojos del lector como una partida de ajedrez, en la que los contrincantes son, en primera instancia, el narrador y el receptor. Un narrador que podemos claramente identificar con el profesor de ajedrez, aunque la persona gramatical no siempre coincida.  Y un lector que va jugando sus piezas, avanzando y retrocediendo en historias de vida construidas en el espacio de la escritura.

La lectura de la novela nos deja la impresión de estar sumergidos en la exhibición de una serie de estrategias destinadas, como en el ajedrez,  a “derrocar” al adversario. Es esa misma tensión de contrarios del juego de ajedrez que se advierte en la lectura de la novela, cuya historia está  atravesada,  esencialmente, por situaciones binarias de opuestos planteadas desde el inicio del relato: el “ negro de mierda” y el rubio  de la zona norte de Bs. As; el ateo y el creyente; el hombre y la mujer en la intersección de sexo y violencia; la prosa y el verso para expresar un mismo acto sexual; en fin Eros y Thanatos, las dos pulsiones fundamentales de la existencia, la de la vida y la de la muerte.

EL PROFESOR DE AJEDREZ de Victorio Veronese

EL PROFESOR DE AJEDREZ

Hay un presente histórico argentino, y también  un pasado que se entrelazan con las conversaciones de los personajes que viven en Buenos Aires, en un espacio geográfico concreto y en donde hay una clara posición  político-ideológica tomada.

En la contratapa del libro, su autor, Victorio Veronese afirma:

La soledad del lector o lectora, ¿con qué se va encontrar en El profesor de ajedrez?. Con las eternas preguntas del porqué del Universo y del ser humano en él, con un erotismo a veces violento a veces tierno, dulce,  siempre oponiéndose a Thánatos, porque Eros sabe que es el único que lo ofende.

¿Con qué se va encontrar la lectora o el lector de El profesor de ajedrez?. Con Arlt, con Borges, con Tomás Alva Negri, con Perse, con Jorge Smerling, con Henry Miller, con la Jelinek, con Videla, con Massera, con Allen Ginsberg, y tantos otros.

Con Maradona frente a Winston Churchill.

Con Bobby Fischer que escupe un telegrama que le envió el Departamento de Estado… y con mi soberbia.”

Margarita Ferrer

Margarita Ferrer

“El Tiempo” de Azul, 15 de septiembre de 2013

 

23 septiembre 2013 Posted by | MARGARITA FERRER, NOVELAS, VICTORIO VERONESE | , , , | Deja un comentario

EL SENTIMIENTO DE PARTICIPACIÓN CÓSMICA EN LA POESÍA DE JUAN L. ORTIZ, por Graciela Maturo

(En la ACADEMIA NACIONAL DE CIENCIAS DE  BUENOS AIRES. XXIII Encuentro  de Fenomenología y hermenéutica. 18 a 21 de septiembre de 2012)

Graciela Maturo

Graciela Maturo

Me propongo, en este breve trabajo, ahondar en  la palabra del poeta entrerriano Juan L. Ortiz en la intención de perfilar una actitud  que se presenta como constante en su obra poética; se trata del sentimiento de participación cósmica, que relaciona al sujeto–amante con las formas del mundo, e impone a la vez un cierto anonadamiento del sujeto. He pensado en reflexionar sobre  esta actitud a la luz de las consideraciones de Max Scheler y  María Zambrano sobre la afectividad y sus modos.

Al mismo tiempo, entiendo que a partir de esta consideración particular – enfocada en dos poemas de Juan L. Ortiz – podríamos arribar al reconocimiento de cierta constante poética, verificable en distintos autores y momentos de la cultura.

Juan L Ortiz

Juan L. Ortiz

Juan L. Ortiz es una figura emblemática de la poesía argentina. Nació en Puerto Ruiz, localidad próxima de Gualeguay, en la provincia de Entre Ríos, en 1892  y  murió en Paraná en 1978, a los 86 años.  Residió algún tiempo  en Buenos Aires en la década  del 30, pero ante el ofrecimiento de un puesto estable prefirió volver  a Gualeguay donde ocupó  un modesto empleo en el Registro Civil, que luego presidió,  y en el 42 pasó a vivir en Paraná.  Su obra, no muy cuantiosa, fue publicada en ediciones hoy inhallables, reunidas en antologías y en  póstumas Obras Completas  por una editora de Rosario y por la Universidad del Litoral.  Su figura se ha hecho familiar a varias generaciones de poetas, que en muchos casos solo conocen poemas sueltos o anécdotas de su vida.

Fue maestro de los poetas del 40, y en especial de los entrerrianos Alfonso Sola González, Carlos Alberto Álvarez, Reinaldo Ros, Carlos Alberto Ruiz.  Su adhesión a la Revolución Rusa – y más tarde a la Revolución China-  aunque no se exprese  centralmente en su labor poética, lo ha preservado del olvido en que quedaron otros poetas de su generación.

Intentaré asomarme a la obra de Juan Laurentino Ortiz – que ocupa una decena de volúmenes, de mediana o breve extensión – a través del escolio de dos poemas.

2.- Transcripción  y comentario fenomenológico-hermenéutico de los  poemas:     “Fui al río” (de El ángel inclinado, 1938); y “Rosa dorada” (de El álamo y el viento, 1947)

        

 “Fui al río”

1        Fui al río y lo sentía

2        cerca de mí, enfrente de mí,

3        las  ramas tenían voces

4        que no llegaban hasta mí.

5        La corriente decía

6        cosas que no entendía.

7        Me angustiaba casi.

8        Quería comprenderlo,

9        Sentir qué decía el cielo vago y pálido en él,

10      con  sus primeras sílabas alargadas,

11      pero no podía.

 12      Regresaba.

13      -¿Era yo el que regresaba?-

14      en la angustia vaga

15      de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.

16      De pronto sentí el río en mí,

17      corría en mí,

18      con sus orillas trémulas de señas,

19      con sus hondos reflejos apenas estrellados.

20      Corría el río en mí con sus ramajes.

21      Era yo un río en el anochecer

22      y suspiraban en mí los árboles

23      y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.

El ángel inclinado

El ángel inclinado

 

La primera persona, sostenida en todo el poema, nos pone en presencia del sujeto lírico – como suele llamarlo la crítica literaria – que por mi parte identifico en este caso como el sujeto personal sin que esto signifique  recoger todas las contingencias empíricas de ese sujeto.

Ese yo habla  de su relación personal con el río, convirtiéndolo en un sujeto designado a través de un complejo imaginario percibido en el acto de contemplación. Versos 1 y 2: Fui al río, y lo sentía / cerca de mí, enfrente de mí. Ese complejo abarca río, ramas, corriente, cielo, tiene atributos y protagoniza acciones que se relacionan con ese yo contemplativo, herido por la belleza.

Veamos brevemente esas acciones y atributos:

las ramas tenían voces (3)

La corriente decía (5)

 

Y aparece un segundo sujeto que se fusiona con aquel, habla en él, el cielo.

[Yo quería comprender] lo que decía el cielo vago y pálido en él,

con sus propias  sílabas alargadas (versos 9 y 10)

 

El río habla, se comunica aunque el hablante no pueda comprender ese mensaje que  en él  dice el cielo vago y pálido. Ahora es el cielo el que habla en el río, y se agrega aún  con sus propias sílabas alargadas, adensándose el peso de ese mensaje incomprensible.

Estos primeros once versos nos han puesto ante la situación vital que será explicitada en los 4 versos siguientes, 12 a 15,  de tono narrativo:

 

 Regresaba

-¡Era yo el que regresaba?-

en la angustia vaga

 de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.

 

Obra completa

Obra completa

La pregunta (v.13)  roza el tema de la identidad personal,  insinuándose su transformación.   Y también se nos entregan otras notas que atañen al sujeto lírico: la vaga angustia, y el sentirme solo ante las cosas últimas y secretas. Este verso, que agrega la soledad, incluye  evidentemente una interpretación y una valoración de aquello que ha generado  vaga angustia: las cosas últimas y secretas.  Antes de que nosotros otorguemos a esta experiencia un carácter místico o sobrenatural, el poeta adelanta su propia evaluación: se encuentra solo ante cosas últimas y secretas. Ha sido netamente definido un horizonte mistérico, casi de carácter ritual, no racionalmente explicable.

Entramos ahora en una  segunda parte, (16-24) y me  permito  considerarla así  por el visible acceso del verso  a un ritmo regular que le confiere musicalidad y fuerza expresiva:

 

De pronto sentí el río en mí

Corría en mí

Con sus orillas trémulas de señas

Con sus hondos reflejos estrellados

 

La leve y difusa musicalidad de la primera parte del poema, apoyada en asonancias  y ritmos irregulares  (un pie métrico  de cinco sílabas  que se pierde o reaparece en un aire de fuga y ahora es retomado: corría en mí )  se convierte ahora en un ritmo estable, con  la repetición  de los endecasílabos de similar estructura (18-21)  acompañando  la fuerza expresiva de las imágenes.

El sujeto río y el sujeto que lo contempla son uno y el mismo:

 

sentí el río en mí, / corría en mí.

Los dos versos endecasílabos que siguen complementan la afirmación:

 con sus orillas trémulas de señas,

 con sus hondos reflejos apenas estrellados.

 

La intensidad poética de la estrofa culmina en los dos endecasílabos siguientes, que marcan el clímax del poema:

 

Corría el río en mí con sus ramajes.

Era yo un río en el anochecer

 

complementados por el verso 22: y suspiraban en mí los árboles, en que el ritmo cambia y la intensidad desciende. Un análisis más afinado deberá destacar la rima en i tónica que también es interna al verso.

Llegamos a los dos últimos versos del poema, formados ambos por hemistiquios de siete sílabas, armoniosamente conjugados, que hacen un cierre de clásico equilibrio, enfatizado por el tono exclamativo:

 

y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.

 ¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

 

También anotamos, en el penúltimo verso,  el retorno de la rima en i tónica, de la primera parte del poema,  lo cual otorga al conjunto un aire de canción.

Juan L. Ortiz ha logrado comunicar, con transparencia que impide aceptar  categorías retóricas como las de sujeto poético intermediario, las instancias de una experiencia sensible, afectiva y valorativa que podría ser asimilada a una experiencia mística, pues se trata de una fusión con la naturaleza  en un acto de particular entrega que se produce en el ámbito del Ser.

13 septiembre 2013 Posted by | GRACIELA MATURO, JUAN L ORTIZ | , | Deja un comentario

Comentario sobre “Entre líneas de agua”, poemas de Ricardo Rubio

 

(Paralelismos entre la novela “Crónicas de un legado hermético” y “Entre líneas de agua”, de Ricardo Rubio)

Crónicas de un legado hermético

Crónicas de un legado hermético

 

 

 

 

 

“Llenos están los precipicios más profundos de líquido inicial donde la vida comienza”, decía la piedra 12 en la novela. El agua, el origen, la plenitud. Desde la cita de Hakim Sanai a la filosofía de los Kankaás, es el retorno lo que consuma esa totalidad y la renueva; “gota entre las gotas”, el poeta conversará con la niebla, porque el resto -la materialidad- no tiene que ver con su camino. Un camino entre líneas de agua, una voz que (acaso como “el lenguaje vegetal”) captura las esencias (recuerdo la interesante variable en una traducción entre esencia y ciencia). Por eso a esa voz no le cabe otra forma que lo connotativo, ni otra función que la de suscitar una vibración en el inconsciente.

Entre lineas de agua 1

Entre lineas de agua

“Vivir se trata de sitios para el temblor” y la poesía es un aspecto de ese temblor y de la vida. La vida, el tiempo: “el tiempo / es una sustancia que arde” (como el fuego que anhelaban los koo-kás); la materia (“la materia que inhalo”) es el único despojo posible (como el “Ejemplo de bosque”), los restos del entorno, aquello que se evade en la palabra, el “derredor” y la pena inevitable.

La orilla de la forma, mujer o sombra, nos esclaviza… pero, ¿acaso también al poema? Pareciera demostrarse que no. En el poema, en estos poemas, hallamos como en la ley del Druida la “mitad desnuda”, quizás ese último espacio hacia donde el sentido puede fugarse, y desde allí recordamos las verdades: el camino hacia un origen “donde nunca fue ayer”.

 

Diego García

 

 

 

 

 

Diego García

 

13 septiembre 2013 Posted by | DIEGO GARCÍA, RICARDO RUBIO | , , , | Deja un comentario

UN CONSEJO MAESTRO, de Horacio Castillo

Ventanas a la Poesía

por Jorge Maxit       

 

Horacio Castillo

Horacio Castillo


UN CONSEJO MAESTRO. Colectánea (2010), obra última de Horacio Castillo, es una suma de encuentros que el autor tuviera con otros notables de la Literatura.

Una de esas  páginas de oro se titula: Borges y el joven poeta. En ella da cuenta de un viaje de Borges a La Plata en 1954 cuando su fama era bastante modesta. Borges llegó entonces acompañado por la escritora Ema Rizzo Platero y,  después de su disertación sobre la Cábala, fue objeto de un juvenil agasajo, en el pequeño departamento de Arnaldo Calveyra, entonces estudiante de Letras. Y el relato prosigue así: “En cierto momento de la reunión, no recuerdo si en un tocadisco de Calveyra o por la radio, se escucharon los acordes de un tango. Y, aunque hoy resulte increíble, Borges se puso a bailar con Ema.”

Allí, pues,  el joven Castillo consiguió que Borges lo invitara a un encuentro personal, el que tuvo lugar “en la tradicional confitería La Fragata, en la esquina de Corrientes y San Martín, en Buenos Aires”.

En la charla apareció el tema de los poetas de la llamada “primavera trágica”. Entonces el joven le recitó a Borges un poema de Ripa Alberdi titulado “Jesús en Grecia”, cuya última estrofa es la siguiente: No te encontré, Jesús, y yo estaba seguro/ que un alma tan profunda y un corazón tan puro,/que se entregó en parábolas a todos los humanos,/debió ser un poeta de los tiempos paganos.

Borges repitió el último verso y agregó: “Qué verso memorable ¿no?”. Respondí: “Parece escrito por usted”. “Tal vez lo escriba algún día” –ironizó. “Mi comentario sobre el poema de Ripa Alberdi pareció haberle interesado, porque a continuación me preguntó por mis inquietudes literarias y se interesó en conocer lo que escribía. Saqué de un sobre varios textos y se los fui alcanzando. Borges, con paciencia digna de mejor causa, los fue leyendo y, al terminar, dijo: “Usted domina muy bien la técnica del verso, pero yo no sé qué suerte le puede esperar a un poeta que escribe como Darío escribía hace cincuenta años”. Guardé los poemas, lo acompañé hasta su casa de la calle Maipú y, todavía turbado por el veredicto, me despedí mascullando vaya a saber qué sobre el implacable pero en el fondo tan justo crítico.” Recuerden, quienes escriben poesía, el consejo clave de dos maestros.

Alfredo Jorge maxit

Ventana a la Poesía, por Alfredo Jorge maxit

13 septiembre 2013 Posted by | ALFREDO JORGE MAXIT, HORACIO CASTILLO | , | Deja un comentario